Don Quijote, compungido y altivo
Don Quijote está triste, y su tristeza no muestra en un principio atisbos de arrogancia, sino más bien de desatino, de desamparo; en fin, de decaimiento afectivo.
|||||| Hay que empezar exaltando, como no podía ser de otra manera, la poderosa intuición de Sancho y su profunda sabiduría de aldeano |
Comentario del capítulo XI de la segunda parte
El encantamiento de su señora Dulcinea le ha impedido ver en todo su esplendor la belleza de su amada, por más que Sancho le haya referido las innumerables virtudes de toda índole que a ella acompañaban. Hay distintos elementos que configuran un capítulo tan singular como este (¿hay alguno que no lo sea?). Por un lado, la dimensión del amante cariacontecido por mor de unas circunstancias rayanas en la comicidad más exacerbada (la rusticidad y fealdad extremas de Dulcinea frente a la descripción de su belleza etérea por parte de Sancho) y, por otro, la consciencia de su verdadera condición de caballero andante, siempre altivo, siempre generoso, a pesar de (o merced a) sus continuos desafueros.
Hay que empezar exaltando, como no podía ser de otra manera, la poderosa intuición de Sancho y su profunda sabiduría de aldeano, que le llevan a comprender a su amo y, en su afán de endulzarle la vida frente a sus habituales zozobras, le dice aquello de “los hombres se vuelven bestias si sienten demasiado la tristeza”. Nuestro rudo (¿o rutilante?) labriego gusta, pues, de aminorar las desdichas de don Quijote y, para conseguirlo, no duda incluso en recurrir al mismísimo demonio: “Mas que se lleve Satanás a cuantas Dulcineas hay en el mundo, pues vale más la salud de un solo caballero andante que todos los encantos y transformaciones de la tierra”.
Don Quijote no ve más realidad que una mujer, su Dulcinea del Toboso, con ojos de besugo en lugar de perlas, de nariz chata y voz varonil, pero reniega de esa realidad y recurre nuevamente a su imaginación para explicar la fealdad inmensa de su amada como causada por malvados encantadores. Solo Sancho se aferra a la verdad: la aldeana, sospechosa de princesa, no es sino el mayor adefesio imaginable. Mas el espíritu guerrero y conquistador de nuestro caballero andante no entiende de remilgos y fruslerías. Seguirá doblegando gigantes y caballeros para que estos rindan pleitesía a su bella dama. Dulcinea es hermosa per se, y cualquier duda al respecto le resulta ofensiva.
Don Quijote y Sancho van a vivir una nueva aventura con nuevos personajes que parecen sacados del Libro de Buen Amor, y que por sus propias características fascinan a nuestro caballero andante. En esta ocasión -rara cosa es- nuestro hombre no se muestra inicialmente pendenciero, sino tolerante, magnánimo, y hace apología , más que de su renombrada bravura de guerrero inmisericorde con los malvados, de su afición a la bojiganga y a la carátula. En este momento, diríase que don Quijote sí que está en su sano juicio y que procura regodearse con su remembranza del mundo de la farándula, al que, en buena medida, se siente cercano. A los personajes de la carreta de actores los trata con paternalismo y buen tono. Pero pronto saldrá a relucir su espíritu de eterno desfacedor de entuertos. Uno de los actores, disfrazado del mismo Diablo, huye con el rucio de Sancho, después de que Rocinante saliera a galope asustado por los ruidos de uno de los farsantes. Aquí resurge el espíritu justiciero de nuestro protagonista, que cae -como es habitual- al suelo, mientras Sancho prefiere ir en auxilio de su amo en vez de pugnar por la recuperación de su rucio. Aquí se muestra de nuevo la sapiencia del escudero, quien logra convencer a su amo de que no se enfrente con los farsantes porque, lisa y llanamente, no son caballeros susceptibles de enfrentarse con él, sino meras comparsas a las que hay que ignorar. En esta ocasión, Sancho ha logrado llevar a su amo a su terreno y ha impedido que este sufra un severo correctivo por parte de los actores, lo que constituye un hecho, cuando menos, poco habitual en el libro, lleno de episodios donde don Quijote recibe toda suerte de varapalos.
Nos sorprende, pues, la tranquilidad pasmosa con que don Quijote declina la oportunidad de enfrentarse físicamente con los farsantes, dados sus antecedentes, pero también nos damos cuenta de que todo es una cuestión de rango, es decir, él no se pelea sino con quienes tengan categoría de caballeros, pero, simultáneamente (y aquí sí predomina el elemento cómico, pleno de lógica y atrevimiento), induce a Sancho a que arroje contra ellos pedradas para vengarse del mal trato dado a su rucio. Sancho da un paso más, se atreve a recular y le dice a su amo que prefiere la tranquilidad al enfrentamiento. Sorprende, al cabo, la comprensión de nuestro caballero andante para con su fiel escudero, al que, solícito, le dice: Sancho bueno, Sancho discreto, Sancho cristiano y Sancho sincero, si estás convencido de ello, vamos. Toda una lección de cordura en medio de ese maremágnum de entuertos y vilipendios que llenan (y ennoblecen) esta gran obra.

Actualización jul2026 | 💥+343 👀
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