Ramiro de Maeztu [Vitoria, 4 de mayo de 1874-Aravaca, 29 de octubre de 1936]
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● “Me ha ocurrido que cuando la alabanza inglesa absorbía mi personalidad, alejándome de los vínculos espirituales que me ligan a la patria, he abandonado Londres más que de prisa, para ir a España ¡No, no!; ¡antes que nada, soy español!”

Sobre España y los españoles | +2.585👀



Las sirenas de Valdetuéjar


Esta leyenda junto con la colección de canecillos de carácter sexual de la Colegiata de San Pedro en Cervatos significa el toque erótico del Viejo Camino. También encontramos un canecillo de lo más viril en la iglesia de Coladilla (variante de Valdorria).



Esta leyenda junto con la colección de canecillos de carácter sexual de la Colegiata de San Pedro en Cervatos significa el toque erótico del Viejo Camino


Desde los más antiguos tiempos el peregrinaje ha contado con toda suerte de experiencias porque somos humanos y la carne es débil. Según la tradición muy repetida en los pueblos que rodean Peñacorada, San Guillermo, un monje huido de Sahagún, hizo vida de eremita en estas montañas y dio origen al monasterio de Santa María de los Valles (tal vez la actual Virgen de la Velilla) del que fue abad. Como es propio de las leyendas se entrecruzan en este cesto mimbres de tiempos distintos. Estamos hablando de los tiempos medievales (S. X-XII). Muchos eran los peregrinos que por aquellas tierras del Valle del Hambre pasaban camino de Santiago y que podían ser acogidos en el albergue del monasterio de San Martín.

En cierta ocasión  llegaron unas peregrinas pidiendo hospedaje. Parece ser que el castigo del camino no había sido suficiente  como para desbravar aquellos cuerpos lozanos. Así que sedujeron con sus muchas artimañas a otros tantos monjes con los que retozaron toda la noche. Seguramente aquello no era nada nuevo (siendo mal pensados podríamos suponer que las susodichas peregrinas ya venían informadas)  porque el abad Guillermo, que ya tenía la mosca en la oreja, espió a los frailes y confirmó sus sospechas. Conocedor como era el Santo de las cosas divinas, tuvo muy en cuenta cómo se las ha gastado Dios desde los tiempos del Paraíso Terrenal en asuntos pecaminosos: mano dura y castigo al canto. A la mujer por inductora y malévola, y al hombre por tonto y flojo. Pero dejando siempre claro quién es el más culpable. Así pues San Guillermo, con los poderes que le venían de lo alto, convirtió a las pecadoras en sirenas del río Tuéjar (los más estrictos en mitologías dicen que no son sirenas sino ninfas que son las que reinan en aguas dulces). Encontraréis dos en el exterior de la torre y otras dos encima del pórtico. Si por allí pasáis en la noche de San Juan y oís croar en el río o en el lago, pensad que no son renagueis, sino sirenas transgénicas que purgan su lascivia  por los siglos de los siglos sin que puedan ser redimidas por un príncipe azul por más peregrino que sea. Otra tradición fija la noche de San Martín como la noche de los encantamientos: sean ninfas o sirenas lo cierto es que se concitan para hacer sus cánticos. Así que los lugareños no se atreven a acercarse al río Tuéjar por miedo a que las peregrinas trasmutadas los rapten para siempre bajo las frías aguas.

A los monjes el santo anacoreta los dejó en su cuerpo mortal, pero como castigo y antídoto de su debilidad los sometió a trabajos forzados: tendrían que construir la iglesia de San Martín y en sus capiteles y cornisas esculpirían las sirenas para memoria de su pecado y testimonio de las generaciones futuras.

Esta historia de lujuria  peregrina tiene también una versión masculina. Figura en las crónicas del  Códice Calixtino (milagro XVII) y que Gonzalo de Berceo traduce en cuaderna vía con el título de “El Romero de Santiago”. Dícese en estos textos que el peregrino Giraldo incumpliendo los rituales se había puesto en Camino habiendo retozado con una moza. Y el cielo, con la colaboración incomprensible del infierno, no perdonó como es natural pecado de tal índole. Tanto el demonio disfrazado de Santiago como la Gloriosa estaban de acuerdo en que había que cortar por lo sano y que la sangre había de llegar al río. Pero con el tiempo Santa María tuvo piedad del pecador; por eso le devolvió la vida …

 “mas lo de la natura, cuanto que fue cortado,
no le volvió a crecer, y quedó en ese estado”.

Nota histórica


Los hechos que aparecen en  la leyenda no son la invención de una mente anticlerical ni suponen un acontecimiento singular o extraño en la época medieval. Los monasterios cluniacenses (S. X), fruto de la reforma de la orden de  San Benito, habían ido degradándose progresivamente. La influencia de la nobleza y la corrupción moral llevaron a los cenobios una relajación de costumbres nada acorde con la vida espiritual. En la iglesia la jerarquía eclesiástica   estaba infectada de simonía y nicolaísmo (matrimonio o amancebamiento de clérigos ).

A lo largo de toda la Edad Media  los conventos se fueron llenando de gentes sin verdadera vocación, entendiendo por esta palabra la intención firme y resolutiva de entregarse a una vida espiritual profunda de dedicación exclusiva, aunque para ello tuvieran que renunciar a comodidades y gozos corporales: la castidad era, tal como aparece en las Partidas de Alfonso X (S. XIII), el mejor salvoconducto para la salvación de las almas. El hecho es que en los cenobios  ingresaban muchos nobles movidos por el prestigio, los privilegios, la seguridad y la relativa comodidad de la vida monástica. Los hijos menores varones de las familias nobles y acomodadas a los que no les gustaban las armas, no tenían otra opción que la vida monacal. Las hijas poco agraciadas de los estratos superiores de la pirámide feudal que quedaban fuera de la circulación  se acogían a los monasterios, que en pago por la buena obra recibían importantes dotes no sin la contrapartida de dejar sentir la influencia y tutela de la donante y su familia. Para los siervos y gente de la gleba entrar en el convento suponía la única puerta de salida para escapar del hambre y de la miseria propios de su estamento: dentro del recinto monacal la comida estaba asegurada, las comodidades eran mayores y mejores,  y la disciplina y austeridad de la Regla nada tenían que ver con el régimen de esclavitud que soportaban en la base piramidal. Doncellas a las que se les estaba pasando el arroz y se sentían amenazas por el destino de vestir santos, mozas sin dote para poder realizar sus sueños, viudas que se sentían “obligadas”  a desaparecer de su entorno para salvar su buen nombre, nutrieron en gran manera los monasterios medievales. Era el mejor caldo de cultivo para que el vicio y la concupiscencia florecieran intensiva y extensivamente, casi sin necesidad de que el Maligno incentivara la producción (y la reproducción).

Muestra de esta connivencia  son los denominados “monasterios  dúplices” en los que vivían en buena vecindad monjes y monjas sometidos a la misma autoridad y a la misma Regla. Monasterios tan conocidos como Sta. Mª la Real (Aguilar de Campoo), S. Millán de la Cogolla (Rioja), S. Salvador de Oña (Burgos) funcionaban en este régimen. Se alojaban en edificios diferenciados y oficialmente tan sólo compartían los actos de culto; pero el trasvase era posible y una especie de ley “Schengen”  no escrita toleraba  el tránsito en ambas direcciones. Así que estaba a la orden de la noche los intercambios de fluidos citándose el personal en los muchos recovecos que ofrecía el monasterio, al amparo y con la complicidad de la red que formaban  quienes “cojeaban del mismo pie”, cosa que permitía librarse de los castigo físicos y espirituales a los que eran sometidos los pillados in fraganti, como ocurrió a los monjes de nuestra leyenda. Por otra parte el perdón de los pecados permitía el borrón y cuenta nueva siendo un buen antídoto contra los remordimientos de conciencia . En esta narración no se entra en juicios de valores ni en el análisis histórico de los orígenes y significación sociopolítica de este tipo de monasterios.

Las reformas de S. Bernardo de Claraval en los inicios del siglo XII, el I Concilio de Letrán (1123), las tesis de Lutero (1517), el Concilio de Trento (1545-63) intentaron poner freno a unas prácticas clericales que se mantuvieron no obstante de manera notoria hasta el Papado de  Alejandro VI  (S. XV) y Julio II (S. XVI).

La leyenda de las sirenas del Tuéjar tiene una historia paralela en el conocido caso del escándalo de la monja Watton allá a mediados del siglo XII. Esta monja celestina  se dedicaba a concertar encuentros amorosos entre sus hermanas y un fraile lego que debía ser el macho alfa  del convento, servicios por los que al parecer cobraba en especie ya que cuando se destapó la olla podrida sor Watton estaba embarazada. Las crónicas no relatan los detalles del escenario, por lo que no podemos saber si los desahogos tenían lugar en la iglesia, en las celdas o en alguna área de servicios. El usufructo de los legos parece que era frecuente ya que se editaron leyes al respecto. El final de esta historia difiere mucho del tratamiento que le dio S. Guillermo. Ya en aquellos tiempos Europa tenía sus toques feministas: las monjas (no se sabe cuántas ni cuáles) descargaron su ira, en un acto de ejemplar venganza, sobre  el cuerpazo de aquel lego metrosexual.  No hay constancia  de las secuelas  en el monjerío femenino convicto y confeso.

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Camino olvidado

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