
Andaba Tiburcio aquella mañana en el portal, sentado en silla baja cerca de la trébede, ocupado en poner unas filis nuevas a las botas de ir a la huerta, porque las viejas, después de tanto barro y pedregal, habían llegado al punto de dejar pasar el agua con demasiada confianza.
Tenía sobre las rodillas la lezna, el cordel encerado y esa paciencia añeja con que se remiendan las cosas cuando uno todavía cree que casi todo merece segunda vida. Marzo clareaba despacio por la calle y traía calor de encina apagada, humo madrugador y tierra removida. Hallábase tan atento al trabajo, que apenas alzó la cabeza cuando sonó la primera llamada en la puerta, seca y breve, como de nudillos acostumbrados al oficio. Pensó que sería cualquier vecino de recado menor y siguió tirando del hilo con la boca apretada, procurando que la suela asentase bien sobre el borde de la sufridora. Sonó luego la segunda vez, algo más recia, pero prefirió rematar la puntada antes de acudir, persuadido de que quien llama dos veces puede esperar una tercera. Y en efecto, repiqueteó, pero ahora con esa autoridad resignada que gastan los carteros experimentados. Abrió al instante y vio en el umbral al susodicho, hombre de rostro afable, gorra ladeada y semblante de conocer las puertas sin número. Sostenía un sobre blanco con solemnidad de notario. Traía todos los detalles de una certificada, con ademán de quien entrega conociendo lo que esconde. Firmó sobre el cartón, miró al trasluz y le sorprendió el peso oficial de aquello, impropio de parientes y bancos. Rasgó una esquina y desplegó el papel como quien teme sortear herencia o desgracia. Y resultó ser una multa olvidada, o resucitada, por exceso de velocidad cometido muchos años atrás, cuando aún tenía el ciento veintisiete color mostaza, con motor de voluntad resignada. El documento hablaba con severidad moderna de una infracción tan remota que miró primero el calendario y luego la calle, como esperando ver doblar la esquina al guardia de autos. Volvió los ojos al repartidor, dobló despacio la dolorosa y regresó a la silla. Después siguió zurciendo, pensando que las sanciones sabían esperar mejor que las personas y llegaban al destino con memoria y disculpa. En el café, nos pasa el cepillo.

Actualización may2026 | 💥+333 👀
Ahora también, la REVuelta de
Tiburcio en libro, en
Amazon
Por unos instantes deja el micrófono y se pone al sol de curiosón, con esos cortos y precisos mensajes.
ResponderEliminarVaya, vaya, hasta al bueno de Tiburcio le llega por carta a su casa una multa. Eso sí, de tiempo inmemorial ya. Y es que a veces las cartas se pierden en un primer momento y tardan en llegar a su destino, justo cuando ya no se tiene ni oficio ni beneficio en el asunto. Pero el bueno de Tiburcio, cumplidor en todo, está dispuesto a cumplir, también aquí, con el deber y se las ingenia para que los "cuartos" los pongan otros... Anda, que no es listo Tiburcio. Saludos.
ResponderEliminar