Dominación goda
Llegamos a uno de los periodos más interesantes de la dominación goda. No hay un solo individuo en la familia real que se ha sentado en el godo-hispano que no haga un papel importante en la historia, ni un solo personaje en este grupo que no suscite gran interés. Va a representarse un drama histórico, cuyas consecuencias han llegado hasta nosotros y alcanzarán a las generaciones que nos sucedan.
Uno de los primeros cuidados de Leovigildo fue tratar de desalojar de España a aquellos griegos imperiales, que los historiadores de entonces y muchos historiadores después llamaron romanos, tan imprudentemente traídos a la costa por Atanagildo, y donde ellos habían procurado consolidarse más de lo que sin duda había entrado en las intenciones de aquel rey, y más de lo que a la unidad de España convenía. Eran tanto más peligrosos para Leovigildo estos huéspedes, cuanto que siendo ellos católicos y siéndolo también los hispano-romanos, mirábanse unos y otros con la afición de correligionarios, y estaban siendo un foco al que acudían fácilmente los descontentos de la dominación goda o del arrianismo que representaba. Emprendió, por lo tanto, Leovigildo con ardor la guerra contra los imperiales, y aunque no pudo llevar a cabo la expulsión, porque para esto hubiera necesitado una marina de la que carecía, fue, no obstante, tomando las plazas de Baza, de Málaga y de Assidonia (Medina Sidonia), no sin notable resistencia en esta última, y reduciéndolos a límites más estrechos. Córdoba, que desde su rebelión y triunfo sobre Agila rehusaba someterse al poder de los godos, y que acordándose de su grandeza romana se gobernaba municipalmente como en tiempo del imperio, fue también rendida a fuerza de armas por Leovigildo, que en esta ocasión comenzó a desplegar la dureza de su carácter, haciendo sentir su enojo con actos de excesiva crueldad, no sólo a la ciudad rebelde, sino a toda la comarca. La sangre corrió por toda la ciudad y por los capos, y llenas de terror se sujetaron todas las poblaciones de la Bética a las armas victoriosas del godo.
Los grandes del reino le dieron mil parabienes por estos triunfos, y se apresuraron a mostrársele adictos, o por lo menos sumisos y respetuosos. Con esto y con el ejemplo de los males y desórdenes a que había dado ocasión la larga vacante del trono, le resultó fácil a Leovigildo persuadir a los nobles de la conveniencia de dar participación en la soberanía y autoridad real a sus dos hijos Hermenegildo y Recaredo. La proposición fue acogida con beneplácito por unos y sin oposición por otros, y los dos hermanos fueron declarados príncipes de los godos y herederos de la corona. Con esto lograba Leovigildo poner freno a las ambiciones y al espíritu de insurrección, y hacer hereditario el trono en su familia.
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