El por qué de aquel viaje hacia lo desconocido
Seguramente, analizando hoy en día esta pregunta, habría varias respuestas que confluirían en un punto más o menos común, que nos explicaría el por qué se produjo esta marcha masiva de los adolescentes de aquel entonces hacia aquellos centros de formación religiosa: colegios, seminarios, para continuar allí sus estudios.
Y en edades tan cortas, además, dejando muy pronto la pequeña escuela del pueblo y el reducido grupo de compañeros con los que en aquel momento se compartía estudios. Para pasar a hacerlo en grandes edificios de novísima construcción dotados de todas las comodidades más en boga en aquel entonces; y junto a un elevado grupo de compañeros. Debiendo añadir a continuación que los motivos de fondo por los que se produjeron estos movimientos tan numerosos de chavales hacia estos centros, tendrían que ver mucho con que los planes de estudios a aquellas edades eran los que eran y acababan prácticamente en la mayoría de los casos allí, en la propia escuela una vez cumplidos los 14 años.
Salvo que se residiese en una localidad de mayor número de habitantes donde hubiese un instituto para poder continuar con los estudios. Pues los medios económicos en las familias eran los que eran, y no en todos los casos se podía disponer de dinero para que los hijos continuasen sus estudios fuera de casa. Y sería ahí donde entran en juego las instituciones religiosas de este tipo. También, porque la sociedad de aquel entonces daba mucho valor a la institución religiosa y a los frailes, sacerdotes y misioneros; hablándose sin cesar de la llamada vocación religiosa, para la que habían sido llamados todos ellos. Y que una de las formas de conocer si nosotros teníamos también la vocación para ello, era acudir a estos centros de formación general y, sobre todo religiosa, para comprobarlo por nosotros mismos. Ah!, la vocación, la gran palabra que estaba siempre en el aire en aquel entonces en todos estos centros religiosos, y sobre la que giraba el grueso de la enseñanza en su seno. Claro que también hay que reconocer que todo aquello no nos vino de pronto por inspiración divina, nunca mejor dicha la expresión; sino que, de alguna manera, este tipo de formación nos sería ofertada de forma masiva con aquellas campañas a pie de escuela, que se nos ofrecían en aquel entonces mediante las visitas de religiosos de estos centros a las escuelas. Donde, una vez llegados al aula, desplegaban frente a nosotros toda su propaganda informativa y formativa a un tiempo, aderezándola como colofón con el momento mágico en el que echando mano de la pesada cartera de mano que siempre les acompañaba, venían los minutos más emocionantes de la disertación, con un pase de fotografías del conjunto del Colegio, de moderna y reciente construcción y con todas las comodidades del momento. Tratando así de echar toda la carne en el asador para vender con todas las armas a su alcance, su institución religiosa como la más adecuada para este tipo de formación académica y religiosa que se estaba poniendo de moda; en tanto en cuanto y cuando menos se pensase, llegase la vocación –la religiosa- a impostar dentro de varios de nosotros.
Luego, la decisión de si aceptábamos o no acompañar a aquel religioso en su Colegio el próximo curso escolar, habría que dilucidarla y decidirla en casa junto a la familia, contando con los oportunos consejos del maestro o maestra del momento, y también un poco en las conversaciones con el resto de amigos y compañeros de la escuela de la misma edad que la nuestra. En el tiempo, corrían los años 60 del pasado siglo.
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La Iglesia, a lo largo de la historia, ha sabido aprovecharse del hambre, de la pobreza para captar a sus fieles, al tiempo que, con el apoyo logístico y económico de los gobiernos y de la nobleza, lograban imponer la educación católica en todo el país. Como rechazo a tal abuso nació a principios del siglo XX la Institución Libre de Enseñanza.. A algunos alumnos, la Iglesia lograba captarlos para el seminario. Hay que leer Aurora Roja, de Baroja, para saber lo que realmente ocurría al otro lado de las tapias de tales instituciones educativas
ResponderEliminarEnrique, muy bien reflejados aquellos momentos del mundo de la enseñanza en aquellos años. Y claro, luego está ese otro aspecto sobre qué pasaba tras las tapias de algunos de estos centros, que tanta tinta ha hecho correr últimamente. Muchas gracias por leerme. Saludos.
EliminarBuenos días, muchos recuerdos de aquellos años.
ResponderEliminarMuchas gracias por leerme, Manuel. Saludos.
EliminarJosé Javier, has tocado magníficamente un tema que me afecta especialmente: a los diez para once años marché a Valladolid, de la mano de un religioso, natal de Salinas de Pisuerga, para estudiar en un colegio marista con la idea de pasar el noviciado en Peñafiel e irme a Chile o a Perú a ejercer, nada menos. La influencia que esos cuatro años que pasé allí marcaron los del resto de mi vida, seguramente.
ResponderEliminarGracias por urgar en un pasado que tuvo sus luces y sus sombras, al menos en mí.
Un abrazo.
Teo, lo que nos cuentas sobre el tema, nos ocurrió a muchos de nosotros en aquellos años, que pasamos por unas circunstancias parecidas a la postre. Y, desde luego, esas vivencias de aquellos años están muy presentes en nuestras vidas en los años posteriores. Eran años en los que, como pre adolescentes que éramos, asumíamos lo que se nos mostraba a nuestro alrededor en cualquier aspecto de la vida. Saludos.
EliminarEn tus recuerdos de niñez y adolescencia de los años 60, planteas, José Javier, un tema interesante como es descubrir los diversos motivos del éxito de aquellos reclutamientos de representantes de centros religiosos que se producían en las escuelas públicas, y conseguían adeptos para matricularse y estudiar en sus centros. Un cambio importante para los chavales salir de una escuela pública y de su pueblo en “un viaje hacia lo desconocido” para ir interno a un colegio religioso. Padres que matricularon a sus hijos como una solución para que sus “niños” siguieran estudiando y se preparasen para el futuro, y no tener que depender de la labranza que les esperaba, si no querían estudiar. Por otra parte, era el recurso para esos progenitores de aquellos pequeños pueblos que no tenían otro remedio que ingresar a sus hijos en el seminario, en un colegio de frailes o monjas, que abundaban en los pueblos más grandes, cuando no había en esas zonas institutos de enseñanza media.
ResponderEliminarNo tuve esa experiencia, aunque a punto estuve, pero me la imagino, no es fácil dejar a la familia, amigos y pueblo para “viajar a lo desconocido”, cuando todavía eres un niño.
Pues sí, Alfonso, resultó duro el abandonar a tan corta edad la familia, los amigos, la escuela, el pueblo en sí, y embarcarte en todo aquello que se nos mostraba como mejor opción en aquel momento. Claro que, por otro lado, es lo que había de manera general si querías seguir estudiando en ámbitos superiores; de ahí que por similar situación pasásemos muchos de los chavales de aquellos años. Y lo hicimos con luces y sombras, como en casi todos los aspectos de la vida. Saludos.
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