Winston Churchill [Woodstock, 30 de noviembre de 1874 – Londres, 24 de enero de 1965]
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Sobre España y los españoles | +2.585👀



El cuquero y los chavales


¡Mamá!, ¡mamá!, que ya ha llegado el cuquero al pueblo, que ya está en la plaza.


Estampa tradicional en Cervera de Pisuerga


—¡Corre mamá, que estoy muy nervioso! Dame aquella propina especial que me prometiste si me portaba bien en la escuela y estudiaba mucho. Que he quedado con mis amigos ahora mismo para ir rápidos a la plaza y comprar muchas chuches. ¡Corre mamá!, que ya llego tarde y se me está haciendo la boca agua… Y no te preocupes, mamá, que te traeré unos dulces para ti.

Y tras, seguro, un parecido corto diálogo en el resto de casas, mientras de prisa y corriendo depositábamos un ligero beso en la mejilla de nuestras madres, allá que nos íbamos a toda prisa los chavales, hasta la plaza del pueblo, en una carrera sin frenos, tratando de llegar los primeros. Porque allí nos esperaba el puesto del cuquero, que había extendido hábilmente su mercancía de todo tipo de dulces a lo largo de aquella gran mesa que hacía nuestras delicias durante la fiesta. Porque a nosotros se nos iban los ojos ante tanta variedad de golosinas como teníamos frente por frente. Y, por momentos, hasta se nos hacía un tanto difícil el poder elegir de entrada varias de ellas para acallar las ansias de dulces que nada más ver aparecer en la plaza al cuquero, se habían apoderado de nosotros. Del primer golpe, llenábamos uno de los bolsillos del pantalón de dulces y nos íbamos hasta la era junto a la carretera para disputar un pequeño partido de fútbol. Y allí, entre patada y patada al balón, dulce que llegaba hasta nuestra boca. Que recibía agradecida el regalo, y cuyo elixir parecía darnos un vigor extra para no cansarnos durante el juego. Pero al rato notábamos que por mucho que rebuscásemos en el bolsillo de nuestro pantalón, el pequeño depósito de golosinas se había agotado; por lo que de pronto sentíamos que el cansancio físico se estaba apoderando de nosotros. Y de común acuerdo decidíamos finalizar el partido de fútbol, tuviese éste el resultado que fuese. Y encaminar nuestros pasos de nuevo hasta el puesto del cuquero para tratar de proveernos de otro pequeño cargamento de dulces, previo cotejo del dinero que aún nos quedaba en el otro bolsillo del pantalón. Hacíamos nuestros cálculos a grandes rasgos y, aunque todavía quedase la tarde por el medio, entendíamos que a aquella hora del mediodía aún podíamos aprovisionarnos de algunos dulces más. Y así lo hacíamos sin mayor pensamiento. Además, como era el día de la fiesta, siempre ocurría que los abuelos, los hermanos mayores, los tíos y otros familiares más cercanos se mostraban generosos con nosotros y nos dotaban de una propina especial. Que, una vez en nuestras manos, bien sabríamos nosotros en qué emplearla.

A aquella corta edad que disfrutábamos, nuestra máxima diversión durante el día de fiesta en el pueblo era estar siempre próximos al puesto del cuquero en su ubicación en la plaza. Y, llegada la tarde, corretear por entre las parejas que bailaban al aire libre al ritmo que iba marcando la orquesta con su música. Y eso sí, estar pendientes de que no faltase un dulce en nuestro bolsillo del pantalón; que ya sabríamos nosotros dar buena cuenta de él. Si, por un casual, el grupo de aquellos amigos de entonces nos juntásemos hoy por unos minutos, hasta podríamos traer al presente con absoluta fidelidad el recuerdo del rostro de aquel cuquero que, cada fiesta, acudía presto con su especial cargamento de dulces a nuestro pueblo para hacer las delicias sobre todo de los más pequeños; que éramos nosotros: los chavales y chavalas de aquel entonces en el pueblo; cuando corrían los años 60 y a nosotros nos quedaban todavía unos cuantos años para entrar en el mundo de los adultos. Que, si por un lado queríamos que llegase pronto para poder tener acceso a tantas cosas como a los más pequeños nos tenían vedadas; por otro lado había momentos en los que considerábamos que el mundo de los adultos era muy aburrido y era preferible alcanzarlo despacio, cuanto más tarde, mejor.


Imagen: 
José Luis Medina Gallo
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Historias Cercanas

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10 comentarios en el blog:

  1. Que época tan divertida. Yo la viví de modo parecido en los Maristas de Palencia, cuando toda la chiquillería se arremolinaba en torno al carro de Félix, que nos vendía obleas, pipas, caramelos y helados. Y todos lo respetábamos, como vosotros respetabais al cuquero. Todo eso que cuentas, amigo Terán, sirve para recordar la mejor etapa del ser humano, la infancia, que es cuando se forja el carácter de los que luego serán adultos. Y recordar las correrías de los chiguitos es de lo más esclarecedor...y divertido.

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    1. Muchas gracias, Enrique, por recordarnos también algunas de tus vivencias en Palencia en tu niñez. Yo, que me vine a Palencia a la edad de 15-16 años, también recuerdo al Sr. Félix con su carro vendiendo chuches a los chavales, también con su gran cesta colgada del cuerpo, y luego en la calle Panaderas, junto a la misma calle Mayor en su quiosquillo. Me alegra que mis recuerdos hayan reavivado de alguna manera los tuyos. Saludos.

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  2. He buscado entre miles de fotos de mi archivo, alguna que hiciera alusión a ese cuquero del que hablas. Me hubiera conformado con una del almendrero de Arbejal que iba por los pueblos de Pernía cuando llegaba San Pedro. Aquello, como bien dices que os pasaba a vosotros, era para nosotros una ilusión muy grande. Finalmente he colocado esa del archivo de José Luis Medina Gallo, que tampoco es de la zona por donde pasaba vuestro cuquero, pero es de la nuestra, por donde andaba el almendrero. Buen día, Javier.

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    1. Froilán, pues le viene bien al tema, por qué no, la foto muestra que es del pasado la escena. Y seguro, seguro que cerca estaría alguna persona del lugar vendiendo los dulces de rigor a los más pequeños; pues en todas las fiestas se hacían presentes. Gracias. Saludos.

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  3. Alfonso Santamaría Diez22 julio, 2026 14:21

    Nunca había oído la palabra cuquero, aunque si la palabra “cucas”, que ahora aquellas golosinas y dulces se llaman “chuches”. Pero me imagino aquellos años que pedíais la propina a abuelos, padres y tíos para poder comprar las golosinas cuando llegaba la fiesta del pueblo y los chavales disfrutabais de aquellos puestos que vendían esas delicias, con la presencia también de los almendreros que nunca faltaban a la cita.
    Yo no recuerdo haber disfrutado en mi niñez de las “cucas” en las fiestas, recuerdo las tiendas de ultramarinos, allí además de alimentos había de todo, como el regaliz de palo, los chicles Bazoca, los caramelos de guirlache, los de nata, los pirulís, los martillos de caramelo y las toreras, sin olvidarme de las míticas “sardinas arenques”. En algún pueblo más grande había algún local en el que se vendían las golosinas, y se cambiaban y alquilaban novelas, los populares TBO, o las aventuras de Roberto Alcázar y Pedrín, El Gran Capitán, o el Jabato, otro buen tema para recordar en Curioson.

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    1. Pues sí, Alfonso, todo eso que cuentas cabe perfectamente en el relato, porque también se estilaba en esa época. Yo todo eso lo viví cuando ya vine a Palencia desde el pueblo. Lo anterior fueron las andanzas en el pueblo, alimentadas, eso sí, con algo de imaginación, pero bastante fieles también a la realidad. Gracias por tu comentario. Saludos.

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  4. Javier, muchas felicidades por tu magnífico artículo sobre la alegría de los dulces en nuestra infancia. Me ha traído un sinfín de recuerdos que permanecían dormidos.
    Todavía recuerdo cuando, por una perra chica, te daban cuatro caramelos; con el paso del tiempo, aquellos mismos caramelos pasaron a costar una perra gorda y, más adelante, una peseta. Eran pequeños tesoros que sabían a ilusión.
    Y nunca olvidaré al señor que, en medio del baile de San Juan de Redondo, organizaba rifas para los niños con una inmensa bolsa de caramelos. La emoción de esperar y la inmensa alegría que sentías cuando la suerte te sonreía eran momentos que se quedan grabados para siempre en la memoria.
    Gracias por despertar esos recuerdos tan entrañables. Has conseguido que, por un momento, volvamos a ser niños.

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    1. José Luis, me alegra que mi relato te haya suscitado esos recuerdos tan bonitos que nos narras de aquella época de tu niñez en tus tierras del Norte de la provincia; con esa escena del baile que tan bien le viene al caso. Gracias por tu comentario. Saludos.

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  5. Fundación Herminio Revilla22 julio, 2026 22:28

    Acabo de leer el artículo de Terán y, claro que me ha parecido muy de nuestra niñez y de la zona sobre todo cuando llegaba la fiesta del pueblo o pueblos vecinos . Mi comentario igual enturbia un poco la alegría que nos producían aquellas fiestas. En este valle de Santullán, repleto de varios pueblecitos, existe la ermita del Carmen. Cada año, al celebrar la fiesta, nos concentrábamos, sobre todo los chavales, para pasar la fiesta. Yo os estoy hablando del año 49, y como ha dicho Estalayo, existía la perra chica, la perra gorda, la moneda de 25 céntimos, de 50, la peseta rubia, la de papel, pero no todo el mundo las teníamos. Se podía comprar confites, bolas de anís, trufas, almendras, pipas, cachabas grandes de dulce, claro quién podría, en fin. Tampoco solían faltar la famosa ruleta, el tío del bote etc. No quiero aburrir la tertulia, pero debido a la posguerra no puedo borrar de mi cabeza aquellos mutilados de guerra pidiendo limosnas en los diferentes lugares alrededor de la ermita.

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    1. Herminio, gracias por tus palabras. Nos has conseguido rematar la historia de mi narración con tu comentario tan detallado sobre cómo vivías tú y tus amigos en aquellos años este tipo de fiestas en tu ámbito de influencia, que no era otro que la Montaña Palentina. Un bonito recuerdo en su conjunto. Saludos.

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Eastbourne, Seven Sisters | Reino Unido

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