Miguel de Unamuno [Bilbao, 29 de septiembre de 1864-Salamanca, 31 de diciembre de 1936] Nota: 12 de octubre de 1936, en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca, contestando a Millán-Astray, inválido de guerra.
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● “El general Millán-Astray quisiera crear una España nueva, creación negativa sin duda, según su propia imagen. Y por ello desearía una España mutilada….”
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Jose-Javier-Teran
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Camino del campo a segar
Era verano y, el sol, situado a aquellas horas de la tarde en su punto más elevado, apretaba de lo lindo aquellos días, lo que en esas fechas empujaba hasta límites insospechados a la canícula más asfixiante del momento.
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||||| José Luis Estalayo |
Por ello, los pasos en el camino devenían excesivamente lentos. A la par, el silencio en el campo, contra lo que pudiese pensarse, no parecía ser total. Pues al ruido que ya de por sí emitían nuestros pasos y el de las mulas, junto al de las ruedas de hierro de la máquina segadora al desplazarse, se unía el de las incansables chicharras al borde del camino. Y, de vez en cuando, el que producía algún pájaro que se veía en la necesidad de abandonar precipitadamente la sombra que le proporcionaba la maleza del camino o algún árbol de mediana altura. Nuestras miradas, sobre todo las de los chavales que acompañábamos a la familia tratando de ayudar en las diferentes faenas agrícolas, se mostraban cansadas y como perdidas en la lejanía del horizonte; con el pensamiento quizás embebido en los juegos que retomaríamos en la calle una vez regresásemos al pueblo. En cambio las de los mayores, firmes en un punto del fondo del camino y pensando en la mejor manera de encarar la próxima faena, para tratar de finalizarla antes de que la noche hiciese acto de presencia.
Llegados a la finca objeto de la siega, cada uno de nosotros teníamos ya definido el cometido que nos tocaba y a él nos aplicábamos con presteza. Paso a paso, la máquina segadora iba depositando en el suelo la mies cortada, que pronto los ayudantes convertíamos en una serie de morenas o montones de mies dispuestos ya para un ulterior acarreo de la misma hasta la era. Y, entretanto, el sol, por su parte, continuaba proyectando con una inusitada fuerza sus rayos más potentes sobre todos nosotros, que nos veíamos en la necesidad de tomar algunos minutos para el descanso; aprovechando entonces para dar el correspondiente tiento al botijo que guardaba aún fresca el agua recién recogida en la fuente del pueblo antes de la salida, lo que nos permitía un cierto respiro momentáneo al sentir cómo dentro de nosotros parecía mitigarse un tanto el calor. Concluida la faena agrícola, con la canícula ya desaparecida en gran parte coincidiendo en esencia con el final de la tarde, el camino de regreso a casa resultaba con diferencia mucho más gratificante que el de ida. Para los mayores, porque se había podido finalizar el trabajo programado y esperaba en casa el merecido descanso; y para los más pequeños, porque volveríamos en breve a coincidir en la calle con el resto de amigos del pueblo para retomar a nuestro aire los primeros juegos de las siguientes horas, hasta bien entrada la media noche.
Una especial representación de teatro
La nula coincidencia, en algún momento al menos, en nuestros paseos al exterior del internado con las chicas del otro Colegio de la localidad, que atestiguamos sin excepción todos los que por allí pasamos durante aquellos años, se quebró, sin embargo, como salvedad única, en aquella ocasión en la que, para sorpresa general de todos y cada uno de nosotros, se nos anunció que para el estreno en nuestro Colegio de la obra de teatro que algunos de nosotros estábamos ensayando, se había hecho una invitación en firme al otro Colegio existente en Cervera de Pisuerga, el de monjas, para que sus alumnas asistiesen al evento en nuestro Salón de Actos.
Excuso decir que tras escuchar la noticia, nos entró de pronto un temblor interior, rayano en el nerviosismo más severo, que permanecería dentro de nosotros durante unos cuantos días. Por lo que de inmediato nos apresuramos a comentarlo y ponerlo en común con nuestros amigos más cercanos. Pensando en qué tendríamos que hacer nosotros en tal momento, si saludarlas y darles la bienvenida a nuestro Colegio, entablar algún tipo de conversación de cortesía con las chicas más cercanas a nosotros en las sillas del Salón de Actos, responder a sus miradas y ser amables con ellas, o tal vez actuar con normalidad y sonreírlas solamente. Lo cierto es que aquello resultaba para nosotros un acontecimiento mucho más que extraordinario, novedoso al ciento por ciento, que estuvimos unos días con un reconcome interior rayano en el nerviosismo severo, que nos llevó a una cierta melancolía y a sentir en el estómago una especie de mariposillas revoltosas que no paraban de revolotear cada día de la mañana a la noche; produciéndonos incluso una cierta pérdida de apetito en algunos casos. Y claro, esperando que llegase cuanto antes el día del estreno de aquella obra de teatro; porque si no, no sabíamos qué iba a pasar con nosotros en un estado de emoción y nerviosismo así. Como era de esperar, en vísperas de la representación desde la dirección del Colegio se nos impartieron unas instrucciones meridianamente claras al respecto y severas por demás, sobre cuál debía ser nuestro comportamiento esa tarde en el Salón de Actos para con las chicas del otro Colegio. Que iban desde el que no nos alborotásemos innecesariamente y guardásemos silencio por encima de todo; que las respetásemos y mostrásemos nuestra educación en todo momento como anfitriones que éramos; que nos comportásemos ante ellas como lo hacíamos habitualmente, sin ninguna subida de tono, ni estridencias ni escándalos de ningún tipo; que no entablásemos conversación con ellas bajo ningún concepto, a pesar de que algunas de ellas estuviesen cercanas a nosotros por su distribución en el Salón. Y que allí estábamos sólo para ver la representación de teatro, aunque las tuviésemos a ellas como invitadas. Y que, por supuesto, si no cumplíamos las normas habría un castigo ejemplar y colectivo para todos nosotros. Así que, llegado el día y, en concreto la tarde de aquel estreno de nuestra obra de teatro, en la que habíamos puesto la confianza de que sería una tarde especial para nosotros que nos marcaría de alguna manera, pasaría en esencia con más pena que gloria, y con los nervios todavía presentes y las mariposas metidas en el estómago; que tardarían todavía algunas horas en desaparecer una vez finalizada la representación y que ellas abandonasen nuestro Colegio. Y es que, en verdad, nuestro deseo era hablar con ellas, preguntarles cosas de su internado y su vida en el mismo, sus juegos, sus paseos, sus aficiones y todo lo que fuese surgiendo al respecto. Pero la imposibilidad de hacerlo, ni siquiera intentarlo por las normas tan estrictas establecidas por nuestros superiores, nos dejaron al final un regusto demasiado agridulce y teñido de decepción, a pesar de nuestra corta edad. Quedándonos también con las ganas de conocer cómo lo habían pasado ellas, las chicas del otro Colegio, aquella tarde junto a nosotros. Si les gustó nuestra obra de teatro, si se divirtieron con ella, si al marcharse nos calificaron a nosotros como tristes, aburridos y nada simpáticos; o tal vez caballerosos y educados por encima de todo. Claro que ellas nunca sabrían tampoco las duras instrucciones que a nosotros se nos habían impartido al respecto de su presencia en nuestro Colegio. Que, muy probablemente, ellas las recibirían también en similares términos para tal ocasión.
Actualización jun2026 | 💥+505👀
San Andrés: Las chicas de Quintanilla
Este año por San Andrés, “nos iremos al baile a Quintanilla”, decíamos el grupo de chavales de Velillas del Duque, cuando veíamos que se acercaba el 30 de noviembre, la fiesta en la vecina Quintanilla de Onsoña, a dos kilómetros tan sólo. Y así fue. Por lo que llegado ese día, tras vestirnos especialmente para la ocasión con el traje de los domingos y recibir el correspondiente parabién de nuestros padres, una vez finalizada la escuela partimos como una exhalación carretera adelante hacia Quintanilla, ya de fiesta.
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||||| Quintanilla de Onsoña | Diario Palentino |
En la cantina del pueblo nos aprovisionamos de lo básico para nuestra edad, para poder pasar buena parte de la tarde de la mejor forma: un par de paquetes de pipas, un tercero de cacahuetes, algunos chicles y una selecta selección de dulces. Tras salir de la cantina, nos pusimos a recorrer las calles del pueblo, siempre con nuestras provisiones abultando nuestros bolsos del pantalón de manera ostensible. Buscábamos el poder encontrarnos con algún grupo de chicas del pueblo para invitarles con algunos de nuestros presentes y proponerlas que nos enseñasen todos los rincones importantes de su pueblo. Entrando así en animadas conversaciones que, a la postre, terminaríamos compartiendo en conjunto algunos juegos de calle, residentes frente a visitantes casi siempre. Lo importante era pasarlo bien compartiendo experiencias de uno y otro lugar; y el ganar o perder el juego en cuestión, no pasaba de la simple anécdota. Y así, entre risas y bromas, llegó la hora del comienzo del baile; y la alegría parecía inundar de pronto la era. Nosotros y nuestras amigas recién conocidas, que nos habíamos situado en un lateral de la era formando un aparte con respecto al resto de parejas, pronto nos contagiamos de la alegría de la música, y no dejaríamos de saltar y movernos al compás de la misma. La noche, entretanto, estaba ya a punto de cubrirlo todo con sus sombras, marcándonos el momento en el que debíamos abandonar la fiesta y regresar a nuestras casas. Así que, aunque nos costaba un tanto el abandonar Quintanilla y su fiesta, justo cuando el baile estaba en su momento más divertido, nos despedimos amistosamente de nuestras amigas agradeciéndoles la tarde en su compañía. Con la promesa, por su parte, de visitarnos en Velillas en una próxima fecha. Así que la pena por tener que abandonar la fiesta la aminoró ostensiblemente esta promesa de nuestras amigas. Pasados unos meses desde que nosotros acudiésemos a Quintanilla en el día de su fiesta de San Andrés, llegada la fiesta grande de nuestro Velillas del Duque, Santiago, el 23 de mayo siguiente, los chavales recibimos sin esperarlo la grata visita –tal y como nos lo habían prometido- de nuestras amigas las chicas de Quintanilla. Fue una sorpresa para nosotros cuando las vimos llegar por la calle principal en dirección a la era donde se tenía previsto que se realizase el baile; y donde también se habían instalado ya el almendrero y un puesto de dulces.
Así que nos acercamos a ellas y, tras agradecerles su cortesía para con nosotros, las invitamos a almendras y a una selección de dulces; con lo que conseguimos entablar una pequeña conversación tratando de romper el hielo y los nervios que, sin duda, estaban muy presentes por ambas partes. Y así, bien pertrechados de almendras y golosinas, nos convertimos sin esperarlo en anfitriones para las recién llegadas, recorriendo el pueblo en conjunto para mostrárselo a nuestras amigas en toda su extensión. Nosotros ese día nos habíamos vestido de fiesta dado el día que era, y ellas también lucían, entendíamos, sus mejores vestidos, porque estaban en un pueblo que se encontraba de fiesta. Fiesta que corroboraba aún más el sonido festivo de los cohetes que de cuándo en cuándo estallaban en el cielo, y el especial volteo de las campanas de la iglesia que de pronto venían a anunciar la tarde de fiesta y a romper el silencio de la misma; como si todos aquellos sonidos hubiesen sido la particular bienvenida para nuestras amigas de Quintanilla. Avanzada la tarde, con el sol ya a punto de esconderse por sus lugares de costumbre, los primeros sonidos de la orquesta inundarían de música el pueblo, cuyos habitantes comenzaban a concentrarse en la era, a la que también llegamos nosotros y nuestras amigas, esperando pasar un tiempo agradable en su compañía. Y así fue; lo que hizo que, antes de lo deseado por ambas partes, porque el tiempo había corrido que se las pelaba, nuestras amigas nos asegurasen, no sin una cierta pena en sus rostros, que debían emprender el camino de vuelta. Así que nosotros, agradeciéndoles su visita a Velillas, y mientras la música seguía sonando de fondo, nos fuimos despidiendo de ellas acompañándoles un buen trecho del camino de vuelta carretera adelante hasta que comenzaban a divisarse ya las primeras luces de Quintanilla, apenas a unos metros del pueblo. En la despedida, por ambas partes prometimos volver a celebrar ambas fiestas con sendas visitas a ambos pueblos. Mientras regresábamos al nuestro, la luna, desde su posición sobre nuestras cabezas, parecía alumbrar aquella noche la carretera con una especial nitidez, que nosotros agradecimos muy mucho.
Tras la intrahistoria de mi Colegio
Parece ser que la palabra intrahistoria fue creada por el gran escritor español Miguel de Unamuno, entendiéndose, y cito palabras de la R.A.E., como “la vida corriente y tradicional de algo, que sirve de fondo permanente a la historia cambiante y visible de ese algo”.
Así las cosas, podría decirse que en nuestro Colegio de Cervera de Pisuerga tuvimos también durante aquellos años de nuestra estancia en él como internos, nuestra particular intrahistoria, ¡cómo no!; que hoy diríamos que era lo que en el día a día latía en el interior del Centro y que no trascendía al exterior.
Porque intrahistoria serían aquellas madrugadas a diario a una hora demasiado temprana a todas luces, o mejor sin luces todavía en ocasiones cuando, según el argot popular, ni se habían puesto las calles tan siquiera; y nosotros a esas horas tan tempranas de la madrugada contribuíamos cada día a su colocación. Es lo que tenía el levantarse de la cama a esas horas.
Intrahistoria sería también la misa diaria de siete y media de la mañana, con los ojos todavía llenos de sueño, a la que era obligatorio asistir y participar en la misma con los cinco sentidos, aunque seguro que muchos de los días nos faltaba alguno o varios de ellos, que se habían tal vez difuminado o hasta perdido en el corto camino entre el dormitorio y la capilla. Otro inconveniente más de madrugar tanto cada día.
E intrahistoria era también, sin lugar a dudas, aquellos cortos minutos de recreo que a veces se nos otorgaban entre actividad y actividad, y que por su corta duración nos resultaban mucho más intensos y se disfrutaban mucho más, aprovechando cada minuto de más que, por una u otra causa, se nos regalaban de vez en cuando.
Y cómo no, intrahistoria podría ser también aquellas continuas reflexiones y charlas espirituales que, con motivos varios, se nos ponían por delante, en tiempos tal vez muertos de actividades o un tanto decaídos y bajos de moral, que nos reunían a todos en la capilla o en el salón de actos. Insistiéndonos siempre en que era preciso estar atentos en el día a día por si de pronto recibíamos la llamada de la vocación; que era la religiosa, obviamente; pues era evidente el lugar en el que nos encontrábamos.
Y, por supuesto, que la intrahistoria la constituían también aquellos momentos de la noche, en torno a las diez, en los que, camino de los dormitorios, nos retirábamos a descansar cada día. Porque allí, en la oscuridad y el silencio de la noche, era donde cada cual se encontraba consigo mismo. Y su pensamiento podía vagar sin cesar entre el Colegio, donde nos encontrábamos, y nuestra casa y nuestra familia, donde aspirábamos a poder regresar, mejor antes que después. Aunque supiésemos de antemano que eso sólo se iba a poder cumplir cuando llegase el tiempo de las vacaciones.
Y claro, intrahistoria sería también la que cada cual fue capaz de construirse con su propio yo y las cosas que le sucedían día a día dentro del Colegio.
Intrahistoria sería también la misa diaria de siete y media de la mañana, con los ojos todavía llenos de sueño, a la que era obligatorio asistir y participar en la misma con los cinco sentidos, aunque seguro que muchos de los días nos faltaba alguno o varios de ellos, que se habían tal vez difuminado o hasta perdido en el corto camino entre el dormitorio y la capilla. Otro inconveniente más de madrugar tanto cada día.
E intrahistoria era también, sin lugar a dudas, aquellos cortos minutos de recreo que a veces se nos otorgaban entre actividad y actividad, y que por su corta duración nos resultaban mucho más intensos y se disfrutaban mucho más, aprovechando cada minuto de más que, por una u otra causa, se nos regalaban de vez en cuando.
Y cómo no, intrahistoria podría ser también aquellas continuas reflexiones y charlas espirituales que, con motivos varios, se nos ponían por delante, en tiempos tal vez muertos de actividades o un tanto decaídos y bajos de moral, que nos reunían a todos en la capilla o en el salón de actos. Insistiéndonos siempre en que era preciso estar atentos en el día a día por si de pronto recibíamos la llamada de la vocación; que era la religiosa, obviamente; pues era evidente el lugar en el que nos encontrábamos.
Y, por supuesto, que la intrahistoria la constituían también aquellos momentos de la noche, en torno a las diez, en los que, camino de los dormitorios, nos retirábamos a descansar cada día. Porque allí, en la oscuridad y el silencio de la noche, era donde cada cual se encontraba consigo mismo. Y su pensamiento podía vagar sin cesar entre el Colegio, donde nos encontrábamos, y nuestra casa y nuestra familia, donde aspirábamos a poder regresar, mejor antes que después. Aunque supiésemos de antemano que eso sólo se iba a poder cumplir cuando llegase el tiempo de las vacaciones.
Y claro, intrahistoria sería también la que cada cual fue capaz de construirse con su propio yo y las cosas que le sucedían día a día dentro del Colegio.
Cuaderno de anotaciones
🚩Expolio y abandono del Colegio Regina Pacis de Cervera
Esta Congregación de Misioneros de la Sagrada Familia, se estableció en Cervera de Pisuerga en la década de los cincuenta del pasado siglo, teniendo como rector al P. Francisco, nacido cerca de Dresde, en la conocida como “La Florencia del Elba”.
Ver Artículo Completo: José Luis Medina Gallo Expolio y abandono del Colegio Regina Pacis
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🚩Aquél Cristo de Bronce
Recuerdo bien aquel día del año 2023, cuando, casi por casualidad, entré en una pequeña capilla en Cervera de Pisuerga.
Ver Artículo Completo: José Luis Estalayo
Aquel álamo solitario de mi pueblo
Aquel tiempo de aquel entonces, era un tiempo en el que, no sé si por arte de magia –que parece ser que no-; o porque nosotros, los chavales, lo veíamos así, o, simplemente, por la lógica natural de nuestra naturaleza humana –que va a ser que sí-, nos dábamos cuenta de que poco a poco todos íbamos creciendo en el pueblo, haciéndonos más mayores paso a paso.
Pero, por momentos, a los chavales se nos encendían algún día las ideas y ahí estábamos prestos intentando desarrollarlas; porque resultaba que de pronto queríamos crecer mucho más deprisa todavía para hacernos mayores cuanto antes. Entre otras cosas, porque siempre teníamos puesto el punto de mira en nuestros hermanos mayores y en los mozos del pueblo, todos mayores que nosotros; porque a ellos –decíamos todos- se les permite hacer muchas cosas que a los chavales nos estaban vedadas. Así que con aquellas edades tan primigenias, tan de andar por casa tontos de nosotros, a veces se nos ocurría eso tan descabellado de que queríamos crecer mucho más rápido día a día, para llegar a ser pronto mayores y tener acceso libre a muchas de aquellas cosas que teníamos a nuestro lado; pero que hasta ahora se nos restringían simple y llanamente porque éramos todavía pequeños. ¡Qué crueldad! que nos hacían los mayores… Sin embargo, cuando por otra parte, veíamos también que, por el simple hecho de ser pequeños, en casa las responsabilidades eran las mínimas y que teníamos todo el día para poder estar en la calle con nuestros juegos sin fin, se nos olvidaba muy rápido esa peregrina idea de hacernos mayores cuanto antes. En nuestras correrías, visitábamos los arroyos cercanos al casco del pueblo con mucha frecuencia; ocupados la mayoría de las veces en el noble arte de la pesca, ya fuese a caña o se estilase el tiempo de los reteles para pescar cangrejos. Y en el lateral de uno de los arroyos, observábamos cómo aquel álamo solitario que había crecido allí en su orilla tiempo ha, esbelto y elegante a más no poder, cada año lo veíamos más crecido que el anterior, con infinidad de ramas, tallos y hojas nuevas que le iban saliendo por todos los lados, mientras él iba ganando en altura año a año. Y a medida que iba ganando en altura notábamos cómo al atardecer se iba poblando de los pájaros próximos al lugar, que acudían hasta él para resguardarse durante la noche, al cobijo de sus muchas hojas. Desconcertándonos un tanto el griterío tan descomunal que producía aquella gran cantidad de pájaros acomodados en su interior. Nos gustaba observar aquel álamo en toda su esbeltez desde la distancia, allí solitario en medio del campo. Y cuando estábamos junto a él y elevábamos nuestra vista tratando de llegar hasta el final del mismo, comentábamos entre nosotros que el próximo año llegaría casi hasta el cielo, y nosotros seríamos testigos de ello. Y entonces, en esa impulsión que de pronto teníamos de querer hacernos mayores pronto, añadíamos a la pretensión que también queríamos ser muy altos, casi tanto como aquel álamo solitario del arroyo. Pasaron los años, nosotros fuimos creciendo acordes con la naturaleza humana de cada cual. Y aquel álamo solitario del arroyo lo haría seguramente de acuerdo con las reglas de la madre naturaleza; y hasta nuestros días. Que al día hoy, aún sigue en pie y conservando su talle, su elegancia y su esbeltez; circunstancias de las que siempre gozó e hizo gala ante grandes y pequeños, vecinos y visitantes.
Feliz día del Libro
Trasteando por Internet uno de estos días, próximo al 23 de abril, marcado en el calendario como “Día Internacional del Libro”, se te ocurre, sin otro motivo más que un cierto grado de curiosidad, invocar a la Inteligencia Artificial y pedirle que te defina a grandes rasgos qué significa el libro para ella.
| Coco, el perrito de Mai, promocionando la novela de Froilán de Lózar, "Castilla, una nación, una misión, un gran amor"
Y, a renglón seguido, te encuentras con esto: "Un libro es un jardín que se lleva en el bolsillo. Hoy celebramos la magia de abrir una página y aparecer en otro mundo, de vivir mil vidas y de encontrar respuestas que no buscábamos...”.
Y te quedas parado, pensando qué lista es nuestra Inteligencia Artificial, que lo suelta así como el que no quiere la cosa; y a continuación se queda tan ancha. Pero sabes que tiene toda la razón; aunque tú no seas capaz de definirlo así en tan poco espacio de tiempo. Y es que uno tiene bien metido en la cabeza cuán importantes son los libros, incluso desde la más tierna edad infantil. Desde nada más aprender a leer, incluso, en aquella escuela del pueblo de feliz recuerdo. Donde cada día, la primera tarea escolar que organizaba nuestra maestra, era depositar en nuestras manos un ejemplar del “Quijote”, el magnífico libro de nuestro internacional Miguel de Cervantes y, por riguroso turno, leer a diario en voz alta desde su mesa para el resto de compañeros una serie de párrafos del mismo; para al día siguiente continuar con el próximo capítulo y así sucesivamente.
Dada nuestra corta edad, todavía no conocíamos la importancia de este libro para nuestra cultura; cosa que aprenderíamos andando los años. Ni tampoco la relevancia del mismo para el mundo; ni, incluso, la trascendencia que aquella pequeña actividad lectora nuestra de manera diaria, iba a representar para todos nosotros en los años siguientes. Allí en nuestra pequeña escuela del pueblo, con aquel gesto diario de leer un trozo de tan importante libro, surgiría para muchos la afición a la lectura desde tan temprana edad. Y luego, andando el tiempo, la necesidad de seguir leyendo, adecuando la lectura al momento evolutivo de nuestras vidas. Porque allí, en aquellos mundos imaginarios que nos proporcionaban los libros, éramos felices en aquellos primeros años, disfrutando de las aventuras que en muy diferentes escenarios se nos presentaban sin necesidad de movernos del lugar. Luego, a medida que íbamos creciendo, fuimos necesitando ampliar nuestros conocimientos en situaciones y circunstancias nuevas, para que así nuestras mentes se nos abriesen a otro tipo de pensamientos y realidades. Pero, en efecto, la raíz de aquella afición por la lectura, convertida en buena manera en un tipo de necesidad de la mente, pudo tener muy fácilmente su origen y sustento en aquellas primeras lecturas de nuestro “Quijote”.
Que este 23 de abril, tras muchos años ya de aquella pequeña aventura escolar en torno a los libros, no te falte un café, un amigo y un libro. Y porque, “leer es soñar con los ojos abiertos; y es también viajar sin moverse del sitio…”, ¡Feliz Día del Libro!.
Fragmentos de la vida: La felicidad y la mariposa
Alguien dijo una vez que la felicidad podía asemejarse a una mariposa. Cuanto más la persigues, más huye. Pero si vuelves la atención hacia otras cosas, ella vendrá y, suavemente, se posará sobre tu hombro.
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| Mariposa, por José Luis Estalayo |
Claro, llevando este argumento a distintas situaciones concretas de la vida de cada cual, se me ocurre en mi caso una muy específica vivida en aquellos años 60 en el interior de un internado en un Colegio de frailes –como se decía entonces-. Donde cabría preguntarse si nosotros, aquellos chavales de en torno a 12, 13, 14 años que estábamos internos en el Centro, éramos felices o no; allí alejados por completo de nuestras familias, y viviendo día a día bajo una disciplina restrictiva y limitadora de ciertas libertades en muchos órdenes de la vida. La pregunta que surgiría entonces es, si a pesar de todo aquello, era posible que fuésemos felices en nuestro diario existir en aquellos años. Pensando de otra parte en que, de manera general, a esas edades se es feliz porque sí, casi por definición. Si hoy en día, gozando de toda la libertad de movimiento de la que somos capaces, hay momentos en los que, debido a determinadas situaciones personales de la vida, no llegamos a ser totalmente felices; qué podría pensarse entonces de aquellos años en los que nos movíamos cada día bajo el peso de una marcada disciplina restrictiva.
La respuesta inmediata que habría que dar sería que, probablemente y según en qué momentos, no fuésemos todo lo felices que cabría aplicarse a unos chavales de aquella edad; o no del todo siempre. Comparando esta situación con otra que rondase la plena libertad en cualquier otro ámbito diferente fuera de aquel recinto colegial. Pero claro, en aquellos años éramos todavía unos pre adolescentes que, mayoritariamente, encontrábamos en los juegos, libre y particularmente elegidos dentro de un orden, buena parte de esa felicidad, al menos en los momentos en los que estos se estaban ejecutando, libres de cualquier otro pensamiento. Porque luego, en el día a día del resto de las realidades que debíamos afrontar dentro de unas pautas de comportamiento y de restricciones muy marcadas en el proceder, la situación era muy otra; aunque, lógicamente, a cada uno de nosotros nos afectaría aquel proceder de una manera diferente. Y es que, restringirle a alguien de manera casi permanente ciertas conductas, ciertas normas de relación y convivencia, o una libertad de movimiento, a pesar de una tan corta edad como era la nuestra, qué duda cabe que marca muy mucho y hace que se desarrollen tanto el carácter como la personalidad de una o de otra manera. Claro que, a renglón seguido, lo que vendría a continuación sería analizar si todo eso pesaba lo suficiente en nuestras vidas como para que, nosotros en aquel entonces, no fuésemos todo lo felices según el grado esperable, que debiera corresponder a nuestra corta edad.
Ahí estaría el “quid” de la cuestión y el verdadero punto de discusión al respecto.
Ahí estaría el “quid” de la cuestión y el verdadero punto de discusión al respecto.
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🔻 El Camino Natural del Románico Norte
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📒 El Camino Natural del Románico Norte, con unos 66 kilómetros, utiliza senderos antiguos, vías y cañadas reales que se adecuaron con el fin de poder ser utilizadas. Une el Canal de Castilla con la Montaña Palentina, y enlaza también con el Sendero Histórico o GR-1 y la Ruta cicloturista de las Cuencas Mineras. © curioson
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🔻 Campeones de Europa de Campo a Través I
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🔻 Amor
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📒Interesar a los que sufren de mal de amores en la investigación de sus singulares modos de amar, con frecuencia nos lleva a reconocer que se guiaron por el espectáculo de verse amarse. Pero es más productivo para salir del desamor guiarse no sólo por esa brújula imaginaria, sino por el efecto de repetición simbólica, de patrón reconocible en cada elección de pareja, y aún más si nos orientamos por lo real en juego, por el secreto del goce oculto en cada enamoramiento. © curioson
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