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Perseguir a los judíos

Dominaba en Oriente el emperador Heraclio, a quien la astrología judiciaria había presagiado que el imperio sería destruído por una nación circuncisa y errante, enemiga de la fe cristiana. La aplicación del vaticinio al pueblo de Israel era ya una consecuencia natural, y Heraclio se dedicó a suscitar en todas partes persecuciones contra los judíos.


Cuando Cesáreo y Sisebuto se hallaban arreglando las condiciones de la paz, le fueron estas enviadas para su aprobación al emperador de Oriente. Se prestó Heraclio a ratificarlas, accediendo a que sus súbditos de España evacuaran todas las ciudades de la costa meridional, reduciéndose a unas pocas plazas de los Algarbes, con la sola condición de que Sisebuto expulsara de su reino a los judíos. No debía estar la claúsula en desacuerdo con las ideas religiosas del monarca visigodo, a juzgar por los edictos que luego expidió contra los miserables descendientes de la raza israelita. Los puso en la alternativa de elegir en el término de un año entre confesar la religión cristiana y bautizarse, o ser decalvados, azotados, lanzados del reino y confiscados sus bienes.

Más de noventa mil recibieron el bautismo, al decir de algunos historiadores; bautismo que, como impuesto por la violencia, lejos de hacerlos buenos y verdaderos cristianos, los convirtió en enemigos disimulados, pero rencorosos, de la religión y del príncipe que así los trataba, y que habían de traer con el tiempo males bien deplorables a la nación. Muchísimos huyeron de España, mas no hallaron mejor acogida en los dominios de los reyes francos. A instigación del mismo Heraclio, el rey Dagoberto los hizo escoger entre la muerte y la abjuración de sus creencias. También de allí tuvieron que emigrar, y bien pudo llamarse esta la segunda dispersión de los judíos. Por estos medios se cumplía la sentencia fatal que sobre ellos desde la consumación de su gran crimen pesaba. Los que quedaron en nuestra península sufrieron todo género de violencias; no había humillación, no había mal tratamiento, no había amargura que no se les hiciera probar; y Sisebuto, aquel príncipe tan compasivo y humano que vertía lágrimas a la vista de la sangre que se derramaba en los combates, veía impasible las crueldades que con los judíos se cometían. ¡A tanto arrastra el excesivo celo religioso! La iglesia católica comenzó a hacerse intolerante. Harto lo lamentaban ya los prelados más ilustres y más virtuosos de aquel tiempo, entre ellos el esclarecido San Isidoro de Sevilla, que en explícitos términos reprendía y desaprobaba la conducta de Sisebuto, en obligar por la violencia a los que hubiera hecho mejor en atraer por la persuasión y el razonamiento.

Este príncipe, a quien por otra parte los cronistas de su tiempo suponen bastante versado en las letras, y a quien alguno de ellos califica de sabio, murió de repente, según unos de una medicina en excesiva dosis administrada, según otros de envenenamiento, dejando la corona a su hijo Recaredo II que sólo reinó tres o cuatro meses, sin que la historia nos haya transmitido noticia ni circunstancia alguna notable ni de su vida ni de su muerte. Apuntar por tercera vez la tendencia a la sucesión hereditaria, que vuelve a desaparecer, sin fijarse nunca ante el sistema electivo.





La Historia General de España de Modesto Lafuente, es considerada el paradigma de la
historiografía nacional del pensamiento liberal del siglo XIX. 

Impresa en Barcelona por Montaner y Simón entre 1888 y 1890.

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