En aquellos años 60 como internos en aquel Colegio de frailes de Cervera de Pisuerga, las tardes de los sábados tenían un encanto especial. Y ello, por muchos motivos; algunos de ellos fáciles de distinguir y asumir.
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Cervera de Pisuerga | José Luis Estalayo |
Aunque más bien habría que comenzar con la referencia al sábado en su conjunto, como día de la semana ya medio festivo por sí –no lectivo por lo tanto-, y víspera del domingo, el gran día de fiesta. Por lo que las clases quedaban durante estos dos días clausuradas, cerradas a cal y canto hasta el lunes. Así que el sábado era un día para el tiempo libre en esencia: los recreos más amplios, los paseos sin prisas al exterior, las excursiones más extensas por los alrededores y, si nos lo habíamos merecido a lo largo de la semana, sesión de cine a toda pantalla en el salón de actos. Una tarde de sábado que nos sabía siempre a tiempo libre; a tiempo de conversación más distendida y plagada de secretos con y entre los amigos para tratar de limpiarnos el alma; a tiempo de duchas para poder limpiarnos el cuerpo cansado del resto de días de la semana; a tiempo de caras mucho más alegres y sonrientes por parte de todos en los pasillos, entre otras opciones más susceptibles de ejecutarse una tarde de sábado en aquellas circunstancias nuestras en concreto. Casi, casi, y salvando las distancias, era como estar en un mundo muy diferente al vivido durante el resto de días de la semana. Pero por encima de todo, y para unos cuantos de nosotros en concreto; la tarde de sábado nos sabía también a nueva sesión de ventana indiscreta que, una vez abierta de par en par al campo que nos rodeaba, nos proporcionaba la libertad exterior que nos faltaba el resto de los días. Porque allí frente a ella, mirásemos en la dirección que mirásemos sentíamos que éramos libres. Que, aunque fuese sólo con el pensamiento, podíamos obviar las circunstancias actuales y adentrarnos en ese otro mundo que se nos mostraba frente a nosotros. Que teníamos fácil el comunicarnos con el exterior; que casi casi hasta podíamos tocar con nuestros dedos el paisaje que teníamos allí frente a nosotros. Que nos parecía que entonces nos encontrábamos inmensamente felices. Aunque no tan felices como aquel grupo de chavalas que jugaban en una plaza, al fondo de nuestra visión, al aire libre y sin ningún tipo de preocupación ni cortapisa; por lo que de pronto entendíamos que nuestra libertad pudiera ser que no fuese plena. Veíamos la escena y nuestra imaginación se nos disparaba; pudiendo escuchar algunas de sus voces. Y aunque sabíamos que era imposible, no por ello no nos surgían deseos de deslizarnos hasta la calle a través de la ventana y partir en su busca para participar en sus juegos. Tratando de reconocer entre todas ellas a aquella muchacha cuya voz parecíamos haber escuchado. Ver si ella y sus amigas eran guapas y lucían una bonita y larga cabellera. Ponerlas cara, charlar con ellas y proponerles pasar el resto de la tarde juntos. Regresando al Colegio al anochecer con la suficiente cautela para no ser descubiertos; y con el regusto interior de haber pasado una tarde de sábado extraordinaria.
Aspirando al final a lo máximo; que aquella sensación de felicidad extrema que sentíamos, se prolongase en el tiempo mucho más allá de aquella tarde de sábado. Todo eso nos encontrábamos de facto frente a nosotros cuando los sábados por la tarde, con la excusa de limpiar los zapatos, coser algún botón de nuestra ropa o echarle un vistazo a nuestro armario y ordenarlo con más tiempo, nos acercábamos hasta la zona de los dormitorios y abríamos nuestra sin par ventana indiscreta. Y, de pronto, sentíamos que, con el aire puro que recibíamos del exterior, nos entraba una gran bocanada de vida que, en nuestros respectivos pensamientos rápidamente transformábamos en grandes dosis de libertad que sentíamos nos rodeaba por todos los lados. Así que en los días de la semana restantes, las horas se nos hacían muy largas, excesivamente largas hasta que llegaba el sábado siguiente.
Y esa era una pena que nos embargaba y envolvía muchos de nuestros pensamientos.
Actualización mar2026 | 💥+434👀
Buenos días, Javier. A ti, que sueles escribir a menudo sobre este lugar de Cervera que tantos recuerdos te trae, te gustará el reportaje que está ya programado para el próximo miércoles, sobre la historia y el declive del Regina Pacis. Gracias por compartir. Buen día.
ResponderEliminarPues claro que sí, Froi; ese reportaje, supongo que de Estalayo, me encantará verlo, porque se trata de algo que viví personalmente en aquellos años a los que tanto me refiero en muchos artículos y relatos. Viví aquello y ahora, que he visto algunas fotos de los destrozos que el Colegio ha sufrido en sus instalaciones, me produce una gran pena ver cómo ha acabado una construcción pionera en muchos aspectos y con unas comodidades de primer orden para aquellos años. Saludos.
EliminarA la par, sentiré una gran emoción al leerlo. Saludos.
EliminarBuenos días, Javier:
ResponderEliminarA mí me tocó estudiar un año en el colegio anterior, cuando todavía lo regían los padres alemanes. Yo no llegaba ni a los diez años.
Solo recuerdo tres cosas muy claras: pelar patatas con el pelador, aprender a comer con la boca cerrada… y los viajes a jugar al fútbol en las canchas junto al río Pisuerga.
Y también recuerdo cómo, por el camino, algunos recogían colillas y les daban unas “chupaditas”, cosas de críos curiosos.
¿No ibais vosotros también?
Pues claro que sí, Estalayo, fueron muchos los paseos hasta estas instalaciones deportivas -Campos de La Bárcena se llamaba-; y nos agradaba ir; aunque sólo fuese porque salíamos del Colegio.
ResponderEliminarY claro, el tema del pelador de patatas también nos llamaba la atención. Y es que cuando tocaba patatas para la comida, había que pelar entre varios un montón de patatas increíble, y aquel pelador nos ayudaba mucho en el trabajo. Claro, éramos cien chavales en el Colegio en aquellos años. La anécdota de las colillas recogidas en el suelo, no tengo constancia de que nadie lo hiciese... Me gustará tu reportaje del próximo miércoles, incluso me emocionará, seguro. Saludos.
Vuelven, J. Javier, tus recuerdos de los años 60, en el colegio Regina Mundi de Cervera, y nos cuentas que el principal deseo de toda la semana es que llegara el sábado, que salvaba la monotonía de lunes a viernes y tantas horas “excesivamente largas”. El sábado os daba la oportunidad de disfrutar del tiempo libre y de la “libertad” para salir del internado e ir a Cervera, vivir sus calles, observar a las muchachas y sentir la felicidad; o ver la película, elegida por los frailes, en el salón de actos del colegio. No me extraña que el sábado fuera el día más deseado de la semana.
ResponderEliminarAlfonso, así era, deseábamos con verdaderas ganas el fin de semana, y en especial el sábado, por todo eso que cuento en el relato y tú, oportunamente, resaltas también en tu comentario. La vida parecía otra durante esos días, a pesar de seguir en el internado, porque las horas se relajaban un tanto con el mayor tiempo libre que disponíamos. Saludos.
ResponderEliminarBonita historia.
ResponderEliminarMuchas gracias, Marta, por tus palabras. Saludos.
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