100 DOSIS DE AMOR [38] [SAWABONA]

En muchas ocasiones me he preguntado, si por algún extraño efluvio a mí se me hubiera negado el derecho a ser feliz, y un día, no hace mucho, encontré en una tiendecita un cartel que rezaba: "Atención, la felicidad existe". Me lo compré encantadísima, como si fuera un seguro a todo riesgo, y con esa misma ilusión lo coloqué una mañana en mi despacho; ese mismo día, no creo que lo olvide jamás, recibí la primera cuenta de un rosario de desgracias que me abatieron, y he llegado a la armónica conclusión de añadir a mi cartel reivindicativo que sí, que la felicidad existe, pero que se vende muy cara. Es posible que con el amor ocurra igual."

Ahí llega Tiburcio, versículo octavo




Las tablas crujían como un coro artrítico y el telón tenía más remiendos que la chaqueta de un payaso en huelga.



Otra historia por contar. Cada vez son más los que esperan en el banco de la plaza. Ahí llega Tiburcio, versículo octavo, tenada quinta. Y se arranca: «cada noche, a las ocho en punto, se subía al escenario del Teatro Concordia, un edificio tan viejo que los fantasmas ya se habían ido por aburrimiento. Las tablas crujían como un coro artrítico y el telón tenía más remiendos que la chaqueta de un payaso en huelga. Pero nuestro actor, veterano y entusiasta sin remedio, seguía fiel a su ritual: maquillaje, calentamiento vocal, saludo al busto de Shakespeare (con el que compartía camerino) y función completa, sin acortar ni una sílaba. El problema -entre otros muchos- era que nadie asistía. Desde hacía años, ni un alma viva (ni muerta) había ocupado una butaca. Ni críticos, ni curiosos, ni indigentes buscando techo. Pero, testarudo, insistía. Su última obra, Macbeto y sus Calzones del Destino, era una reinterpretación audaz, en parte por accidente, ya que perdió las gafas durante los ensayos y mezcló los guiones de Shakespeare con uno de aerobics ochentero. Una noche, tras una función particularmente intensa que terminó con él bailando claqué sobre una calavera (que resultó ser de utilería, aunque nunca lo confirmó del todo), ocurrió lo impensable: aplausos. Largos, intensos, casi con ritmo. Sorprendido, palideció, lo cual era difícil porque ya usaba base desmayada. Miró al patio de butacas. Nadie. Pensó en roedores con formación teatral, pero lo descartó tras ver que los encomios venían del palco izquierdo, donde solo había telarañas y un perchero con sombrero de copa. La ovación continuó. Tiró besos. Lloró. Se desmayó. Al día siguiente, volvió. Repitió la función. Así, noche tras noche, triunfó como jamás había soñado: sin público, sin críticas, pero con aclamaciones sobrenaturalmente puntuales. Corrió el rumor. El teatro volvió a llenarse… de investigadores de lo paranormal. Fue entrevistado por revistas de ocultismo y figuró en un documental titulado El Fantasma que Amaba el Teatro Experimental. Hoy, sigue actuando. No por fama, ni por gloria, sino porque sabe que, aunque invisibles, sus más fieles espectadores siempre están ahí, esperando el colofón. Y aplaudiendo sin cesar». Se hace la hora del café.

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3 comentarios en el blog:

  1. 🦧
    Buenos días, familia. Ayer me escribió Google para decirme que había mucho tráfico en mi sitio. Y este sábado al sol, que nos visita Julio César, acompaño con el enlace las estadísticas y vuelvo a dar las gracias a todos los que de vez en cuando hacéis que se encienda el piloto de analytic. Buen fin de semana, amigos.

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  2. Me ha encantado tu relato de hoy, Julio César. Ambientado una vez más en ese mundo rural que tú tan bien conoces y, cómo no, con Tiburcio, tu fiel compañero siempre en danza de acá para allá, y como protagonista indiscutible con sus "decires". Saludos.

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    Respuestas
    1. Muchas gracias. Ahí seguimos. Fdo. JCI

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