Y así, entre polvo fino y piedra suelta, la huella apenas se hacía visible sobre el sendero reseco. Sí. El peregrino seguía la línea antigua con paso constante, sin mirar atrás. A cada lado, campos agrietados,
encinas dispersas,
cigarras como único sonido. En la mochila, lo justo. En los pies, un par de mundos vencidos por kilómetros leales y equidistantes. Arriba, a plomo, el sol que te perdona. Las sombras, escasas, ofrecían descanso breve y letal, con aquel cielo sin clemencia que quiere que la reflexión sea impenitente. Instantes en los que sobran las metas por tangentes e inesperadas. Ya ves. Dice que había cruzado aldeas, dormido en
pórticos, compartido
hogazas con desconocidos. Algunos andaban junto a él durante tramos enteros, otros se desvanecían sin más. De todos, recordaba poco. Que ya se sabe (o no), que muchos llaman la atención al principio y al final, solo permanecen los que no hacen daño (o no molestan). Los buenos se notan cuando el suelo arde, cuando las cuestas duelen, cuando el ánimo flaquea. No brillan ni alardean. Acompañan. No se trataba de sumar nombres, rostros, saludos. La verdadera riqueza estaba en contar con aquel que, sin exigir presencia, resiste. Igual que esas suelas ajadas, deformes, pero fieles, que sabían de cada paso, torcedura y silencio. Y así, con polvareda en los tobillos y claridad en la mirada, siguió (sigue) caminando. Porque en la vida, como en la calzada, uno persevera junto a aquello que no aprieta. Con su cachaza de agosto incipiente nos lo arenga
Tiburcio: que la historia es telegráfica y que para conocer el trasfondo hay que mirar hacia dentro. Manolo se toca el ombligo. El resto, si hay para café. Sea.
Interesante relato, Julio, al hilo de un Camino, como es el de Santiago, del que en esta tierra sabemos mucho. Y de un peregrino bien curtido por el sol del camino, que sabe mucho de pernoctar en albergues, encontrarse con gentes en el camino, compartir comida y conversación, y de mil historias hechas a base de miles de pasos sobre la tierra del camino. Eso sí, con un buen calzado siempre, que "no apriete ni estruje". Saludos.
ResponderEliminarGracias por tus palabras y en el día de hoy, viva San Antón
ResponderEliminarHoy Julio César Izquierdo nos refleja un artículo muy relacionado con algo que tiene nuestra provincia y todos sabemos. Me gusta como está escrito destacando el calor, el polvo, el calzado, en fin. De todo ello me quedo: "porque en la vida, como en la calzada, uno persevera junto a aquello que no aprieta".
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