Un viaje en diligencia
Antes de que llegaran las diligencias, la gente iba a pie, porque los caballos o animales de carga eran caros; alquilando, si podían, caballos para salvar trayectos largos; y al que no le quedaba más remedio alquilando burros, mulas o caballos para el transporte de mercancía. Pero, sobre todo, procuraban viajar en grupo por miedo a los bandidos. A todo eso hay que sumarle que los senderos no estaban en condiciones, como las posadas, que eran sucias y escasas y un viaje de 100 kilómetros podía llevar semanas.
||||||| 💹 La diligencia era un carruaje de cuatro ruedas tirado por caballerías que hacía un servicio regular entre dos poblaciones con un itinerario fijo, transportando personas o correo. Constituyó el medio más empleado para el transporte terrestre de viajeros y correspondencia, entrando en declive al expandirse el ferrocarril durante la segunda mitad del siglo XIX.
Las diligencias, que hacia 1850 ofrecían un servicio regular entre poblaciones dieron un vuelco al transporte de viajeros. Estaban dirigidas por un mayoral, con el que colaboraban un delantero y un zagal, un "Mariano Haro" que corriendo salvaba una buena parte del recorrido. El hispanista Richard Ford, que viajó en las diligencias ya describe al zagal como "el que va corriendo al lado del coche, coge piedras para tirarlas a las mulas, ata y desata nudos y derrocha un caudal de resuellos y juramentos desde que emprende el trabajo hasta que lo deja […] Alguna vez se le permite que suba al pescante y se siente junto al mayoral”. La Compañía de Reales Diligencias estableció en 1828 una línea entre Madrid y Valladolid, prolongada después a Burgos (1829) y a Santander (1832). En 1836, la empresa madrileña se transformó en la Compañía de Diligencias Generales de España. Durante mucho tiempo nuestra provincia disfrutó del transporte de viajeros en las llamadas diligencias. Unas partían de Villadiego y, por Alar o Aguilar, llegaban a Cervera pudiendo continuar hasta Potes. El trayecto Aguilar-Potes, de 80 kilómetros, duraba doce horas y costaba cinco pesetas. Entre las carreteras se encuentran las de La Magdalena-Cervera y la de Burgos-Potes, que desde Herrera se conocía vulgarmente como “la del obispo" porque en los tiempos de esplendor del seminario de Lebanza era la única asfaltada en la comarca. Era la ruta utilizada por el obispo, seminaristas, sacerdotes y variadas personas del mundo de las letras que allí acudían en todo tiempo. Por si alguien está interesado, recojo en "Curioson" estos días un relato de 1893 firmado por el Conde Saint-Saud, un viajero francés, colaborador de distintas publicaciones, que viene a España y realiza en diligencia el trayecto desde Aguilar de Campoo a Potes, un recorrido de 80 kilómetros que duraba doce horas y costaba cinco pesetas, con derecho a almuerzo.
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