100 DOSIS DE AMOR [38] [SAWABONA]

En muchas ocasiones me he preguntado, si por algún extraño efluvio a mí se me hubiera negado el derecho a ser feliz, y un día, no hace mucho, encontré en una tiendecita un cartel que rezaba: "Atención, la felicidad existe". Me lo compré encantadísima, como si fuera un seguro a todo riesgo, y con esa misma ilusión lo coloqué una mañana en mi despacho; ese mismo día, no creo que lo olvide jamás, recibí la primera cuenta de un rosario de desgracias que me abatieron, y he llegado a la armónica conclusión de añadir a mi cartel reivindicativo que sí, que la felicidad existe, pero que se vende muy cara. Es posible que con el amor ocurra igual."

Fragmentos de la vida: el pueblo


En el discurrir de nuestros días hay elementos en nuestro entorno que puestos en valor en un momento determinado, vienen a representar un hito importante para cada cual.


Panorámica de Velillas del Duque

|     Panorámica de Velillas del Duque

Es lo que me ocurre cada vez que me acerco hasta mi querido Velillas del Duque –que cada día se va achicando un poquito más-; que siento como si de pronto se detuviese el tiempo a mi alrededor, se me parase la agenda de las horas y de los días; y, desde los primeros paseos por sus calles, se me enciende la emoción y se me enternece por momentos el corazón. Y cara al pensamiento, se me instala en la mente una pequeña reflexión que trato de desarrollar y que en esencia me hace considerar que cómo fue posible que en aquellas pocas calles que forman el esqueleto del pueblo, junto a las gentes de aquel entonces y sus casas y a sus alrededores más cercanos: el río, los arroyos, el molino, los palomares, las tierras de labor, las eras, la carretera, la escuela, la iglesia, pudieran haber sucedido tantas cosas y tantas vivencias en aquellos años de chaval, que ahora, pasados un considerable número de años, es indiscutible que forman parte incuestionable e insustituible, a la par que necesaria, de mi vida. Y a cuyas referencias en su lugar y tiempo el recuerdo me traslada tantas y tantas veces.

Y es que en aquel remanso de paz, donde casi nunca pasaba nada noticiable que se saliese de la cotidianeidad de los días, con una referencia constante en el cercano Saldaña, donde podíamos proveernos de las mercancías y los útiles y enseres más elementales y necesarios para la subsistencia, nuestra generación fuimos poco a poco creciendo a la vida, en el aspecto tanto material como espiritual, al conocimiento de las cosas que nos llegaban y que nos resultaban novedosas en gran medida, a los aconteceres tanto próximos como lejanos, a las penas y a las alegrías, al tiempo de juegos y al tiempo de estudios, al contacto con los primeros amigos a los que confiábamos nuestros pequeños secretos y a las emociones que íbamos asimilando y acomodando a nuestras necesidades según nos iban llegando en tiempo y lugar.

Y allí fue donde supimos también lo que era la alegría por el nacimiento de algún nuevo habitante del pueblo que llegaba a la vida, y que para nosotros siempre guardaba relación con su bautizo y los caramelos y confites que de forma extraordinaria llenarían nuestros bolsillos; y también el dolor por la pérdida de alguien que se iba de ella, con aquel toque previo de campana que nos lo anunciaba. Campana que, sin embargo, junto a las restantes de la torre, volteaban alegres y festivas el día de la fiesta mayor del pueblo, por Santiago; con procesión del Santo incluida y lanzamiento de cohetes durante el recorrido, con todos nosotros vestidos de gala. Mientras en una era cercana se iban instalando el puesto de los dulces y los almendreros habituales, a los que se uniría en la tarde la pequeña orquesta que amenizaría el baile hasta bien entrada la noche; porque Velillas estaba de fiesta.
Las lógicas circunstancias de la vida hicieron que en plena adolescencia la familia abandonásemos el pueblo para instalarnos en la capital; con lo que el nuevo modelo de vida a seguir y la adaptación a la nueva realidad cambiaron radicalmente. Pero no así conseguirían bajo ningún concepto, borrar los alegres y sugestivos recuerdos de aquellos años cuando chavales en el pueblo, donde hay que reconocer abiertamente que fuimos verdaderamente felices en todo momento.

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10 comentarios en el blog:

  1. Enrique de Guzmán Mataix27 marzo, 2026 08:38

    Pues sí, amigo Terán, nuestros recuerdos de la infancia nutren nuestra madurez. Las cosas más sencillas e insignificantes que vivimos de niños permanecen en nuestra mente para siempre. Aunque yo viví mi niñez en Palencia capital, muchos de mis recuerdos concuerdan con los tuyos: las fiestas, los almendreros, los juegos en la calle, en fin, la vida misma. Es muy grato recordarlo y, sobre todo, no olvidarlo.

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    1. Enrique, muchas gracias por leerme y por tu comentario tan cariñoso hacia mi relato. Saludos.

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  2. Como bien expone Enrique desde Almería, los recuerdos de infancia te llevan a nuestra historia, a nuestros temores de entonces, pero sobre todo, a nuestros juegos. Saldaña, como espejo tuyo, San Salvador en mi retina y Palencia capital en la de Enrique. Gracias por compartirlo.

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    1. Muchas gracias, Froilán, por atender siempre nuestras inquietudes y plasmarlas aquí en tu blog. Saludos.

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  3. Fundación Herminio Revilla27 marzo, 2026 10:59

    Hoy emociona José Javier con este escrito cargado de realidades contadas con todo tipo de detalles que, a los que hemos nacido y pisoteado nuestros pequeños pueblos y vemos como van agonizando se nos parte el corazón. Enhorabuena y gracias por hacernos sentir más sensibles con estas notas que nos traes a tu sección.

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    1. Muchas gracias, Herminio, por tus palabras tan cariñosas hacia mi relato. Saludos.

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  4. Alfonso Santamaría Diez27 marzo, 2026 12:11

    Velillas siempre en tu recuerdo, amigo J. Javier, aquellos días de infancia que no has olvidado, y se mantienen a pesar de los años transcurridos. Tu pueblo “se achica”, se despuebla como la mayoría, pero no se achica tu memoria en ese repaso al mundo de tu niñez.

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    1. Muchas gracias, Alfonso, siempre tan amable en tus palabras hacia mis relatos, y apuntando en este caso esa realidad que está tan presente en nuestros pueblos. Saludos.

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  5. “Cómo me he deleitado, Javier, leyendo tu artículo. En cada línea me parecía escuchar la voz de mi propio pueblo: el eco del bautismo entre dulces y risas, las penas y las alegrías entrelazadas, los juegos, los estudios, el repicar de las campanas y el estallar de los cohetes, el sabor de las almendras y la música del baile. Gracias por despertar esa memoria que nunca se apaga.”

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    1. Encantado, José, con tus palabras, sabiendo además que mi relato te ha traído al presente gratos recuerdos de tu vida en el pueblo en aquellos años. Saludos.

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