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Un amor sin nombre


La investigadora Judith C. Brown, descubre en 1980 un Archivo en el Estado de Florencia, uno de los primeros documentos que tratan sobre prácticas lesbianas.

Benedetta Carlini, la protagonista, nació en Toscana en 1590. Ingresó a los 9 años en el convento de las teatinas de Pescia, y enseguida comenzó a experimentar trances místicos y visiones celestiales. De tal modo que, pocos años antes del juicio a la que fue sometida, le habían concedido el cargo de abadesa de la comunidad.

Pero los trances eran tan frecuentes que las autoridades de la Inquisición abrieron una investigación, por la que sería condenada a 35 años de prisión, una pena irrisoria para la época, pero justa porque se dijo que había sido engañada por el diablo.

Así describe la escena una de las delatoras:


Dos o tres veces a la semana, por la noche, después de desnudarse y meterse en la cama, esperando a que su compañera que la atendía, también se desnudara, la forzaba en la cama besándola como si fuera un hombre y tanto se agitaba sobre ella que ambas se corrompían..."

Sigue diciendo más adelante: Benedetta, para procurarse mayor placer ponía su cara en los pechos de la otra y los besaba... () Durante el día, pretendiendo estar enferma y aparentando alguna necesidad, cogía por la fuerza la mano de su compañera y colocándosela debajo le hacía meter el dedo en sus partes naturales y manteniéndolo así se agitaba tanto que se corrompía...

Abundan a lo largo de todo el texto, los comentarios de sorpresa: "Ella siempre parecía estar en trance cuando hacían estas cosas..."

Era un amor que no tenía nombre.

Notas:
  • En Inglaterra, a finales del siglo XIX, la reina Victoria se negó a reconocer la existencia del lesbianismo.
  • El acto sexual entre mujeres se conocía como "fricatrices", lo que venía a definir la frotación rítmica a que sometían sus cuerpos durante el acto.
  • Al decir "se corrompían" designa el largo y gozoso orgasmo que debían sentir.
  • En los Concilios de París y Rouen se prohibió que las monjas durmiesen juntas. Tenían que dejar una luz encendida en los dormitorios durante toda la noche para alejar la tentación.
  • A partir del siglo XIII comenzaron a establecerse reglas más estrictas: las hermanas no podían visitar las celdas de otras y no debían trancar sus puertas, con el fin de permitir que la abadesa tuviera el control total del establecimiento. 

Fuente: Antología de la literatura erótica
Gregorio Morales
Madrid, Espasa,
1998. 2ª ed. revisada: 1999.

2 comentarios:

Juan Carlos López dijo...

Y en esas andamos, aunque se le ponga nombre. Aunque algo, parece, se ha avanzado. Algunas mitras prefieren hablar de degeneración y de que si la naturaleza tal, si la naturaleza cual...

Bel dijo...

Pobres idiotas que no sabían lo que es el amor... me dan mucha lástima.

Besos.

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