Camino del campo a segar
Era verano y, el sol, situado a aquellas horas de la tarde en su punto más elevado, apretaba de lo lindo aquellos días, lo que en esas fechas empujaba hasta límites insospechados a la canícula más asfixiante del momento.
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||||| José Luis Estalayo |
Por ello, los pasos en el camino devenían excesivamente lentos. A la par, el silencio en el campo, contra lo que pudiese pensarse, no parecía ser total. Pues al ruido que ya de por sí emitían nuestros pasos y el de las mulas, junto al de las ruedas de hierro de la máquina segadora al desplazarse, se unía el de las incansables chicharras al borde del camino. Y, de vez en cuando, el que producía algún pájaro que se veía en la necesidad de abandonar precipitadamente la sombra que le proporcionaba la maleza del camino o algún árbol de mediana altura. Nuestras miradas, sobre todo las de los chavales que acompañábamos a la familia tratando de ayudar en las diferentes faenas agrícolas, se mostraban cansadas y como perdidas en la lejanía del horizonte; con el pensamiento quizás embebido en los juegos que retomaríamos en la calle una vez regresásemos al pueblo. En cambio las de los mayores, firmes en un punto del fondo del camino y pensando en la mejor manera de encarar la próxima faena, para tratar de finalizarla antes de que la noche hiciese acto de presencia.
Llegados a la finca objeto de la siega, cada uno de nosotros teníamos ya definido el cometido que nos tocaba y a él nos aplicábamos con presteza. Paso a paso, la máquina segadora iba depositando en el suelo la mies cortada, que pronto los ayudantes convertíamos en una serie de morenas o montones de mies dispuestos ya para un ulterior acarreo de la misma hasta la era. Y, entretanto, el sol, por su parte, continuaba proyectando con una inusitada fuerza sus rayos más potentes sobre todos nosotros, que nos veíamos en la necesidad de tomar algunos minutos para el descanso; aprovechando entonces para dar el correspondiente tiento al botijo que guardaba aún fresca el agua recién recogida en la fuente del pueblo antes de la salida, lo que nos permitía un cierto respiro momentáneo al sentir cómo dentro de nosotros parecía mitigarse un tanto el calor. Concluida la faena agrícola, con la canícula ya desaparecida en gran parte coincidiendo en esencia con el final de la tarde, el camino de regreso a casa resultaba con diferencia mucho más gratificante que el de ida. Para los mayores, porque se había podido finalizar el trabajo programado y esperaba en casa el merecido descanso; y para los más pequeños, porque volveríamos en breve a coincidir en la calle con el resto de amigos del pueblo para retomar a nuestro aire los primeros juegos de las siguientes horas, hasta bien entrada la media noche.
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En esta memoria tuya yo me acuerdo de lo que se decía más arriba: “Dónde irá el buey que no are? A Piedrasluengas” –dice el refranero que rescataba en estas mismas páginas el escritor palentino Germán Barrio–. Pero, aunque parezca increíble, también el buey araba en aquellas pendientes donde los terrenos arcillosos de nuestra tierra van encogiéndose para dar paso al microclima de la Liébana. Gracias, Javier por esta historia, tan cercana y tan lejana a un tiempo.
ResponderEliminarPues sí, Froilán, tan cercana por un lado la historia, porque hay muchas personas que lo vivimos en diferentes comarcas de nuestra provincia y lo pasamos a pleno sol esos veranos que parecían interminables; pero, a la vez, tan lejanos, porque no en balde pasaron aquellos años y poco a poco la modernidad se fue instaurando en nuestros campos con las nuevas maquinarias que nos acompañaban a reducir el trabajo y las horas de permanencia bajo el sol. Así que, como dices, la historia es cercana, pero también lejana. Saludos.
EliminarJosé Javier, excelente tu artículo "Camino del campo a segar". El gran protagonista de tu relato es ese sol agobiante que parecía caer a plomo sobre quienes trabajaban la tierra.
ResponderEliminarMientras lo leía, tenía la sensación de que estabas describiendo también mi pueblo. Solo cambiaría algunos detalles: donde tú hablas de bueyes, en mi tierra había vacas tudancas; y donde aparece la máquina, nosotros utilizábamos el dalle, pues ya no segábamos el trigo con la hoz.
Pero había algo que era exactamente igual en ambos lugares: ese sol apabullante que ponía a prueba la resistencia de quienes, con esfuerzo y dignidad, vivían del campo.
Sí, José Luis, primero fueron los bueyes y las vacas y luego las mulas, que yo cito en el relato; lo que favoreció el que los trabajos agrícolas se hiciesen más de prisa y se pudiesen abarcar más tierras de labor. Pero, en esencia, los trabajos eran lentos y a pleno sol, tanto en el campo como luego en la era. Aquellos sí que eran veranos de sol por doquier. Saludos.
EliminarEl artículo va sobre las siega en nuestro pasado mundo rural, en el cual sobre todo Javier nos ha dejado un buen historial de lo que fue ese duro trabajo. No mucho me tocó practicar algo en mi niñez, pero tanto tú como Estalayo tenéis el recuerdo como yo de que por aquí, en principio, antes de que llegaron las segadoras, se segaba a dalle o guadaña tanto la hierba como el cereal. Eran trabajos muy duros, el mes de prados y a continuación la cosecha del cereal y la trilla a pleno sol, acababa la gente en aquella época totalmente agotada. Muy lentamente empezó a llegar la maquinaria y se fue mejorando, pero a nuestros antepasados les tocó llevar una vida muy esclava.
ResponderEliminarSí, Herminio, todos eran trabajos duros y largos en el tiempo, y a pleno sol; y así un día tras otro, sin que ningún día se hiciese fiesta o descanso (y es que hasta el cura del pueblo permitía que los domingos no se cumpliese con el deber de ir a misa y se permitía hasta trabajar los días de fiesta....). Muy duros los trabajos, en efecto; y cualquier mano que llegase a la casa era por bien recibida; también la de los chavales, como éramos nosotros. Saludos.
EliminarRecuerdos de mis abuelos me traen estas siegas que cuentas, José Javier, de tu pueblo, con la diferencia, de que lo que yo conozco, la siega se hacía temprano, en cambio se acarreaba al alba para llevar la mieses a la era y comenzar la trilla en esos tórridos días de julio en el que el sol “calentaba” como nunca durante todo el día, y en especial después de la comida, de tal manera que era mejor dormir un rato la siesta en la era, a la sombra del carro, para ponerse después a trillar. Recuerdo haber ido a acarrear muy temprano, y quedarme dormido en el trillo mientras las mulas daban vueltas y más vueltas para retirar el grano de la paja.
ResponderEliminarSí, Alfonso, en el momento de la siega se madrugaba bastante (al igual que en el tiempo del acarreo de la mies posteriormente), pero luego por la tarde también había que ir a segar las tierras de trigo porque si no no daba tiempo a tenerlo dispuesto luego en la era para trillarlo; y ahí era donde el calor era exagerado. Y claro, los chavales de la casa también colaborábamos en las faenas del campo en la medida de nuestras posibilidades. Y de ahí mis recuerdos en el momento de la siega y también de la trilla en la era; donde, como tú dices, muchas veces las mulas se nos salían de la mies si no estábamos atentos a tirar de la correa para que ellas girasen también con el trillo donde nosotros íbamos montados, o incluso nos dormíamos por momentos. Saludos.
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