He encontrado una fotografía de los niños de la escuela de Rabanal de los Caballeros, tomada nada menos que en 1923. Está en blanco y negro, con ese tono plateado que solo el tiempo sabe dar. En el centro aparece el maestro, un hombre de semblante firme, bigote recortado y corbata, como si el oficio de enseñar exigiera una dignidad especial hasta en la ropa.

A su alrededor, los alumnos posan muy serios, alineados con esmero. Me detuve en los detalles: las chaquetas gastadas, los vestidos sencillos, los zapatos rudos. Algunos niños llevan el cabello muy corto; las niñas, trenzas o moños apretados. Una de ellas luce una medalla al cuello, quizá un recuerdo de bautizo o una promesa familiar. Pero lo que más me impresionó fueron las miradas: fijas, contenidas, algunas con curiosidad y otras con un leve temor. Era la solemnidad de quien sabe que está dejando huella, aunque no lo comprenda del todo. No pude evitar preguntarme cómo serían aquellas clases en 1923. Qué palabras usaría el maestro para enseñar las letras o las cuentas. Imagino las manos frías, la voz pausada, el olor a leña húmeda, y el silencio atento de unos niños que querían aprender, aunque el mundo fuera pequeño y las herramientas escasas. Al mirar esa foto, me vinieron a la memoria mis propios días de escuela. Nosotros usábamos una pizarra manual. Con ella escribíamos y borrábamos, una y otra vez, porque no había cuadernos, ni lápices, ni bolígrafos. A veces conseguíamos trozos de pizarra en el campo, y con eso bastaba. Aprendíamos entre el frío y la paciencia. En invierno, cuando la nieve cubría todo, el pueblo se reunía para abrirnos un sendero hasta la escuela. Recuerdo la fila de niños avanzando entre montones de nieve, las botas hundiéndose paso a paso, el vaho saliendo de nuestras bocas como un humo de infancia. Dentro del aula nos calentábamos junto a un brasero, y poco a poco la tiza volvía a deslizarse sobre la pizarra. Nuestros juegos eran sencillos: la bigarda, los palos, las piedras, los inventos del bosque. No necesitábamos más. Y sin embargo, al observar la foto de 1923, comprendí que los niños de entonces vivían en una austeridad aún mayor, pero sus rostros guardaban la misma inocencia, la misma esperanza de los míos.
Esa foto me ha dejado pensativo. Entre el papel y el tiempo, siento que hay un puente invisible: la continuidad de una infancia que nunca muere del todo. Las escuelas cambian, los pupitres y los maestros también, pero el asombro del primer aprendizaje sigue siendo el mismo. Y al mirar a aquellos niños de hace más de un siglo, tengo la sensación de que, en el fondo, seguimos todos en la misma clase, aprendiendo todavía de la vida y de la memoria.
Actualización feb2026 | 💥+250 👀
Un rincón en la Montaña
Así es, Estalayo, todos seguimos aprendiendo de la vida día a día -que sería ahora aquella escuela de entonces-, aún con nuestras edades de hoy y cuando indefectiblemente peinamos ya canas en nuestras cabezas. Pero ahí está nuestra memoria para trasladarnos en segundos a aquel entonces y reconocer que, ¡lo que hemos cambiado y lo que hemos evolucionado! desde aquel tiempo de cada cual. Y seguimos aprendiendo, eso sí, de otra manera y con otro orden de las cosas. Bonito relato. Saludos.
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