Las bolas escarlatas destellaban, las guirnaldas trazaban espirales orgullosas y la estrella aguardaba el honor de coronar el abeto. Él, en cambio, quedaba relegado a una esquina, con su bufanda torcida y una mirada bordada que insinuaba un asombro perpetuo ante el mundo. Su presencia nunca provocaba elecciones ni debates: terminaba siempre sobre una repisa silenciosa, entre postales vencidas por inviernos antiguos y figuritas sin aliento. Nadie evocaba su origen; quizá llegó en un descuido, o tal vez acompañó un regalo nimio. Vivía así, envuelto en un anonimato sereno, como si su esencia naciera para contemplar desde lejos la ceremonia del éxito ajeno. Aun así, dentro de su cuerpo diminuto latía una paciencia añeja, casi vegetal, que aguardaba algún gesto capaz de ofrecerle un destino distinto. Una
Nochebuena, un soplo helado agitó las cortinas y el muñeco resbaló del aparador. Se desplomó sin estrépito y quedó tendido sobre la alfombra, frente a una esfera plateada caída del árbol. En aquella curva brillante descubrió su reflejo: una silueta humilde, pero también constante, como si la textura del paño escondiera una luminiscencia íntima. Esa revelación tenue despertó en su interior una energía nueva. Avanzó unos pasos con torpeza de criatura que estrena sirga. No buscaba honores ni alturas, solo un rincón donde su sombra pudiera mezclarse con el aliento cálido del pino. Alcanzó las ramas bajas y allí se detuvo, ofreciendo su presencia menuda al conjunto. Al amanecer, alguien lo vio así, sin más. No hizo falta colgarlo ni asignarle un puesto solemne. Bastaba permitir que permaneciera. Entonces, una hebra de luz filtrada por el ventanal descendió y encendió su
tapabocas, la mirada y su figura. El salón entero cobró un tono más vivo, como si el invierno, sorprendido por aquel gesto mínimo, celebrara también la llegada del día. Desde entonces, nadie olvidó que el centelleo auténtico no surge del otero, sino del lugar donde por fin se permite latir con luz propia. Claro, cosas de
Tiburcio en el café.
"Vivía así, envuelto en un anonimato sereno, como si su esencia naciera para contemplar desde lejos la ceremonia del éxito ajeno. Aun así, dentro de su cuerpo diminuto latía una paciencia añeja, casi vegetal, que aguardaba algún gesto capaz de ofrecerle un destino distinto". Amigo, describes, precisa y preciosamente la sensación de muchos seres humanos. Un placer leeerte.
ResponderEliminar© curioso
Como bien observa Manuel desde Almería, este post diminuto nos sumerge en la historia de Tiburcio, en notas muy escuetas, pensamientos que casi nos obligan a observarnos, a pensar que no todo es relato para pasar el tiempo; también hay unas circunstancias, unos pueblos, otra forma de mirar la vida. Y va enganchando a los lectores que llegan a esta puerta. Gracias, Julio.
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