El chisme de “Los Cangrejos de la Tía Milagros”
En los veranos de antes, cuando el Pisuerga llevaba más vida que una romería y los arroyos tenían vida, había una costumbre que nadie perdonaba: ir a por cangrejos. Y entre todos los aficionados de la zona, la que más fama tenía era la Tía Milagros de Vado, una mujer que aseguraba que con ella “los cangrejos salían solos del agua, como si fueran a misa”.
Milagros presumía de tener un “truco secreto” que no quería revelar. Unos decían que era la forma en que ataba el tocino. Otros, que usaba un olor especial que dejaba los cangrejos hipnotizados. Los más mal pensados decían que les cantaba bajito. El caso es que siempre llenaba el cubo, mientras los demás apenas sacaban un puñadín. Un año, ya avanzada la tarde, bajaron al río varios vecinos: Primi, Satur, Nino el de Arbejal, y la propia Milagros. El agua estaba clara, el aire fresco y los chopos parecían escuchar. Pero aquella tarde, Milagros estaba rara. Miraba de reojo, sonreía, levantaba una ceja… algo tramaba. Los vecinos se colocaron, dejaron caer las trampas y esperaron. A los cinco minutos, Primi sacó su primer cangrejo. Milagros, ya llevaba ocho.
—Esto no es normal, murmuró Satur.
—Nos está tomando el pelo, respondió Nino.
Y entonces ocurrió lo que destapó el chisme.
Mientras Milagros revisaba su cubo, Satur —que era muy curioso— se acercó sin hacer ruido. Y allí lo vio: entre los cangrejos del río… había dos cangrejos rojos con las pinzas más grandes de lo normal.
¡Cangrejos que no eran del Pisuerga!
—¡Milagros, tú misma los traes de casa! —gritó Satur, echándose a reír.
—¡Eso no vale!
Milagros, sin inmutarse, respondió:
—¿Y quién os ha dicho que yo juego con reglas? Yo lo que quiero es cenar bien esta noche.
Las carcajadas se oyeron hasta la presa de Ruesga.
Aun así, el chisme no terminó ahí.
Días más tarde, un niño del pueblo contó que había visto a la Tía Milagros en su huerto, “alimentando dos cangrejos enormes en un barreño”.
—Son mis campeones, dijo ella cuando la pillaron. Los llevo al río para dar ejemplo a los otros, que son muy vagos.
Desde aquel verano, cuando alguien vuelve del río sin un triste cangrejo, siempre salta uno diciendo:
—Tendrías que haber llevado a Milagros… o al menos sus cangrejos amaestrados.
Y el chisme sigue vivo.
SOBRE ESTA BITÁCORA
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El chisme de los cangrejos no lo conocía, debe ser muy de la zona de Cervera. Pero desde luego es gracioso e ilustrativo por lo mucho que enseña.
ResponderEliminarLa infancia en la Montaña Palentina tenía otro ritmo cuando los arroyos y las orillas de los ríos hervían de vida y cada piedra escondía un tesoro con pinzas. Aquellas aguas limpias y frías eran el reino indiscutible del cangrejo autóctono, un habitante habitual de los cauces que marcaba el pulso de la naturaleza y el entretenimiento de las tardes de verano.
ResponderEliminarBasta echar la vista atrás para comprobar que el paisaje ha dado un vuelco radical: hoy esos mismos cauces corren huérfanos, sin rastro de aquellos crustáceos que parecían infinitos. Este vacío repentino no es solo una anécdota nostálgica, sino la prueba más evidente de que el ecosistema se ha transformado por completo y de que los tiempos, inevitablemente, han cambiado para mal en los cauces de la comarca.
El chisme cangrejero de hoy sobre la Tía Milagros, me ha traído recuerdos de mi Tía Pilar, que cuando yo era muy pequeño me llevaba con ella a pescar cangrejos en un arroyo en mi pueblo Castrojeriz (Burgos). Recuerdo que tenía mucha destreza para la pesca de este rico crustáceo, y era una campeona en conseguir cangrejadas. No he olvidado un día en que sacaba los reteles cargados de cangrejos en cada tirada, ya tenía el cupo, pero se resistía a abandonar el arroyo y dejar de pescar. Vio venir al guarda y rápidamente me mandó esconder entre la hierba un par de fardeles bien llenos. El guarda afortunadamente no vio más que una pequeña cantidad de cangrejos que teníamos en otro fardel.
ResponderEliminarMuy curioso y divertido este chisme que nos cuentas José Luis sobre la Tía Milagros, que en cuanto he leído el título me ha recordado a mi Tía Pilar.