100 DOSIS DE AMOR [38] [SAWABONA]

En muchas ocasiones me he preguntado, si por algún extraño efluvio a mí se me hubiera negado el derecho a ser feliz, y un día, no hace mucho, encontré en una tiendecita un cartel que rezaba: "Atención, la felicidad existe". Me lo compré encantadísima, como si fuera un seguro a todo riesgo, y con esa misma ilusión lo coloqué una mañana en mi despacho; ese mismo día, no creo que lo olvide jamás, recibí la primera cuenta de un rosario de desgracias que me abatieron, y he llegado a la armónica conclusión de añadir a mi cartel reivindicativo que sí, que la felicidad existe, pero que se vende muy cara. Es posible que con el amor ocurra igual."

Como el Covaterio


Estos últimos años no he dejado de viajar por el norte. Y cuando llegas a un pueblín como Piasca, al final del valle cántabro de Liébana, valle al que nos asomamos a menudo los palentinos desde Piedrasluengas, aquello es un regalo para los sentidos.


Como el Covaterio_Piasca (Cantabria)

Como el Covaterio_Piasca (Cantabria)

Como el Covaterio_Piasca (Cantabria)

Piasca se encuentra a diez kilómetros de Potes y el viaje que me sugiere Margarita incluye la intención de conocer su iglesia. Allí el maestro Covaterio esculpió un beso. Y ella siempre le ve una explicación a esos misterios porque ha estudiado mucho y se conoce casi todos los secretos que atesora nuestro románico. Es una misión complicada esta de buscarle la explicación a los detalles de los maestros que tallaron las caras: ¿hombre y mujer? Maestro y alumno? Por las memorias de un caniche que se llamaba Mongui, he sabido que quienes viajan mucho entre románico suelen polemizar sobre los detalles, sobre los siglos, sobre los autores y, a veces, sin quererlo, le ponen veto a las escenas, como el crítico apuntilla sobre el orden de un capítulo en una novela de los autores más reputados. Dice Margarita: “Si extrapolamos a ambos jóvenes de sus respectivas dovelas ,parecen la misma persona o al menos el mismo modelo: imberbes, larga melena lisa sobre los hombros y raya al medio”. Yo soy torpe para esto. Cualquier arte me toca, pero no me imagino a un artista de aquellos siglos elaborando su escultura antes de hacerla, quiero decir, con un borrador ante sus ojos que, sin duda, existían, pues es obvio que los maestros tenían su librillo y de ahí la similitud de tantas obras en los pagos cercanos, en la ermita de Vallespinoso de Aguilar, en Pozancos y ya tocando tierras burgalesas, en Rebolledo de la Torre, donde el maestro estampa por fin su firma, como visionando la exclamación de sus fans muchos siglos más tarde.

Lo que llama la atención es el silencio y la intensidad con la que se volcaban en sus trabajos. Por cuatro maravedíes, elaborando una obra de arte que durase milenios, y que siguiera dejando dudas entre ese largo reguero de rendidos amantes. Qué diferencia con tantos niñatos de hoy emborrachados de éxito, que no saben hacer la o con un canuto.

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La Madeja
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