Ramiro de Maeztu [Vitoria, 4 de mayo de 1874-Aravaca, 29 de octubre de 1936]
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● “Me ha ocurrido que cuando la alabanza inglesa absorbía mi personalidad, alejándome de los vínculos espirituales que me ligan a la patria, he abandonado Londres más que de prisa, para ir a España ¡No, no!; ¡antes que nada, soy español!”

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Una foto de 1923 | Rabanal de los Caballeros


He encontrado una fotografía de los niños de la escuela de Rabanal de los Caballeros, tomada nada menos que en 1923. Está en blanco y negro, con ese tono plateado que solo el tiempo sabe dar. En el centro aparece el maestro, un hombre de semblante firme, bigote recortado y corbata, como si el oficio de enseñar exigiera una dignidad especial hasta en la ropa.


Una foto de 1923_Rabanal de los Caballeros_(Palencia)

A su alrededor, los alumnos posan muy serios, alineados con esmero. Me detuve en los detalles: las chaquetas gastadas, los vestidos sencillos, los zapatos rudos. Algunos niños llevan el cabello muy corto; las niñas, trenzas o moños apretados. Una de ellas luce una medalla al cuello, quizá un recuerdo de bautizo o una promesa familiar. Pero lo que más me impresionó fueron las miradas: fijas, contenidas, algunas con curiosidad y otras con un leve temor. Era la solemnidad de quien sabe que está dejando huella, aunque no lo comprenda del todo. No pude evitar preguntarme cómo serían aquellas clases en 1923. Qué palabras usaría el maestro para enseñar las letras o las cuentas. Imagino las manos frías, la voz pausada, el olor a leña húmeda, y el silencio atento de unos niños que querían aprender, aunque el mundo fuera pequeño y las herramientas escasas. Al mirar esa foto, me vinieron a la memoria mis propios días de escuela. Nosotros usábamos una pizarra manual. Con ella escribíamos y borrábamos, una y otra vez, porque no había cuadernos, ni lápices, ni bolígrafos. A veces conseguíamos trozos de pizarra en el campo, y con eso bastaba. Aprendíamos entre el frío y la paciencia. En invierno, cuando la nieve cubría todo, el pueblo se reunía para abrirnos un sendero hasta la escuela. Recuerdo la fila de niños avanzando entre montones de nieve, las botas hundiéndose paso a paso, el vaho saliendo de nuestras bocas como un humo de infancia. Dentro del aula nos calentábamos junto a un brasero, y poco a poco la tiza volvía a deslizarse sobre la pizarra. Nuestros juegos eran sencillos: la bigarda, los palos, las piedras, los inventos del bosque. No necesitábamos más. Y sin embargo, al observar la foto de 1923, comprendí que los niños de entonces vivían en una austeridad aún mayor, pero sus rostros guardaban la misma inocencia, la misma esperanza de los míos.

Esa foto me ha dejado pensativo. Entre el papel y el tiempo, siento que hay un puente invisible: la continuidad de una infancia que nunca muere del todo. Las escuelas cambian, los pupitres y los maestros también, pero el asombro del primer aprendizaje sigue siendo el mismo. Y al mirar a aquellos niños de hace más de un siglo, tengo la sensación de que, en el fondo, seguimos todos en la misma clase, aprendiendo todavía de la vida y de la memoria.

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Un rincón en la Montaña

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4 comentarios en el blog:

  1. Así es, Estalayo, todos seguimos aprendiendo de la vida día a día -que sería ahora aquella escuela de entonces-, aún con nuestras edades de hoy y cuando indefectiblemente peinamos ya canas en nuestras cabezas. Pero ahí está nuestra memoria para trasladarnos en segundos a aquel entonces y reconocer que, ¡lo que hemos cambiado y lo que hemos evolucionado! desde aquel tiempo de cada cual. Y seguimos aprendiendo, eso sí, de otra manera y con otro orden de las cosas. Bonito relato. Saludos.

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  2. Alfonso Santamaría Diez08 marzo, 2026 22:24

    Me he recreado con la fotografía de 1923 que aporta Estalayo, y nos traslada, 103 años después al pose del maestro y sus alumnos en la escuela de Rabanal de los Caballeros. Interesante y pormenorizada radiografía de la instantánea y de sus protagonistas, como su vestimenta, calzado y cabellos, y más aún las miradas de los retratados. Me doy cuenta, que, en efecto, el enseñante y los alumnos están muy serios, a la espera de que el fotógrafo dispare la instantánea.
    Estalayo, como si fuera el maestro, me da una lección y me hace disfrutar de lo que observa y lo que piensa, mientras yo también observo y me pregunto ¿Cuál habrá sido el destino de cada uno de estos niños?.
    Estalayo despierta mi interés por esta fotografía, y observo la inclinación de los dos primeros bancos, en la que los alumnos están sentados, parece que hay una costanilla con inclinación hacia la izquierda. Entre los alumnos que están de pie, en la tercera fila, la segunda por la izquierda, por sus facciones, parece que se trata de una maestra, lo mismo que la que encabeza la cuarta fila por la derecha, cuya imagen es borrosa.
    Otra lección del maestro Estalayo es el recuerdo de su escuela en la que “aprendía entre el frío y la paciencia, y el vaho, que era el humo de la infancia”, y cuando a los niños los mayores los tenían que abrir paso para poder ir a la escuela por la imponente nevada. El de Tremaya llevaba a la escuela su propia pizarra, extraída del campo, y jugaba con sus compañeros a “juegos sencillos”, propios de la montaña, con la diferencia de que los niños de la foto de 1923 “vivían una austeridad aún mayor, pero con la misma inocencia” que los niños de la escuela de Estalayo, que nació veinte años después de la fotografía que nos muestra y comenta hoy en Curioson, con la sensación de seguir en la misma clase con lecciones de vida a través de su privilegiada memoria.
    Difícil hacer un relato tan interesante, después de visionar una fotografía.

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  3. Gracias uno es mi padre

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  4. Antonio Riaza (wasap)09 marzo, 2026 19:59

    Leo los recuerdos de Jose Luis Estalayo con la foto infantil de Rabanal de los Caballeros, pueblo de la montaña que cae a trasmano de todo y que ahí está, con vida propia. Y me trae los mismos recuerdos de mis comienzos, la pizarra y el pizarrín como lapicero, la plumilla con el palillero y el horrible tintero de pelíkan, los mapas, aprender cantando o con versos y.... el frío con aquella estufa de serrín que solo calentaba el rincón donde estaba puesta, aunque al menos quitaba el frío de la calle. Y sí, con bigotes o sin ellos, aquellos serios y severos maestros que tanto nos enseñaron para saltar a la vida. Teníamos poco de todo, mucho de nada, éramos creativos, compañeros, y nos bastaba.

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