100 DOSIS DE AMOR [23] [Sawabona]
Una de las entradas de curiosón, es la carta que le escribe Albert Einstein a su hija. A lo mejor es un hoax de esos que surgen a menudo en las redes sociales y que la gente comparte sin cesar buscando, me imagino, decirle al mundo que se desperece, que deje lo que está haciendo, que se olvide de buscar, porque aquí está lo que alimenta de verdad, lo que nos hace más humanos, lo que necesitamos practicar y difundir: ¡¡¡El amor!!!!! El Amor es luz, dado que ilumina a quien lo da y lo recibe. El Amor es gravedad, porque hace que unas personas se sientan atraídas por otras. El Amor es potencia, porque multiplica lo mejor que tenemos, y permite que la humanidad no se extinga en su ciego egoísmo. El amor revela y desvela. Por amor se vive y se muere.

La carta robada

Cada día nos llegan menos cartas, casi ninguna de esas que nos harían pensar, esa carta inolvidable, mientras tenemos que soportar diariamente decenas de cartas electrónicas o mensajes WhatsApp francamente olvidables.


A veces las cosas que más buscamos están ahí, delante de nuestros ojos, sólo que las buscamos equivocadamente en las profundidades de los escondrijos de nuestros cajones secretos. Es una de las lecciones, no la única, que Jacques Lacan sacó del conocido e interesante relato de Edgar Allan Poe titulado La carta robada.

En el breve cuento se muestra a un prefecto de policía que ha de atender una petición de la Reina, recuperar la carta que un ministro le ha sustraído en una audiencia. Lo hizo debido a un gesto por parte de la Reina de esconder dicha carta de la mirada del Rey. El ministro ha entendido que esa carta tenía mucho valor, pues la Reina trataba de ocultarla, y entonces, sencillamente, la ha cambiado por otra.

La Reina acude al jefe de policía y le pide secreta y encarecidamente que la recupere. La policía, que ama la realidad y margina la verdad, revuelve todas las dependencias del ministro sin hallarla, por lo que decide contratar a un famoso y espabilado detective.

Y es así como Dupin entra en acción, y haciendo gala de un modo de observar distinto, ve la carta, que se encuentra a la vista en el despacho del ministro. Después inventa una treta y da el cambiazo.

En realidad el contenido de la carta no cuenta. El valor de una carta es otro. Por eso seguimos esperando la carta, la que nunca parece llegar.

Pedro Salinas se alarmó en los USA al leer en las oficinas del telégrafo, no escribáis cartas, poned telegramas; Kafka habló del maligno hechizo de las cartas, que ocupaban sus noches; Pessoa tiró de heterónimo, una vez más, para escribir cartas a su amada; y las Cartas a Tomás Segovia, de Octavio Paz, son elocuentes para descubrir a ambos, al igual que los epistolarios de los grandes del pensamiento y la ciencia nos acercan a desentrañar el espíritu humano. Por eso, con razón dicta Lacan que la carta robada de Poe representa para cada personaje del cuento su propio inconsciente.

Sería bueno saber a quién pertenece una carta, si al remitente o al destinatario.

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