
Hoy he tenido un sueño, dice Tiburcio. Y al decirlo baja la voz, por prudencia y costumbre, evitando así estridencias innecesarias que salpiquen su espejo interior.
Vamos, que estaba en una quimera de esencias con tomillo en los que uno corre sin avanzar, quieto ahí y que se evaporan al abrir los ojos. Era algo espeso, detenido, como quedarse mucho tiempo mirando una grieta en la pared hasta que deja de parecer una raja traviesa y aviesa. Tela. Y se vio en un río que nunca tuvo caudal. Ya sabes, ese cauce de piedras viejas por donde en agosto solo pasa el aire y en primavera, si acaso, una hebra indecisa, correosa. Pues aquella vez, toma castaña, bajaba crecido, torcido, como si alguien hubiera decidido corregir de golpe todos los años equivocados, esquilmando los perfiles con tomate frito y verduras salteadas. Impresionante. Y en mitad del agua estaba el árbol de siempre, el de copa amplia y sombra firme, sujeto al sitio desde antes de que hubiera nombres, pero ahora con el tronco hundido hasta el pecho en aquel empuje de sin sentido contrario a las agujas del reloj. Será por los amores del ayer, se pensó para sí. Va. No se quejaba. Los árboles viejos no saben hacerlo, anotó en su memoria. Pero se lo veía perder terreno, hoja a hoja, sin urgencia ni resistencia. El agua se metía por las filtraciones imaginadas, le soltaba la tierra de los pies y los vientos, fuera de temporada y con aranceles sinuosos, empujaban desde arriba con una insistencia torpe. El tiempo tampoco encajaba. Era invierno. Sin embargo, no tenía olor ni estación. Hacía un frío plano, sin aviso, y aun así el sol salía cuando no tocaba por soleares. Agua pura, bendecida por un San Blas que miraba a un campanario mudo que esperaba a las cigüeñas. Todo en la misma fase onírica. No apareció ninguna. El nido seguía ahí, entero, demasiado entero, como si nunca hubiera servido para nada. Segundos después pasó algo pequeño. Tan nimio que casi no merecería contarse si no fuera porque nadie supo explicarlo después. Tiburcio notó que el líquido elemento no reflejaba nada. Metió la zarpa y no sintió frío. Tampoco corriente. La sacó despacio, la secó en el pantalón, lanzando flechas sin arco. Así estamos, a la hora del café. Hoy invitaba Valentín.

Actualización oct2026 | 💥+333 👀
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Es un gozo leerte, Julio-César, meternos lentamente en el meollo de lo que nos cuentas en ese Tiburcio que aflora en cada frase. Posees una voz narrativa que arrastra sin remedio, empapándote con las consideraciones ofrecidas, veraces, poéticas, impregnadas de sentido y naturaleza, sin imposturas; transportas, ofreces estímulos, eres brillante. Gracias.
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