
En un monasterio donde sobraban teorías, faltaban resultados y abundaban silencios solemnes, vivía un huevo convencido de que su destino era histórico.
No sabía qué iba a descubrir, pero llevaba toda su existencia repitiéndose que estaba llamado a algo memorable. Esa fama anticipada era puro autoelogio, sostenido, sin testigos. Competencia nula, vanidad plena: una mezcla arriesgada, incluso para una cáscara impresionable. «El de Colón» -título que se otorgaba sin pudor- dedicaba las mañanas a practicar poses importantes. Intentaba mantenerse erguido como si la gravedad trabajara a sus órdenes. Nada lo complacía más que imaginar su porvenir: mapas extendidos, océanos obedientes, multitudes admiradas y una estatua que certificara su grandeza redonda. Pero la realidad, siempre adversa a los entusiasmos inmerecidos, intervino cuando una mesa mal nivelada puso en duda su estabilidad legendaria. Rodó sin misericordia, dejando atrás capas de épica aplicadas a brochazos y desmontando cada una de sus certezas. Descubrió que las profecías improvisadas suelen fracturarse en cuanto chocan con superficies inclinadas y con la obstinación geométrica del mundo. A cada giro perdía algo, ya fuera solemnidad o arrogancia. Y después, la cómoda ficción de que el planeta dependía de su verticalidad. De pronto ya no era símbolo de nada, solo un germen perplejo aprendiendo a digerir su propio derrumbe. Cuando al fin se detuvo en un rincón discreto, donde nadie lo esperaba para ovacionarlo ni para contradecirlo, notó que había menguado. No solo en tamaño, también en ambiciones. Entendió que quizá no necesitaba descubrir continentes; tal vez bastaba con aprender a sostenerse sin exigir reverencias. Entonces vislumbró la lección final. Que la historia puede comenzar por accidente, pero la vanidad, infalible, siempre termina cuesta abajo. Así, mientras reposaba en aquel suelo humilde, descubrió que los engreídos encuentran consuelo en la evidencia de su fragilidad. Aceptarlo no lo hizo más grande, tal vez un poco más verdadero, suficiente para no romperse del todo cuando la vida decidiera darle otro giro. Asumió que los célebres también pueden hallar sosiego en su modestia. Cosas que nos brinda Tiburcio en el café, tocando el tambor.

Actualización jun2026 | 💥+303 👀
Ahora también, la REVuelta de
Tiburcio en libro, en
Amazon
Una nueva lección que nos acerca el bueno de Tiburcio a la hora del café de tarde, está vez con esas grandes dotes para la filosofía que sólo él es capaz de conseguir transmitir a la grada de sus escuchantes. En esta ocasión, atreviéndose incluso con el "sancta sanctorum" del famoso "huevo de Colón", que ya es decir. Y todo ello, bajo la genial pluma de Julio César un sábado más.
ResponderEliminarMe gusta su campechanía, esa intuición que le lleva a pensar que algo llegará por algún lado que lo rescate. Sábados al sol que permiten estos sabios consejos de nuestro amigo Julio César.
ResponderEliminarLiteraria y compositivamente impecable
ResponderEliminar