Allí donde la carretera se adentra en Cervera
Allí donde la carretera traza una curva antes de adentrarse en el casco urbano de Cervera de Pisuerga, justo allí, se levantaría en los años 60 una grandiosa construcción, novedosa para aquella época y dotada de las técnicas y materiales más modernos existentes en el mercado para aquellos años.
Sería el conocido como Colegio de los Padres Alemanes que, en sus mejores momentos, albergaría hasta cien alumnos cada año distribuidos en tres cursos, que en aquellos tiempos se denominaban: ingreso, primero y segundo; con unas edades de los alumnos en torno a los 13 a 15 años. Y allí, por azares de la vida, pasé como alumno interno tres años de mi etapa de estudiante, en una pre adolescencia o fase temprana, que marcaría de alguna manera el espíritu y el carácter personal de una forma entiendo que bastante efectiva cara a sentar las bases de un posterior desarrollo de la personalidad. Según regían las normas no escritas, pero sí suficientemente asentadas en el ambiente y pensamiento de quienes dirigían los internados, y para tratar de encontrar la llamada vocación religiosa –aquello para lo que básicamente estábamos en el internado-, la existencia ordinaria de cada día obedecía a unas pautas de vida y convivencia bastante estrictas, con unos mínimos de conducta de obligado cumplimiento. Claro que, visto desde otro punto de vista, cómo podía regirse a diario una comunidad de en torno a cien chavales de esas edades, llenos de vida y ávidos de descubrir nuevas experiencias en la vida, cuantas más mejor, si no era con una gran disciplina general.
Y eso era lo que primaba, una estricta disciplina en el diario acontecer de los días y las horas; desde el muy temprano amanecer hasta el súbito finalizar el día con la reclusión en el dormitorio para el pertinente descanso. Unas horas que, extendidas en el tiempo dentro del recinto colegial, daban para mucho, desde los grandes espacios de la mañana dedicados a las clases diarias y el correspondiente período de estudio de la tarde, hasta las siempre gratificantes horas de recreo, entremezcladas entre el resto de actividades, con el fin de proporcionarle a la jornada un sabor más llevadero aderezado de edulcorantes que, desde luego, no nos pasaban desapercibidos. Y que siempre añorábamos fuesen mucho más prolongados. Y, aunque toda nuestra vida así planificada, se realizaba dentro del recinto colegial, había no obstante una excepción donde de manera efectiva tomábamos contacto con la realidad exterior que nos envolvía y pasábamos a ser conscientes de que habitábamos un espacio determinado dentro de un pueblo, Cervera de Pisuerga, donde sus gentes, por su parte, tenían su propia vida y caminaban por otros espacios bien diferentes a los nuestros; con los que no interactuábamos ni nos cruzábamos nunca; salvo que coincidiésemos tangencialmente en el momento puntual de nuestros paseos y excursiones por los alrededores de la localidad. Eso sí, enmarcada en un lugar prodigioso en cuanto a espacio paisajístico, y que tantas veces recorreríamos en grupo; sin ser conscientes de que, de alguna manera, estábamos iniciando y poniendo la primera piedra de lo que luego, tras ponerse en valor todo aquello, pasaría a convertirse en un turismo de masas. Y ahí sigue, ganando adeptos cada año y con un mayor número de visitantes cada vez. Como también nuestro Colegio de aquellos años sigue ahí, justo allí donde la carretera de acceso a Cervera traza una curva antes de adentrarse en el casco urbano de la localidad.
Imagen: José Luis Medina Gallo










































