Ramiro de Maeztu [Vitoria, 4 de mayo de 1874-Aravaca, 29 de octubre de 1936]
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● “Me ha ocurrido que cuando la alabanza inglesa absorbía mi personalidad, alejándome de los vínculos espirituales que me ligan a la patria, he abandonado Londres más que de prisa, para ir a España ¡No, no!; ¡antes que nada, soy español!”

Sobre España y los españoles | +2.585👀



La vida en una caracola


Miro la caracola vacía, sin vida. Un bonito receptáculo hueco… Y siento la necesidad de devolverla a su mundo. Quién sabe. Quizás algún otro ser blando y frágil encuentre refugio en ella, la protección que necesita para continuar viviendo.

 

Alfonso Sergio Barragán

Primer Premio

Cuentos de Guardo (Palencia) Primer premio 2016_La vida es una caracola

Me siento reconfortado cuando las sombras marchitan lentamente los últimos rayos de sol. La mar se presenta plácida como un azogue pespunteado de brillos dorados. Me gusta pasear sintiendo el fragor del vaivén de las olas. El romper de las espumas a pocos metros.
   Ella no lo entiende. Qué va a entender. Se limita a despotricar sobre mis paseos nocturnos. Desperdicia, como otras tantas cosas, lo que muchos desearían: una casa junto al mar. Aunque eso sí, no se corta en anunciar a bombo y platillo las excelencias de nuestro nuevo hogar, las ventajas de vivir frente a una playa de ensueño… Pero qué va. Es más interesante pasarse los días sacándole lustre al suelo y malgastar las noches apoltronada en el sofá saltando de una cadena a otra para escuchar las imbecilidades -en la mayoría inventos del márquetin para aburridos- que conforman las vidas de otros que ni siquiera conoces… ¿Y la nuestra qué?

  Quizás ella tenga razón cuando me dice que me quejo por vicio. Que no entiende qué más deseo de la vida. Disfrutamos de una más que holgada posición, tres hijos que hace tiempo abandonaron el hogar -demasiado ocupados ahora para visitarnos con frecuencia- pero que no carecen de nada.

   -¡Y qué te falta, qué te falta…! -me pregunta a menudo.
   Yo acostumbro a no contestar. Me muerdo la lengua, evito pensar y vuelvo a añorar la quietud de las arenas, mis largos paseos nocturnos. Mis horas de soledad, de esa soledad amiga que acompaña y cauteriza, de ese íntimo encuentro con mi más profundo yo. Un deleite que me aleja de lo nigérrimo de esa otra soledad que reconozco habita entre las paredes de lo que desde hace tiempo no me atrevo a llamar hogar.

   A veces me vuelvo para contemplar las huellas que he dejado atrás. Ese surco efímero que han marcado mis pisadas. Y pienso en lo fácil que es desandar lo andado, volver al punto de partida sintiendo que se ha disfrutado del trayecto. Por desgracia, la vida no nos suele dar esa oportunidad. Si fuese sencillo retroceder, volver a iniciar el camino…

   Ahora disfrutamos de más tiempo libre. O deberíamos hacerlo, disfrutar, en lugar de malgastarlo viendo cómo se suceden los días sin forma, unos iguales a otros. Ya ni recuerdo cuántas cosas pensaba hacer cuando pudiese manejar las horas a mi antojo. Sí recuerdo que la mayoría la incluían a ella. Y ahora que el trabajo no me ata… ¿Dónde ha quedado todo? ¿Qué tengo en realidad? ¿Qué espero del mañana? Pienso y pienso y nada me ilusiona. No vislumbro ni el matiz borroso de alguna imagen que me brinde una sola pizca de ánimo o de deseo.

   -Tú lo que tienes son muchos pajaritos en la cabeza. Deberías volver a dirigir la empresa, al menos no tendría que soportarte con esa cara de vinagre…

   ¡Cara de vinagre! Eso es lo malo. Que soy como una vieja bota que se va agriando con los años en lugar de adquirir solera. ¡Cara de vinagre! No, mejor como ella. Cara de nada. Una expresión insípida, que nada revela, que nada dice. Si no fuese porque veo crecerle las arrugas casi diría que no está viva… Y los días siguen pasando, perdiéndose en un pozo sin fondo. Y yo, como en la canción de Farina, tengo que apurar este vino amargo que ya no lo es tanto de pura costumbre.

   La playa se me antoja un infinito sembrado de nostalgias. Con esas olas que vuelven y vuelven a barrer las arenas sin reposo. Recojo guijarros de la orilla y los arrojo a la mar. A veces los observo un instante en mi mano. Pienso que el paso del tiempo los ha esmerilado desbastando sus aristas, empequeñeciéndolos, pero a la par, acentuando su belleza. Así la vida debería pulir despaciosamente los sentimientos, aquilatándolos, haciéndolos más intensos…

   Pero no. El devenir de los años a veces se empeña en recubrirnos con una pátina amalgamada de monotonías, resentimientos y desdoros. Somos humanos, está claro. Por eso en la madurez, cuando desde el altozano de la edad divisamos lo que dejamos atrás deberíamos cuidarnos del presente, adueñarnos de él, aderezarlo con la mixtura de las experiencias pasadas… Y me pregunto si tras ese tiempo pretérito del que aún recuerdo los momentos felices no habrá más que este presente tedioso alongándose hasta el final.

   Me entretengo mirando los trazos caprichosos de las gaviotas surcando el cielo. Diviso el albor de las siluetas de las más lejanas diluido entre las sombras. Algunas me sobrevuelan y me dejan ver con claridad sus fisonomías. No sé por qué se me antojan interrogantes cuyo contenido me hace estremecer. Algunas desfiguradas, borrosas, otras acuciantes, inminentes, como… ¿Por qué estoy aquí ahora? ¿Por qué ansío con tanta vehemencia la soledad de esta nocturna playa?
   Prefiero aherrojar la mente, no echarle cuentas al torrente de pensamientos que de repente me inunda y echo a andar al filo de las aguas respirando profundamente el satinado del aire de la noche. Y entonces lo veo. No sé qué es. Tan solo vislumbro un brillo múrice que destaca en el fondo oscuro. Me descalzo, me arremango el pantalón y me adentro unos metros pensando que no será más que cualquier tontería. El agua está fría. Aunque me remango la camisa tengo que meter el brazo hasta más arriba del codo empapándome la ropa. La cojo con prevención. Es muy grande. Cuando la acerco a la luz me asombro con su exquisita figura. Es una caracola de color rosa intenso, más bien púrpura. Nunca había visto ninguna semejante. La abertura ligeramente oblicua está cerrada por una costra dura circundada del blanco de un nácar deslumbrante. Permanezco un buen rato admirándola, contemplándola como el niño que disfruta con su nuevo juguete. Es muy hermosa.

   Pienso en devolverla de inmediato a su medio. Ignoro cuánto tiempo puede estar fuera del agua sin morir, o al menos sin sufrir daños. Entonces, el pie se desprende. Miro en el interior pero no hay nada. Queda en mi mano la puerta de aquella casa ahora no habitada. Puede parecer una tontería, pero me pregunto si habrá muerto de forma natural, depredada, o si simplemente habrá cambiado de residencia (desde luego prefiero quedarme con la última opción). No tengo ni idea del ciclo vital de estos seres. Pero decido llevarla a casa. Le puedo hacer una peana de madera y utilizarla como adorno para la mesa de mi escritorio. Continúo mi paseo sintiendo una desagradable tristeza. Una desazón cuyo significado no comprendo. Ahora pienso en lo que dirá mi mujer cuando me vea con ella. Será bonita, pero tengo muy claro las palabras que saldrán de su boca:
   -Nunca madurarás. ¿En eso empleas la noche? ¿En ir a la playa a recoger porquerías en lugar de estar en casa? Estás viejo, chocheando. ¡No sé cómo voy a poder aguantarte cuando tengas más años si ya te comportas como un cretino! Qué malos tragos me esperan con este hombre Dios mío…

   Qué malos tragos, eso digo yo. Y es ella la que no cesa de repetírmelo. ¿He sido un mal marido? ¿Un mal padre quizás? ¿Cuántos años llevo partiéndome la espalda para sacar adelante a mi familia, para que tenga de todo? Pero, por lo visto, no basta con eso. La sacrificada ha sido ella, que ha tenido que educar a los hijos… Con asistenta fija, sesiones de peluquería, masajes, tratamientos de belleza y yo qué sé cuántas cosas más.

   Malos tragos. Malos tragos. Vino agraz que oscurece el paladar. Eso es lo que llevo años bebiendo. A la fuerza, consintiéndoselo todo. Y siento que toda la culpa es mía. ¿Por qué tantas veces han enmudecido en mi boca las palabras que debiera haberle dicho? ¿Cuántas veces he soslayado la realidad por no querer enfrentarme a ella? Miedo, cobardía, qué se yo…

   Me sorprendo cuando las primeras luces del lubricán comienzan a decorar las aguas con áureas luminiscencias. Los pellizcos albos de las espumas empiezan a hacerse visibles. No puede ser que la noche se extinga tan rápido, que lleve tantas horas deambulando por la playa. ¡A ver si ella va a tener razón y estoy tan chocho que hasta pierdo la noción del tiempo!

   Me siento en un farallón a pie de mar. A la derecha la urbanización. Una tenue luz satinada reflejándose en la fachada de mi casa. Aún llevo en la mano la caracola. Me había olvidado de ella. Le doy vueltas volviéndome a recrear en sus bonitos colores. Me fijo en el caparazón. La luz del amanecer me desvela que no todo es hermoso en él. Está formado por capas superpuestas que no presentan un aspecto homogéneo. Hay zonas engrosadas y deslucidas. Como improvisados remiendos. Se ve que bajo esta dura cubierta el frágil ser que la habitó tuvo que pasar sus vicisitudes para sobrevivir. Endurecer su caparazón con feos parches para protegerse de un entorno inhóspito. Y me pregunto cómo se puede vivir así, encarcelado, blindándose contra el exterior, sin atreverse a salir de la coraza sabiéndose blando, reconociéndose vulnerable. Entonces pienso cuántas veces los humanos nos vemos obligados a hacer lo mismo. Ocultarnos bajo un caparazón para defendernos de todo aquello que sabemos nos puede dañar. Esconder los sentimientos bajo capas de costra que luego tendremos que llevar a cuestas el resto de nuestra vida. El paso del tiempo nos curte, nos hace más fuertes, pero también desluce una parte importante de nuestros sentimientos.

   No puedo evitar ahora, a plena luz del día, reconocerme imbuido en una coraza semejante. Reconocerme encarcelado en mi propia vida. Cuántas ilusiones ha marchitado el tiempo. Ella… hubo una época en la que vivimos enamorados mirando con esperanza hacia el futuro. Y entonces no teníamos casi nada. Tan solo nos teníamos el uno al otro y eso bastaba.

   Recuerdo nuestros paseos por el parque cogidos de la mano. Los fines de semana descorchando una botella de vino que paladeábamos acompañada de algunos platos que ella ornaba con esmero haciéndolos hermosear a pesar de su humilde contenido. Luego, nos acurrucábamos en el sofá para ver una película, así, muy juntos, sintiéndonos el uno al otro. No podíamos permitirnos otra cosa. Y ahora que disfrutamos de restaurantes de lujo, que poseo una soberbia bodega… ¿Cuántos momentos así hemos vivido en los últimos años? ¿Dónde quedó todo aquello?

   Miro la caracola vacía, sin vida. Un bonito receptáculo hueco… Y siento la necesidad de devolverla a su mundo. Quién sabe. Quizás algún otro ser blando y frágil encuentre refugio en ella, la protección que necesita para continuar viviendo.
   Arrojo la caracola al agua y emprendo el camino de vuelta a casa. Ahora el sol reverbera en los tejados deslumbrándome. Pero he visto su silueta oscurecida en la terraza del dormitorio. Está debruzada sobre la barandilla probablemente mirándome, aguardando que regrese para reprocharme que lleve toda la noche fuera. Para verter sobre mí sus ácidas palabras, para volver a repetirme la cantinela de que mis paseos le suenan a excusa para ocultarle que me encuentro con alguien.

   -¿Vas con tu puta, otra vez? Tú es que te piensas que me chupo el dedo… tantos paseos, tantos paseos…

   Y quizás debería de ser verdad. Tener a alguien que me abrace, que me acompañe, que me aliente con su calor. Alguien con quien hacer el amor aunque sea fingido. Aunque sea por dinero.

   Me adentro en la urbanización y me saluda un perfume fresco a césped recién cortado. Mi corazón late muy rápido. Me ahogan los recuerdos, me asfixia el desasosiego. Hurgo por un instante en mis heridas y pienso que la vida daña, pero también cauteriza.

   Me detengo. Un ligero vahído hace que la vista se me nuble un instante. Meto la mano en el bolsillo. Tengo las llaves del coche. Intuyo que ella me está mirando, probablemente impaciente, aguardando que entre en casa para salirme al paso e inaugurar el día con la primera bronca. Para recrearse en mi silencio que piensa es aquiescencia, no resignación. Me acuerdo de la caracola. De esas feas marcas de su caparazón que cubren y empobrecen una belleza que igual le costó años conseguir.

   Y pienso que no voy a seguir haciéndome daño ocultando mi cobardía bajo una coraza ya demasiado marcada por las cicatrices. Ni una más.

   Me siento al volante y el ronroneo del motor me suena al murmurio de la mar cuando se agita… Sé que debo de alejarme de todo esto. Que merezco una nueva singladura libre de cadenas por más encrespadas que se me puedan poner las aguas. Que la vida me dañe más si quiere, que me engulla si lo desea, pero no voy a arrastrar por más tiempo el peso que hasta ahora he llevado encima.

   Cuando salgo de la urbanización pienso fugazmente en ella… ¡Que se joda!

Año 2016
296 relatos cortos
22 cuentos al premio provincial
Pregonero literario: Javier Castrillo
@Grupo Literario Guardense

Actualización feb2026 | 💥+370 👀

SOBRE ESTA BITÁCORA

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📒 Una de las personas que actualmente está luchando para que nadie se olvide de la construcción románica es otro hijo de la tierra de la Ojeda, Amando Vega. Desde hace tiempo viene investigando el abandono, «creo que fue a finales de los años sesenta, pero la iglesia en el año 1975 estaba en perfecto estado. En esa época no faltaron gamberros y ladrones oportunistas que forzaban sistemáticamente puertas y ventanas para ver que había». © curioson 👇

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