100 DOSIS DE AMOR [38] [SAWABONA]

En muchas ocasiones me he preguntado, si por algún extraño efluvio a mí se me hubiera negado el derecho a ser feliz, y un día, no hace mucho, encontré en una tiendecita un cartel que rezaba: "Atención, la felicidad existe". Me lo compré encantadísima, como si fuera un seguro a todo riesgo, y con esa misma ilusión lo coloqué una mañana en mi despacho; ese mismo día, no creo que lo olvide jamás, recibí la primera cuenta de un rosario de desgracias que me abatieron, y he llegado a la armónica conclusión de añadir a mi cartel reivindicativo que sí, que la felicidad existe, pero que se vende muy cara. Es posible que con el amor ocurra igual."

El perchero Jonás observando la vida


En un rincón conocido de un antiguo vestíbulo, el perchero Jonás observaba, con paciencia, el devenir de la vida cotidiana. 



Un día, el elegante sombrero Valerio encontró acomodo en uno de sus ganchos, dejando atrás las aventuras de su jefe. Con su perfil panamá, suspiraba en silencio. Había sentido de todo: lluvias torrenciales, paseos por avenidas y noches de jazz en clubes clandestinos. Y desde su nuevo puesto de vigía, comenzó a compartir pensamientos con el clavijero. «Hoy vi al dueño mirar al cielo con una sonrisa. La ciudad brillaba después de la tormenta, y los charcos reflejaban los colores del atardecer. En esos momentos, siento que soy parte de algo más grande, algo mágico». Jonás, que había sido testigo de tantas milongas, alegrías, miserias y cuentos, escuchaba atentamente. Aunque no podía moverse ni hablar, sabía que su presencia reconfortaba a Valerio. Porque en el fondo, el guion llevaba escrito mucho tiempo. En su quietud, el perchero transmitía su mensaje: todos somos testigos de la existencia, y en nuestra inmovilidad, encontramos nuestro propio significado. El sombrero comprendió. Ya no era solo un accesorio, sino un guardián de acontecimientos. Con el paso de los meses, se convirtieron en confidentes taciturnos, compartiendo el espacio y el tiempo. Sintieron como cada visitante que colgaba su capa traía consigo una nueva leyenda, y el alado, desde su posición privilegiada, reflexionaba y tomaba nota. Una noche (alguna tenía que ser) la antecámara se llenó de murmullos y risas. Una fiesta inesperada trajo consigo una variedad de gorros, chalinas y tabardos. Valerio, por fin, se sintió parte de una comunidad y se dio cuenta de que no estaba deshabitado en sus pensamientos. Ahora sí, cada objeto tenía su propia narrativa. Juntos formaban un tapiz de experiencias y memorias. Jonás, con su firmeza y paciencia, sostenía no solo el peso de los gabanes, sino también el compromiso de los aconteceres. El sombrero comprendió que su existencia tenía sentido en el contexto de los demás. Así me lo cuenta Tiburcio, afirmando que es posible que falte algún párrafo. Es la hora de salir a tomar el café. En el enroje algo arde. Observo que la boina está en la mesa y la chaqueta cerca del tresillo. Sea.

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2 comentarios en el blog:

  1. Curiosa historia, bien personalizada y atractiva, del perchero Jonás, depositario temporal de todo tipo de prendas de abrigo, gorros, gorras, sombreros... incluidos, al llegar el personal al lugar para la fiesta o la recepción; y el diálogo que entre todas estas prendas se produce, con historias de todo tipo. Y claro, siendo Julio César Izquierdo su narrador, aparece también, indefectiblemente, la figura de Tiburcio. "Sea". Saludos.

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