100 DOSIS DE AMOR [9] [Sawabona]
Cuando la duda se hace un hueco enorme, porque no llegan las cartas o porque se pasa por una racha mala, la pregunta es la misma y te repiquetea cada segundo: ¿Me querrá todavía? Y comienzas a escribirle otra carta: "Una esperanza albergo, si todavía me quieres, puede que sea esta la historia de amor más extraña, como también la historia de amor más grande, (la historia de cada uno es la más grande. Es evidente que no hay otra igual.) Y no te acuerdas de haber querido antes así, que te calara tanto un beso... Sabe que las promesas no sirven de mucho y que el tiempo pondrá en su lugar las cosas, pero su esperanza hoy no tiene límites y a ella se aferra. Sólo quiere que tú te sientas bien, que te sienten bien sus palabras de ánimo; que, si albergas una esperanza, no la pierdas.

Ansiedad y cambio

«La ansiedad puede ser una señal de que algo debe cambiar».


Hay ocasiones en que hay que arrastrarse por un libro para encontrar un enunciado que valga la pena. Es lo que me ha sucedido con el Ansiedad, de Stossel, un periodista americano con serios problemas de ansiedad, dice él, pero es seguro, a poco que se tome en serio lo que escribe, que su ansiedad es un envoltorio sin desenvolver.

Esa frase de entre su refrito de libro merece un comentario, sobre todo porque lo tengo muy reciente al preparar la última clase de un Cursus sobre Ansiedad que ha tenido lugar en nuestra ciudad estos últimos meses, lo que me obligó a leer toda esa literatura repleta de contrasentidos.

No tiene desperdicio que se acabe reconociendo que la ansiedad no es el problema, en tiempos en que lo superficial se hace con el poder, sino un simple aviso. Una señal. De ahí, al ridículo de pretender medicar las señales sin leer lo que indican, va un trecho entonces. Y para ridículo, el título de otro libro: Escuchando al Prozac, de un tal Peter Kramer, quien a la postre se dedica a hacerse eco de preguntas como «¿qué es lo que se pierde cuando la ansiedad se combate con fármacos?»

En nuestro tiempo, si hay epidemia de ansiedad, podemos verlo como proliferación de signos, de mensajes, de señales, de advertencias de que hay que cambiar. De que hay que cambiar aspectos importantes de nuestro modo de vida, de que hay que cambiar cómo nos tomamos las cosas, de que hay que cambiar nuestros horarios de trabajo, de que hay que cambiar el absurdo de dedicar una vida a almacenar bienes, clasificarlos y contarlos, o al absurdo de dedicar una vida a cuidar el cuerpo, a mirarlo, a adorarlo. Dedicar una vida a elegir tener frente a elegir ser nos trae estos vientos: la ansiedad generalizada.

Desenvolver el síntoma de la ansiedad, que es tanto como aclarar por qué se presentó en un momento dado de la historia subjetiva de una persona, parece más inteligente que enmudecerla.

Quizá debido a los vertiginosos cambios a que asistimos, tengamos que pagar este nuevo tributo: la ansiedad para todos. Lo que no habría que abonar es la estupidez de combatirla mediante el impotente ansiolítico, esto es, sin desenvolverla.

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