100 DOSIS DE AMOR [38] [SAWABONA]

En muchas ocasiones me he preguntado, si por algún extraño efluvio a mí se me hubiera negado el derecho a ser feliz, y un día, no hace mucho, encontré en una tiendecita un cartel que rezaba: "Atención, la felicidad existe". Me lo compré encantadísima, como si fuera un seguro a todo riesgo, y con esa misma ilusión lo coloqué una mañana en mi despacho; ese mismo día, no creo que lo olvide jamás, recibí la primera cuenta de un rosario de desgracias que me abatieron, y he llegado a la armónica conclusión de añadir a mi cartel reivindicativo que sí, que la felicidad existe, pero que se vende muy cara. Es posible que con el amor ocurra igual."

El precio de la ilusión


Pagamos por ilusionarnos. Podrá decirse que pagamos mucho, por ejemplo estos días en lotería. Seguramente es excesivo en el caso de algunos. Pero resulta que algunos necesitan ilusionarse más que otros.


La ilusión, es decir lo que pertenece a la esfera de lo imaginario, bebe de promesas, de construcciones fantásticas, de sueños. Pero la vida, Calderón de la Barca lo dejó por escrito, es un sueño, (le hizo decir a Segismundo en el monólogo aquello de qué es la vida, un frenesí, qué es la vida, una ilusión). Los publicistas lo saben muy bien, y quienes viven con niños pequeños también conocen lo importante de tocar en el registro de la ilusión cuando se acerca la Navidad. No entiendo pues esas proclamas incendiarias contra quienes precisan de la ilusión: prueben a robar la ilusión a la gente, prueben a decir que todo es mentira, prueben a explicar que no espere nadie nada, y veremos aparecer lo sombrío de la masa humana apegada a la literalidad. Sin jugar con el lenguaje, sencillamente no hay lenguaje. Ni revoluciones. Ni héroes dispuestos a perder. No discuto que la fantasía no deja de ser un engaño complaciente, o si se quiere una manera de perpetuar un estado infantil de la humanidad, y que el juego, tutelado y animado además por el Estado, no deja de ser el impuesto cruel de los pobres, pero aún mucho peor es sustraer a la gente su derecho a soñar. El irrenunciable derecho a soñar con futuribles, a fabricar cuentos de la lechera, a imaginarse nuevas vidas, a ilusionarse con todo lo bueno de lo humano, (y a escotomizar la maldad cotidiana) es un derecho que sostiene nuestras vidas. Sospecho que quienes están contra la ilusión son los mismos que están contra la poesía, y eso da miedo. A pocos días de finalizar un año, (en realidad otra ilusión que tenemos, la de que pasa el tiempo a sabiendas de que somos nosotros quienes pasamos, razón por la cual es muy saludable perder el tiempo), tiene su lógica ilusionarse con lo que nos deparará 2015, y pagar el precio de abandonar la razón. Ojo con los dogmáticos de la razón, que desconocen el peso de lo imaginario en sus propias vidas. Goya pintó el sueño de la razón produce monstruos. Y lo razonable es soñar.

Habría en tal caso que discutir el modo de hacer más razonable el precio que pagamos por ilusionarnos.  
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