100 DOSIS DE AMOR [27] [Sawabona]
"Espérame, mi niña. Volveré pronto. Te estaré soñando de lejos". -escribe otro de mis entrevistados a su chica-. Tan convencido está de que aquella sigue enamorada, que no se detiene a dudar un momento. ¿Tú sabes de alguien que le moleste que le quieran? Y aunque no lo creamos, también hay personas que sufren porque no pueden corresponder al otro, como entienden que el otro necesita y se merece que le quieran. El otro cierra los ojos y me muestra el final de la carta de amor que le escribió aquel día. "¡Te quiero tanto! Es dolor y es amor que me escuece, a veces intensamente. Pero todo merece la pena y, si es verdad, como creo, que hay un karma, se nos devolverá con creces.

Viaje a la infancia

Si una posible rectificación subjetiva, si la mudanza de la personalidad es semejante a un viaje, desde luego todo viaje contiene un retorno a la infancia. Es al menos lo que parece la búsqueda que conlleva el viajar, la de encontrar nuevos momentos felices. A veces también conformándonos con preparar un largo viaje que quizá nunca haremos.


Claudio Magris en su prefacio a un libro de Walter Benjamín, lo expresó rotundo: "Todo viaje es una vuelta a la infancia; no a la nostalgia de un bien perdido, sino de una posibilidad de felicidad que se vislumbra en la niñez y que el futuro, en lugar de realizar, ahogó; de una sthendaliana promesse de bonheur que la vida y la historia han desmentido a su paso".

Un ejemplo de un posible viaje a la infancia lo tenemos cuando recorremos en nuestra ciudad natal los lugares de juego de nuestra infancia y rememoramos aquellas porterías que construíamos entre dos farolas, o esa vieja tapia que sufrió nuestros balonazos y que hoy al encontrárnoslos vacíos de niños, nostalgia de esas barriadas de los sesenta repletas de vida, de líos, de jolgorio, soñamos viajando a esos felices momentos, esta vez con esa nostalgia del bien perdido: el de muchedumbres de niños jugando en las calles, imagen que sabemos que no volverá. Pero otro ejemplo de un posible viaje a la infancia lo constituye el viaje a los  mismos lugares a los que nos llevaban de niños. Aunque una vez allí sufrimos al constatar lo que ya sabíamos, que no queda nada de entonces, ni la casa que habitamos, ni las tiendas, ni los trolebuses, ni los adoquines. La melancolía de las ciudades de nuestra infancia debería de recordarnos lo importante que es frenar a quienes, sospechosamente, desean transformar hasta desfigurar nuestras ciudades, y lo sabios que fueron los vecinos de las ciudades que supieron oponerse y conservar su fisonomía, sus edificios emblemáticos, sus murallas y puentes, sus Arcos del Mercado, sus viejos trenes secundarios, sus tranvías. Hoy esas ciudades son las más visitadas. Porque necesitamos viajar a la infancia y reconocernos en los objetos vintages, en las vespas, en la EGB, en las canciones que nos hicieron felices. Y porque viajar a la infancia no es retroceder, sino que forma parte del programa de viajes obligado de todo vecino ilustrado, el viaje a la bondad, el largo viaje a la bondad que dura toda una vida. Viaje a la bondad que la historia aún no ha desmentido.

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