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Don Raimundo | Curiosón

Don Raimundo

Hay entre los pergaminos del archivo de Lebanza, un documento precioso a este respecto. Es un privilegio del Obispo Don Raimundo, acaso el más grande Obispo de esta Sede que han honrado tantos prelados ilustres.


NACIMIENTO E HISTORIA DEL CONDADO DE PERNÍA


No pretendo yo, en este instante, ni sería capaz de hacerlo, trazar su semblanza moral. De regia estirpe navarra (52) era Don Raimundo, tío por parte de madre de don Alfonso VIII, el de las Navas. Las montañas ingentes de Navarra, acogiéronle en su regazo al nacer, recibiendo la primera mirada de sus ojos de niño, bosques magníficos de robles centenarios, le acunaron en su infancia; tempestades de nieve y ráfagas de huracán, endurecieron su cuerpo fuerte como un roble y dieron temple a su carácter duro como las encinas de su tierra.

Después, ya hombres y Obispo, vivió en la corte del Emperador sin que los regalos y delicias prendieran en su carne, ni la vida muelle enervara su espíritu. Su estrecho parentesco con los reyes le hacía poderoso en la corte, y Señor y Obispo en su diócesis de haberlo querido su poderío no habría reconocido límites. Pero aquel hombre que, nacido en cuna real, venerado de los reyes, e influyente en el gobierno de la nación podría creerse destinado para gobernar sin trabas, afloja los lazos que sujetaban a los ciudadanos palentinos y ensancha sus libertades otorgándoles amplios fueros; aquel hombre que había vivido luengos años en la corte rodeado de delicias y refinamientos, casi sexagenario ya, va a pasar unas Navidades en la Abadía de Lebanza sepultada entre nieve. No hay duda, aquel hombre amaba la montaña porque había nacido en ella; las montañas de Palencia con sus nevadas cumbres de Peñalabra, Curavacas y Espigüete le hablarían de aquellas otras montañas de Navarra que mecieron su cuna, le hablarían de aquellas tempestades de nieve, con sus ventisqueros imponentes, que templaron su carácter y le dieron esa reciedumbre navarra, que es dura por fuera para guardar mejor la balndura de dentro, como se guarda en cuna de oro entre mullida de plumas y encajes de seda el tierno tesoro de unos padres y la frágil ilusión y esperanza de un reino. Allá en la Abadía, aquel gran hombre y gran Obispo, mientras sentado al amor de la lumbre contemplaba cómo caía lenta, mortal, la nieve, pensaba en los hombres que carecían de hogar y de libertad, y compadeciéndose de ellos les concede un hogar donde calienten su cuerpo y les devuelva la libertad que ilumine su espíritu.

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(52) Álvarez Reyero (Antonio) Crónicas episcopales palentinas, pags. 79-80, Palencia, 1898. Arch Cat. Pal. arm. 3º, leg 1º, núm 38.

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