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Mis recuerdos del otro Guardo

Turrón y chocolate (y II)


Moldear las tabletas constituía otro rito



ver también
Turrón y chocolate (I)


Ildefonso Molinos, vallisoletano, yo diría que de Peñafiel, había llegado a Guardo como dependiente del Comercio Grande y casó luego con una guapa viuda, Doña Petra Pérez, natural de la localidad y propietaria de la confitería, además, tenían comercios de tejidos, ferretería, fonda y café, el "Café de Molinos" como era conocido y que contaba, hasta con una mesa de villar. Todo ello estaba ubicado en lo que hoy es Bar Iris. En todos esos negocios era ayudado, aparte de la servidumbre, por su esposa y un cuñado, Ricardo Landáburu, le supongo vasco, el cual estaba casado con una hermana de Doña Petra y que era el verdadero confitero, dirigiendo la fabricación del famosísimo "Chocolate de Molinos".
Entonces era costumbre, muy generalizada en familias un poco acomodadas, merendar chocolate a la taza, el cual se solía acompañar y rematar, aparte de bizcochos y mantecadas con unos sorbos de un refresco casero confeccionado a base de agua y un "volado" disuelto.

Este "volado" o "azucarillo", al que hace referencia la zarzuela "Agua, azucarillos y aguardiente", también lo fabricaba Molinos y consistía en una crema de clara de huevo y azúcar, moldeada en grandes prismas y desecada al horno, donde adquiría el aspecto de una rígida y liviana esponja.

Por considerarlo como una cosa muy curiosa, os descubriré el sistema, menos moderno, que utilizaban en Casa de Molinos para triturar el duro cacao. Eran el hombre, la piedra y el fuego quienes, a base de un gran esfuerzo lograban una esmeradísima pasta, clave del éxito de su chocolate. Un hombre, de rodillas y manejando un rodillo de piedra, si situaba, a manera de lavandera, en la parte alta de una mesa, también de granito, la cual tenía una cierta inclinación y era cóncava, de forma que, reteniendo la masa, permitía, a la vez, que fuera escurriendo a medida que alcanzaba el estado deseado. Para ayudar la faena, se colocaba un fuego debajo de la piedra, calentándola y facilitando la formación de la pasta que iba cayendo en una artesa de madera situada en el lado inferior de la mesa y que contenía previamente las dosis adecuadas de harina y azúcar. Realizada esta primera molienda, se subía todo de nuevo a la mesa y añadiendo manteca de vaca, se repasaba otra vez para lograr una mezcla perfecta. Era una delicia aprovechar un descuído y hurtar un puñado de aquella masa que olía bien, sabía mejor y estaba tan calentita... Además, para mi suerte y envidia de mis amigos que no contaban con familiares confiteros, solían hacerme alguna figurita de chocolate con las sobras de rellenar los moldes. 

Esto de moldear las tabletas, constituía otro rito. Se disponían los moldes en bandejas, en número de diez o doce por cada una y mientras una persona los rellenaba, otra hacía vibrar las bandejas agitándolas al son de tonadillas, con objeto de guardar un ritmo en la operación que perseguía repartir equitativamente la masa en cada celdilla. 

Y remato esta historia con una anécdota de golosos. Por aquel entonces, se estaba construyendo detrás del Ayuntamiento el Cuartel de la Guardia Civil y como carpinteros trabajaban cuatro de Cervera, entre ellos "Gildo" (Hermenegildo Hernando). Este popular personaje se caracterizaba por su buen humor y campechanía. En esta ocasión, tuvo la caritativa idea de hartar a los dos pinches (chiquillos de la localidad) que le ayudaban a base de los deseados dulces. Para ello, contrató el "servicio" con Molinos, quien, por cuatro pesetas, se comprometió a facilitarles cuantos dulces pudieran comer en media hora. Me consta que no hizo negocio pues Evaristo Rueda y Severino Paris, que así se llamaban los agraciados, se portarn como su protector esperaba de ellos, pero... ¿venganza o real medida preventiva?, les tuvieron sin beber nada en toda la tarde, "no les fuera a dar un cólico". 

¡Qué tiempos aquellos!

JOSE

Imagen: José Luis Estalayo



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