100 DOSIS DE AMOR [38] [SAWABONA]

En muchas ocasiones me he preguntado, si por algún extraño efluvio a mí se me hubiera negado el derecho a ser feliz, y un día, no hace mucho, encontré en una tiendecita un cartel que rezaba: "Atención, la felicidad existe". Me lo compré encantadísima, como si fuera un seguro a todo riesgo, y con esa misma ilusión lo coloqué una mañana en mi despacho; ese mismo día, no creo que lo olvide jamás, recibí la primera cuenta de un rosario de desgracias que me abatieron, y he llegado a la armónica conclusión de añadir a mi cartel reivindicativo que sí, que la felicidad existe, pero que se vende muy cara. Es posible que con el amor ocurra igual."

El infinito en un junco


Sobre mi mesita de noche el tan laureado “El infinito en un junco”, de Irene Vallejo que voy leyendo poco a poco, que leo y releo sin desmayo porque en cada nueva lectura recuperas historias que ya no recordabas o que no llegaste a comprender. Y aunque hay notas que ya conoces por otros autores, creo que este ensayo aporta tantos datos que -me atrevo a decir- que bien podemos encontrarnos ante el libro de los libros, un ensayo magistral sobre el significado y el triunfo del libro.


El infinito en un junco

Todos somos conscientes de la importancia del libro en la historia, que buena parte de lo que somos y tenemos se lo debemos a los libros, que leyendo sabemos y podemos, como recuerdo aquí mismo, a menudo, las palabras de Félix Buisán Cítores. (q.g.h.) Cuenta la autora que en los anaqueles de Alejandría se abolieron las fronteras y convivieron las palabras de muchos pueblos: griegos, judíos, egipcios, iranios, indios... donde todos encontraron una razón para vivir. Aquella biblioteca atesoró las obras más importantes de otras lenguas traducidas al griego.

Los sabios de cada pueblo que dominaban su lengua y conocían bien el griego, se implicaron en su traducción.

Yo he oído hablar muchas veces de la biblioteca de Alejandría. La más grande y prestigiosa del mundo, que albergaba cerca de un millón de ejemplares, siendo el libro entonces un arma de guerra. Basta imaginarse los esfuerzos que aquella acumulación de saber supuso para las gentes de aquel tiempo, buscando libros por todas partes, al acecho por cada libro nuevo que se publicaba en algún lugar del mundo, entonces en tiradas muy limitadas, pues cada ejemplar implicaba el sacrificio de un rebaño.

¿Cómo es posible que haya gente que piense que van a morir los libros? -viene a reflexionar la autora-, si han demostrado ser como un corredor de fondo. Y vienen a corroborarlo las confesiones de Umberto Eco: El libro pertenece a la misma categoría que la cuchara, el martillo, la rueda o las tijeras. Una vez inventados, no se puede hacer nada mejor. Situémonos por un momento en aquella ciudad, en aquel tiempo, cuando había muy poco ejemplares de cada libro, cuando cada libro era único.

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La Madeja
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