En cuanto crucé las puertas de City of Hope, en Los Ángeles, sentí algo difícil de explicar. No era solo un hospital. Había en el aire una mezcla de silencio, lucha y, sobre todo, esperanza.
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| Pensé, entonces, en los paisajes de robles y hayas, en el murmullo del Pisuerga, en el silencio de los chozos... |
Caminé por sus pasillos con el corazón encogido, viendo a tantos niños pequeños, algunos con la cabeza cubierta, otros empujando sus sueros como si fueran juguetes silenciosos. Y, sin embargo, en sus ojos no vi derrota… vi una luz. Una luz que no debería caber en cuerpos tan frágiles, pero que allí parecía multiplicarse. Me detuve un momento junto a una sala donde unos niños dibujaban. Uno de ellos levantó la mirada y me regaló una sonrisa limpia, como de mañana de primavera en la Montaña Palentina. En ese instante comprendí que la vida, incluso en sus momentos más duros, se abre camino con una fuerza que no se puede explicar, solo sentir. Aquí, en este lugar, no solo trabajan médicos; trabajan manos que curan, voces que consuelan y corazones que no se rinden. Cada habitación guarda una historia, cada familia una batalla, cada niño un pequeño milagro en construcción. Pensé entonces en los paisajes de robles y hayas, en el murmullo del Pisuerga, en el silencio de los chozos en invierno… y me di cuenta de que la esperanza es como esos bosques antiguos: parece quieta, pero por dentro está llena de vida, resistiendo, creciendo, renovándose. Salí al exterior con una emoción difícil de contener. Este lugar no es solo un hospital. Es un faro. Un refugio donde la ciencia y el amor caminan de la mano, donde cada día se lucha por regalar tiempo, sonrisas y futuro. Y mientras me alejaba, comprendí que, aunque el dolor tenga aquí su espacio, la esperanza siempre encuentra la forma de ser más grande.
Actualización abr2026 | 💥+262 👀
Mundos para Interpretar
City of hope, Ciudad de la Esperanza. En este paseo que nuestro amigo y colaborador hace por Los Ángeles, se detiene en el hospital del cáncer. Y busca en los recovecos de su mente un poco de aire, impresionado por lo que allí ve, por la energía de los niños, por la fuerza que denotan quienes están amenazados. Y para buscar un respiro, el vuelve sus ojos a su montaña palentina. Una curiosa reflexión para este último día de abril.
ResponderEliminarUn lujo Jose Luis leer tu artículo relacionado mucho de el con nuestra montaña palentina. Me ha encantado y emocionado las comparaciones que haces de esos niños y el hospital, admiro mucho vuestros escritos, y por supuesto todas las documentaciones en videos y fotografías. Una gran lotería tener a personas como tú que estáis en otro mundo y nos mostréis las bellezas que tenemos en nuestra montaña palentina. Gracias amigos por vuestros esfuerzos.
ResponderEliminarAsí fue, Froilán y Herminio, tal como lo expresáis. Mientras caminaba entre sus inmensos y sus preciosos jardines, sentí que no solo recorría un lugar, sino una forma de entender la vida: hecha de paciencia, de manos sabias y de amor por lo sencillo.
ResponderEliminarY al cruzarme con la mirada de esos niños, valientes como la propia montaña, comprendí que allí late algo más profundo que el tiempo. En sus ojos brillaba la herencia de la tierra, el eco de los robles antiguos, la dignidad callada de quienes crecen entre el frío y la belleza.
Fue entonces, sin darme cuenta, cuando la Montaña Palentina afluyó en mi corazón. No como un recuerdo pasajero, sino como una raíz firme, de esas que ya nunca se arrancan.
Qué bien nos relatas, Estalayo, esa esperanza cierta que viste en aquellos niños de ese hospital de Los Ángeles con cáncer, donde quisiste adivinar todavía un hálito de esperanza en la curación de la enfermedad. Y que rápidamente te vino al recuerdo tu Montaña Palentina tan llena de soledad a veces y tan olvidada; pero que sigue ahí firme y callada esperando que las gentes la visiten y la cuiden para las generaciones venideras. Saludos.
ResponderEliminarMuy cierto J. Javier!
ResponderEliminarHoy, José Luis, cambia sus tradicionales relatos y leyendas de su querida Montaña Palentina, y nos traslada a Los Ángeles, muy lejos del norte de Palencia.
ResponderEliminarNos cuenta su visita al Hospital de la Esperanza, en una crónica tierna, conmovedora y que impresiona, en su encuentro con esos niños enfermos que allí se curan, llenos de luz, milagros y esperanza, que le impresionan y emocionan. Ante tanta emoción siente consuelo al acordarse de una mañana de primavera en la Montaña Palentina, “de los paisajes de robles y hayas, en el murmullo del Pisuerga, en el silencio de los chozos en invierno”, que le hacen tener esperanza en la cura de todos esos niños.
La descripción exacta de mis sentimientos al llegar a ese lugar, Alfonso. Salgo como anónimo, sin saber por qué, pero ya nos conocemos.
ResponderEliminarEstupendo artículo, en verdad lo he disfrutado. Gracias, saludos! 🙂
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