Edén en Sádaba I
Creo que fue entonces cuando comprendí la diferencia entre admirar y venerar. Lo habíamos intentado dos veces en 2010 sin éxito y regresamos en julio de 2013.
Templo del Monasterio de Puylampa
Sádaba | Zaragoza
Hay excursiones que empiezan mucho antes de bajar del coche. Lo sé porque mi mascota humana habla durante casi todo el viaje, pero cuando el destino merece la pena, los últimos kilómetros los hace en silencio. Entonces entiendo que no vamos a visitar un monumento cualquiera.
Nada más abrir la puerta, el aire me trajo olores de tierra seca, cereal y tomillo. Frente a nosotros aparecía la iglesia de Puylampa, sola entre los campos de las Cinco Villas, construida con una piedra dorada que cambiaba de color con la luz de la tarde.
Mi mascota humana me explicó que hacía más de ochocientos años aquel lugar formaba parte de un monasterio. Hubo monjes, dependencias, huertos y almacenes, pero el tiempo acabó borrándolo casi todo. Solo el templo permaneció en pie. Fue consagrado en 1191 y basta contemplarlo unos minutos para comprender que quienes lo levantaron no estaban construyendo un edificio cualquiera.
Mientras rodeábamos la iglesia descubrí que en Puylampa nada parece improvisado. La única nave termina en un gran ábside semicircular orientado al este y cada sillar encaja con una precisión admirable. Las columnas adosadas dividen la cabecera, las estrechas ventanas dejan pasar una luz suave y todo transmite un equilibrio que invita a detenerse.
Mi mascota dice que eso es una de las grandezas del románico. Yo creo que ocurre cuando las personas hacen las cosas con verdadero cariño.
En algunos sillares todavía pueden verse las marcas de los canteros: cruces, aspas, triángulos y otros símbolos que identificaban el trabajo de cada artesano. Me gusta pensar que ninguno imaginó que un perro curioso seguiría observándolas más de ocho siglos después.
La portada occidental fue el momento que mi mascota esperaba. Las arquivoltas avanzan con una elegancia extraordinaria y los capiteles, cubiertos de hojas finamente talladas, enmarcan uno de los conjuntos más bellos del románico aragonés.
Sobre la entrada destaca un gran crismón, símbolo de Cristo Cronócrator, convertido desde la catedral de Jaca en una de las señas de identidad del románico de Aragón.
Mi humana me explicó que el crismón no era un simple adorno: quien atravesaba aquella puerta dejaba atrás el mundo cotidiano para entrar en un espacio sagrado. A ambos lados aparecen la luna y el sol, sostenido por una trinidad de palmeras, símbolo de la victoria sobre la muerte, y árboles cargados de 9 y 8 frutos respectivamente que evocan la redención. En el románico casi nada es decoración; prácticamente todo tiene un significado.
Cuando parecía que la portada ya había contado todos sus secretos, descubrimos una inscripción excepcional: la firma del escultor Bernardo. Apenas sabemos nada de él, pero quiso dejar constancia de su trabajo, algo muy poco frecuente en la Edad Media.
Gracias a ese sencillo gesto, su nombre sigue vivo más de ochocientos años después.
Al entrar, el ambiente cambió por completo. La penumbra, el silencio y la escasa luz que penetra por las ventanas crean un espacio de serenidad difícil de explicar. La nave es sencilla, pero armoniosa. Los robustos muros, los arcos y la iluminación consiguen exactamente lo que buscaban los maestros románicos: favorecer el recogimiento.
Los capiteles, decorados principalmente con hojas de acanto, palmetas y tallos entrelazados, esconden también discretas figuras humanas y animales. Hay que observarlos despacio, porque el románico nunca tuvo prisa.
La iglesia conserva además varias inscripciones medievales, entre ellas la que recuerda su consagración en 1191, una auténtica cápsula del tiempo grabada en piedra. Antes de marcharnos, mi humana me señaló una pequeña escalera que conduce al torreón sobre la fachada, desde donde se accedía a las campanas, se mantenían las cubiertas y se vigilaba un territorio que durante siglos fue frontera entre reinos. También nos contó que probablemente fuese el acceso al torreón-faro que los monjes hospitalarios iluminaban para guiar y acoger a los peregrinos (Podium Lampadii, podio de la antorcha,
Puylampa).
Cuando regresábamos al coche comprendí qué era lo que más me había impresionado. No era la portada, ni el crismón, ni siquiera la firma de Bernardo. Era el silencio. Ese silencio que permite escuchar el viento rozando la piedra, el vuelo de una golondrina o nuestros propios pasos.
Puylampa no necesita grandes carteles ni multitudes para emocionar. Le basta con seguir esperando, como lleva haciéndolo desde hace más de ocho siglos.
Edu guardó la cámara. Yo bebí un poco de agua y contemplamos una última vez la iglesia.
—¿Sabes qué, Mongui? Todavía quedan muchos lugares así.
Moví la cola. Mientras existan iglesias románicas escondidas entre los campos, caminos por recorrer y personas con ganas de descubrirlas, seguiré acompañando a estos chiflados. Al fin y al cabo, no hay mejor trabajo para un perro curioso que seguir encontrando piedras con historias que contar.

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