100 DOSIS DE AMOR [60] [SAWABONA]

Hay miles de recovecos, millones, tantos como individuos, pero el Amor al que yo escribo, el Amor que tú has soñado, el Amor que tú has vivido, aún distinto y diferente para cada una de las personas que lo protagonizan, es uno para todos. Cuando amas de verdad, lo entregas todo, lo dejas todo por amor y si, por cualquier circunstancia, no puedes avanzar, el amor será una rémora que te acompañará siempre. Nunca sabrás si aquello que anhelas es lo mejor, si aquella persona a la que amas es lo último que ocupará un puesto preferente en tu corazón herido. Tu renuncia por los motivos que fueren, dejará siempre en tu corazón un hueco inmenso.

El Conde Aymary relata su viaje en diligencia desde Aguilar a Potes


Relato sobre el servicio de las diligencias, del francés Aymary
D´Arlot(*), conde de Saint-Saud, publicado en 1893 y donde se narra el viaje desde Aguilar a Potes de este montañero que viene a estudiar los Picos de Europa.

Aymary D´Arlot_conde de Saint-Saud
|     Aymar de Saint-Saud, Por Morburre - commons.wikimedia

El posadero de los calderos se arroja en nuestros brazos, él y su media naranja, una mujer dura y refractaria, que hace marchar la casa sujetando con mano firme de dueña las banderas heráldicas. Nos despiden también su bonita sobrina y todo el personal de la fonda. Se nos comprime en un coche desvencijado, unos arriba y otros abajo, y el vehículo comienza a subir bamboleándose por la carretera de Piedras Luengas. Subimos al galope una loma, descendemos al mismo ritmo por el lado opuesto, y seguimos, siempre al galope, a lo largo de un monótono valle. En derredor, grandes extensiones herbosas en las que ahúman aldeas muy diseminadas. A veces, las pobres bestias jadeantes tienen unos minutos de respiro a la puerta de una posada, donde aparece una sirvienta destocada. El cochero se apea, va a aplacar su sed, y vuelve con el gaznate bien preparado para reiniciar sus imprecaciones y sus latigazos. Aquéllas suben de tono por instantes. En la parte delantera de la lanza del coche hay un asiento, minúsculo como una seta, que es el refugio del conductor cuando el pescante va lleno. Nuestro hombre, para fustigar mejor su tiro, ocupa este puesto avanzado y desde allí golpea una y otra vez, hasta hacer correr la sangre de las mulas. Ultima parada en la última venta, regentada por una joven vivaracha, que sale con el cochero una vez que éste ha remojado el gaznate, cierra la puerta con llave y se instala también en el coche. Dejamos bruscamente los prados para entrar en un breve desfiladero calizo, de soberbio aspecto, en el que el camino se abre paso entre dos espléndidas murallas; al salir aparece el Collado de Piedras Luengas, que franquea a la Cordillera Cantábrica. Es el día de la fiesta en la aldea de Piedras Luengas. Todo el mundo baila en un prado, al pie del collado, bajo la paternal mirada del cura. ¿Puede un coche español pasar por delante de un baile y no detenerse? Ni hablar. El coche que nos precede se para. Nuestra diligencia hace lo mismo, de buena o mala gana, ya que todo un enjambre de alegres viajeras se ha incorporado a la fiesta y toma parte en aquel rústico baile, al son de una primitiva orquesta. Hacemos lo propio, y bailamos también con dos bellas jovencitas de Cervera que han venido charlando con los ingleses (que somos nosotros) desde la salida. El cochero llama, pero nosotros seguimos bailando jotas o fandangos. Donde fueres, haz lo que vieres. Pero el coche de la competencia ya se ha ido, y el honor de la Compañía está en juego, así que nuestro cochero toma una resolución heroica: usa el látigo y sale disparado. Ante este desastre, nuestros ánimos se vienen al suelo. Escapamos a la carrera del cura que nos saluda, de la orquesta que nos convida y de las mozas que nos reclaman, y saltando setos y piedras, con nuestras compañeras de viaje, corremos persiguiendo al coche, tanto más rápido cuanto que ahora va aligerado de nuestro peso Los parapetos, si existiesen, hubieran sido impotentes para conjurar el desastre. Los caballos, casi medio desbocados, saltan al galope por estas rampas sinuosas.

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D'arlot Aymary, Conde De Saint-Saud. Geógrafo francés del s. XIX, nace en 1853. Colaborador de publicaciones como "Bulletin de Geographie Historique et Descriptive" y "Pyrenaica" con estudios sobre los Pirineos, tanto en los aspectos descriptivos como en los político-administrativos de las fronteras. Presidente de la sección del Sud-Oeste del Club Alpino Francés y miembro de honor de la Federación Vasco-Navarra de Alpinismo. Autor, entre otros trabajos, de 

—Excursion dans les Pyrénées Atlantiques, Burdeos, 1882;
—Campements et études sur la Frontiére Franco-Navarro Aragonaise, Pau, 1929
—Frontiére des deux Navarres, Aldudes, Roncevaux, Irati. Notes historiques, Burdeos, 1941.


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2 comentarios en el blog:

  1. Enrique de Guzmán01 mayo, 2026 08:48

    Solo se me ocurre decir: "¡pobres mulas!".

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  2. Tremendo relato de aquellos viajes en diligencia por aquellos caminos de Dios de aquel entonces, de duración eterna casi y donde el fustigar a los animales que tiraban del coche era lo que ponía aquello en marcha y acortaba el recorrido, que duraba días y días por las condiciones de los caminos y del terreno. Y en este episodio del relato se pone en clara evidencia. Un retrato de lo que fuimos en el pasado, y de lo que hemos evolucionado..., increíble. Saludos.

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