El tiempo se enredaba

Esto nos soltó Tiburcio en el café, con ese modo suyo de sentenciar sin moverse de la silla: que el trajín de hora no es asunto de relojes, sino de tramoyas.
Y que, si uno se descuida, le cambian el decorado sin aviso y luego pretenden que aplauda. La cosa ocurrió cuando la campana quiso dar las dos y se quedó pensando si eran las tres, a medio tañido, como quien duda entre dos verdades y no acierta ninguna. En ese intervalo tan castizo, la puerta del corral, que siempre fue de ideas fijas, decidió volverse moderna y abrirse hacia un sitio no previsto en los planos de la casa ni en los del sentido común. Al otro lado no había ni gallinas ni aperos, sino una claridad sospechosamente limpia y, plantada en mitad de la nada, una pantalla descomunal, de esas que no caben ni en la imaginación más hilarante. Aquello no proyectaba películas, sino puentes. Unos de piedra con vocación de pasado, de vidrio con ínfulas de porvenir, todos muy elegantes e inútiles para quien tiene que barrer su propio suelo cada mañana. En la misma salía el pueblo, sí, pero con retoques, como si lo hubiera peinado un funcionario del siglo XXII con ganas de ascenso. Las calles más anchas, los árboles colocados con criterio, la gente sin la acostumbrada prisa nuestra de llegar tarde, incluso cuando no vamos a ningún sitio. Una perfección tan correcta que daban ganas de pedir disculpas por existir. El tiempo no avanzaba ni retrocedía; hacía lo que mejor sabe: enredarse. Se plegaba como un mapa mal doblado y dejaba ver costuras por donde se colaban escenas de lo que fue y de lo que dicen que será. Todo muy interesante, sin duda, para quien no tenga que levantarse temprano. La tentación de cruzar una de aquellas pasaderas era grande, sobre todo por llevar la contraria a la lógica, que es deporte local. Pero el umbral mantuvo al personal en su sitio con una firmeza muy rocambolesca. Y así, sin épica y con bastante sentido, se tiró de la puerta hasta devolverla a su rutina de siempre. Desde entonces, cuando llega el sábado del cambio, hay quien adelanta el reloj y quien lo atrasa. Tiburcio, de suyo, se limita a mirar el espacio, no vaya a ser que le coloquen otra proyección y le vendan como progreso lo que no es más que una función a medias.
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