Winston Churchill [Woodstock, 30 de noviembre de 1874 – Londres, 24 de enero de 1965]
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El molino de Sopeña | Un rincón en la montaña


En los tiempos en que cada pueblo de La Pernía vivía estrechamente ligado a la tierra, los molinos eran centros indispensables para la vida. No solo servían para convertir el grano en harina, sino que eran punto de encuentro, lugar de charla y de intercambio de noticias entre vecinos. El molino de Sopeña, situado cerca de Los Llazos, aprovechaba la fuerza del agua limpia que descendía de las montañas, y durante generaciones acompañó el trabajo y el esfuerzo de los campesinos de la zona. Su rumor constante formaba parte del paisaje, como el canto de los pájaros o el sonido del viento entre los robles.





Recuerdo con cariño los días en que íbamos allí. De niño, aquel molino me parecía un lugar mágico: el agua moviendo las piedras, el olor a harina, el sonido monótono del eje al girar. Todo tenía algo de misterio. Pero para llegar a ese momento había que recorrer un largo camino de trabajo que empezaba muchos meses antes.

Todo comenzaba con la siembra del trigo. Cuando el campo se abría a la primavera, las manos hundían los granos en la tierra húmeda, confiando en que el sol y la lluvia hicieran su parte. Después, con la llegada del verano, tocaba la siega. Con el dalle en la mano, bajo el sol fuerte, cortábamos las espigas doradas y las íbamos apiñando en gavillas. Luego las subíamos con cuidado al carro tirado por dos vacas tudancas, siempre pacientes, que conocían cada curva del camino hacia la era.

En la era comenzaba otra faena: las vacas, uncidas en la yugueta, daban vueltas sobre la mies esparcida, arrastrando el trillo con sus dientes de piedra que iban separando el grano de la paja. Era un trabajo lento, pero lleno de vida. Cuando todo estaba listo, esperábamos que soplara el viento para aventar. Con el gario lanzábamos la mezcla al aire: el viento se llevaba la paja y el grano limpio caía al suelo. Luego lo cribábamos, lo metíamos en sacos y lo guardábamos en el arca de madera, cerrada a prueba de ratones, esos enemigos tan pequeños como persistentes.

El día que llevábamos el grano al molino de Sopeña era especial. El camino transcurría entre prados, chopos y el murmullo del agua. Al llegar, el molinero nos recibía con su delantal blanco, y el ruido del molino llenaba el aire. Ver caer la harina fina, blanca y tibia, era como asistir a un pequeño milagro: el fruto de la tierra, del sol y del trabajo se transformaba ante nuestros ojos en el alimento que nos acompañaría todo el año.

De regreso a casa, los sacos parecían más ligeros. Tal vez porque sabíamos que pronto, en la hornera, la harina se convertiría en pan casero, con su corteza dorada y su olor inconfundible. Aquel pan, amasado con nuestras manos, tenía el sabor del esfuerzo y la alegría sencilla de vivir en contacto con la tierra.

Hoy, cuando paso cerca de Sopeña y escucho el correr del agua, me parece oír todavía el sonido del molino, el roce de las piedras y la voz del molinero. Cada ruido, cada olor, cada imagen me devuelven a aquellos días en que el tiempo se medía por las estaciones y el pan sabía a hogar.

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Un rincón en la Montaña

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5 comentarios en el blog:

  1. Qué descripción del lugar tan espléndida, José Luis, cómo la memoria dibuja unos momentos inolvidables donde la vida, pese al trabajo, duro a veces, tenía sentido vecinal, sentido de naturaleza, de olores y armonía. Pues la tierra, con su belleza esplendorosa y generosa con nuestros rincones de la Montaña Palentina, nos alentaba y convidaba a vivir. Tu rincón es nuestro rincón hoy, gracias a este excepcional y entrañable escrito. Épica de bosques, de montes, de riachuelos, de aire fresco, de prados verdes....
    Muchísimas gracias, un abrazo y buen domingo.

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  2. Lo explicó bien Gonzalo Alcalde Crespo, al adentrarse en La Pernía.
    “Cerca del Molino de Sopeña, el acceso al pequeño rincón de Los Llazos, más adelante Tremaya, cuya puebla se asocia con la pirámide calcárea que le presta nombre, sobre la cual existió un castillo, desde el cual se conformó la vieja leyenda de la fundación de San Salvador”.

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  3. FUNDACIÓN HERMINIO REVILLA15 febrero, 2026 14:04

    Poco o nada se puede añadir a lo que J.Luis Estalayo nos ha comentado en su reportaje sobre el molino harinero. Muy importante tener harina en la Hornera y patatas en el patatero antes de caer la nieve. Recuerdo con amplia claridad, de ir más de una vez con mi padre y una burra cada uno cargadas con un saco de trigo hasta el molino que había en Cenera de Zalima. Cenera desapareció con el embalse del pantano. Había un buen molino porque pasaba el Pisuerga por el pueblo. Recuerdo que cada vez que íbamos al molino, y debido a la distancia que entre mi pueblo y dicho lugar hay, la cola para moler, nos teníamos que quedar a dormir. Buen día

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  4. Una estampa muy costumbrista, José Luis, esta que nos cuentas hoy en Curioson, en torno a un molino, el de Sopeña en concreto, cerca de Los Llazos, ahí en nuestra Montaña. Una excusa que te lleva a narrarnos las vicisitudes por las que atraviesa el saco de trigo, desde que se efectúa su siembra hasta que se le recoge para convertirlo posteriormente en harina (y ahí es donde tendría su acomodo el molino), pasando por la etapa de la recolección y sus trabajos en la era hasta que se produce el llenado de los sacos con el trigo recolectado, para posteriormente convertirlo en harina y poder hornear los panes en las casas. Una historia que nos resulta muy familiar a muchos de nosotros. Saludos.

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  5. Alfonso Santamaría Diez15 febrero, 2026 17:15

    Llaman mi atención, Estalayo, esas vivencias sin olvido, relacionadas con el molino de Sopeña, y labores agrícolas perdidas. Me fijo en ese rico vocabulario que recuperas, bellas palabras para designar faenas y utensilios de aquellos tiempos: molienda, acarreo, trilla, velda, el gario, la criba, el arca, la siega, el dalle, gavillas, la era, las vacas uncidas en la yugueta, la mies esparcida, el trillo con sus dientes de piedra, que separaban el grano de la paja. La magia de convertir el trigo en harina en el molino, y la magia de la harina tras amasarla y convertirla en pan en la hornera, en “aquellos días en que el tiempo se medía por las estaciones y el pan sabía a hogar”.
    Esas faenas agrícolas que cuentas y esos utensilios que recuperas me trasladan de lleno a aquella época.

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