100 DOSIS DE AMOR [74] FROILÁN DE LÓZAR [A Sawabona]
Te sobra todo si esa persona a la que amas, por esas casualidades de la vida, también te ama. Antonio Colinas ya dejó escrito que sólo necesitamos un espacio pequeño para encontrar la paz.
“Perdámonos o deja que me pierda en ti,
o acaso tras las tapias,
también de bronce,
de ese mínimo huerto”.
PREMIOS Y MENCIONES
Por iniciativa del diario digital NOTICIAS A TIEMPO, y en la categoría Arte, Cultura y Deportes, es premiada la pintora de Curiosón Paqui González del Castillo, en los premios anuales "Mujeres que dejan huella". El acto se celebró el 1 de mayo de 2026 en Peñaranda de Bracamonte (Salamanca).
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Recuerdo de Ibn Hazm, autor de El collar de la paloma
Nació Abú Muhammad Alí Ibn Hazm en Córdoba, el 30 de Ramadán del año 384, que corresponde al 7 de noviembre del año 994 de nuestra era.
Su infancia, dado que era hijo de un ministro, transcurrió entre las intrigas del harén y del serrallo, conociendo precozmente sus placeres.
También dedicó sus primeros años a leer todo lo divino y lo humano que cayó en sus manos, y a los 26 años comenzó los estudios jurídicos. Perteneció a un grupo minoritario de poetas que defendían la belleza, y la legitimidad omeya, ideas que le convirtieron en desterrado y conspirador al desencadenarse la guerra civil en Córdoba. Después de un tiempo en cautividad se retiró a Játiva, y allí escribió “El collar de la paloma”, cuando tenía 28 años.
En una primera época de su vida, hasta los treinta años, se dedicó preferentemente a la política y a la literatura; en la segunda etapa abandonó la política para entregarse al estudio de la Teología y el Derecho. Asombra la obra que realizó, que abarca casi todos los temas, citándose la cifra de 80.000 folios escritos de su mano y que formaban 400 volúmenes. Entre los temas destacan los temas históricos, filosóficos, jurídicos, teológicos, o puramente literarios, realizando este trabajo en medio de odios y recelos contra su persona, ya que Ibn Hazm era polemista incansable que exacerbaba a sus adversarios con sus palabras, tan ásperas a veces como sabias. Sus últimos años fueron tristes, dado el poco aprecio y las persecuciones que sufrió, y aunque se tienen pocos datos de esta época, se sabe que recorrió los reinos de Taifas en medio de grandes disputas, y se refugió en Mallorca en 1039. Tuvo numerosos enfrentamientos debido a sus ideas, como ya mencioné, defendiendo a ultranza el pasado omeya; y al ser entregadas a la hoguera sus obras, compuso aquellos famosos versos:
“Aunque queméis el papel, no podréis quemarlo que encierra, porque lo llevo en mi pecho...”
“El collar de la paloma” es su obra más conocida, y uno de los tratados sobre el amor más sublime y universal.
El eje central del libro es un análisis de la íntima relación entre el amor humano y el amor divino, siendo el primero sólo expresión del segundo. El autor empieza hablando de las trampas del amor humano, y de los numerosos obstáculos del camino amoroso: nos habla de una guerra santa interior (jihad), mediante la cual el amante verdadero adquiere la imagen de su amada, imagen que es, a su vez, arquetipo de Dios.
La obra, de 1022, está escrita en prosa aunque con muchos versos insertados en su interior, y con un arte literario extraordinario que revela la mano de un auténtico poeta. Aparecen a lo largo del libro, en un desfile constante, enamorados que hablan en voz alta de sus sentimientos, se escriben, se miran, se desean, se odian, o se olvidan... Se trata en cierto modo de la autobiografía del autor y del grupo al que pertenecía, y se diferencia y destaca precisamente esta poesía original de tinte ascético que escribe Ibn Hazm, de la la literatura artificiosa y cargada de sensualidad que se cultivaba entonces en Al Ándalus.
El fin que persigue el autor es “la ayuda” que ofrece a un amigo para que éste alcance la verdad: al principio el tema amoroso es un tema “liviano”, pero si el alma profundiza, el amor puede ser “usado” para hacer más llevadera nuestra existencia futura y más placentera nuestra eterna morada el día de la resurrección.
Estamos ante una visión idealizada del amor: es el llamado “amor platónico” que floreció durante un tiempo en Al Ándalus.
”La sumisión es hermosa en un hombre libre, cuando él es siervo del amor”.
El mismo título tiene un significado vinculado con la filosofía amorosa neoplatónica: aquello que entre los hombres normales se llama “ amor”, entre los iniciados se llama “pteros” o “paloma revoloteante”, un antiguo símbolo del dios alado que impulsa al alma a buscar lo que es divino dentro de ella misma. La castidad era para él una “guerra santa”, dado que en el hombre existen dos fuerzas contrarias: el entendimiento y la concupiscencia. El verdadero amante, para él, es el que hace suyas las palabras de otro poeta (Ibn Farach):
“Ella es como una orquídea de donde yo sólo tomo la Belleza y el Perfume, porque yo no soy como las bestias del campo, para quienes un jardín es sólo un lugar de comida”.
A pesar de ello, concibe las relaciones sexuales moderadas como remedio para curar la melancolía. Los imitadores árabes de Ibn Hazm se sintieron cohibidos por la maestría de su maestro, y el libro fue poco conocido hasta siglos posteriores. Será la poesía del siglo XV, y sobre todo la poesía renacentista, la que valorará la exquisitez y el idealismo que encerraba aquel tratado sobre el amor y los amantes.
En la imagen, El collar de la paloma. Manuscrito de la biblioteca de Leiden.
Recuerdo de Galdós en el primer centenario de su muerte
El 4 de enero de 1920 se cumplieron cien años de la muerte de Galdós
Enrique Gil y Carrasco, el injusto olvido de un gran romántico
Enrique Gil y Carrasco nació en Villafranca del Bierzo el 15 de julio de 1815
Pedro Fernández del Pulgar
Un humanista barroco en la catedral de Palencia
Pedro Fernández de Pulgar fue un autor barroco con reminiscencias claramente humanísticas, escasamente conocido y mucho menos estudiado en la actualidad. El Doctor Don Pedro Fernández de Pulgar (como le gustaba firmar), nos ha dejado una monumental obra escrita de carácter histórico, impregnada de su profunda cultura clásica y a la vez de sorprendentes rasgos barrocos. La extensión de su obra, la riqueza de temas tratados y la variedad de fuentes que utiliza, dan lugar a un texto muy complejo. Y en este sentido, no menos interesante que el análisis lingüístico al que me he dedicado durante varios años, es el estudio de la obra histórica en sí. El contacto con la figura de Pulgar ha sido extraordinariamente fructífero, encontrándonos con un personaje de elevadas cualidades humanas e intelectuales, que a pesar de vivir en pleno siglo barroco, enlaza más con el Humanismo del siglo precedente y con los “novatores” (aquella nobleza ilustrada que en la segunda mitad del siglo XVII luchaba por erradicar la superstición y la ignorancia, anunciando con su crítica el Siglo de la Ilustración).
Y sin embargo, vemos en él todas las contradicciones propias de su siglo: culteranismo y conceptismo aparecen con fuerza en sus escritos, siendo de estirpe puramente gongorina algunas de las metáforas que utiliza, y afirmando sin embargo que “las hojas hazen vistoso al árbol, y el fruto le haze estimable y rico”, palabras que recuerdan los principios conceptistas de Gracián.
Procedente de Medina de Rioseco (Valladolid) y sin bienes de fortuna, nació el 28 de diciembre de 1620. Estudió en el Seminario de Palencia, diócesis a la que pertenecía entonces Rioseco, y alcanzó el grado de Doctor en Teología, quizá en la Universidad de Salamanca. Consiguió encumbrarse socialmente a través del estudio y del cobijo eclesiástico, siendo nombrado Canónigo Penitenciario de la Catedral palentina –mediante oposición- el 31 de enero de 1662, título al que va a estar unido de por vida, lo mismo que a la ciudad de Palencia, donde fue acumulando gran número de cargos y responsabilidades. De 1676 a 1683, son años de plena actividad literaria que dedica sobre todo a la redacción de la Historia Eclesiástica Palentina, que fue editada en Madrid en 1679. Gracias a sus primeras publicaciones y a las gestiones que hizo en Madrid, fue nombrado en 1677 Cronista Mayor de Indias, cargo que se hizo efectivo en 1686. A partir de entonces, todo su empeño fue no solamente buscar “la verdad” en el relato histórico, sino también “vindicar” y defender los derechos históricos de España en tierras americanas, enfrentándose a la Leyenda Negra con contundencia y no siempre con imparcialidad. Las ansias de conocimiento y la afición bibliófila fueron constantes a lo largo de su vida, y también las razones por las que hoy existe su espléndida Biblioteca.
De 1687 a 1697 va originándose una enorme deuda con el cabildo palentino, a la que decide poner remedio comunicando por carta en 1695, que haría legado de su Librería para saldarla. Su Biblioteca, ubicada actualmente en la primera planta del ala meridional del claustro de la catedral palentina, es una de las poquísimas que se conservan en su práctica totalidad, y valía –según su propia estimación- 7.000 ducados. Es particularmente interesante la variada temática que encierran sus 6.132 volúmenes. Prácticamente todos los temas parecían interesar a Don Pedro, además de la Historia y el tema de América (que, como es lógico, son los más numerosos). Encontramos desde obras clásicas o de temas teológicos, a la Astronomía, la Medicina, las técnicas de Navegación o el Derecho, corroborando de este modo su afán humanista por poseer el saber universal; asimismo, hay numerosas obras escritas en otras lenguas, aparte del latín y el hebreo (hebreo, portugués, francés, italiano...), así como varios incunables y nueve obras del propio Pulgar. Es destacable también, la presencia de algunos libros censurados, de Arias Montano y Erasmo entre otros.
La obra de Fernández de Pulgar es muy extensa y abarca temas apologéticos e históricos principalmente, además de sus Sermones en latín (cuyo esquema previo era escrito curiosamente en latín, lo cual nos habla, una vez más, de su dominio absoluto sobre de dicha lengua, y también su preferencia indiscutible por ella).
Entre las obras de carácter apologético destacan:
Federico García Lorca
Canto a España y la siento hasta la médula
El libro de Alexandre y la Universidad de Palencia
Este trabajo tiene como tema El Libro de Alexandre. Además de un recorrido por la obra y por el ambiente cultural del siglo XIII, se intentan descubrir en él las probables relaciones del poema con el Studium generale de Palencia. También se reflexiona acerca de su posible autor, llegando a conclusiones argumentadas de que éste podría haber sido un palentino de Naveros de Pisuerga.
EXTRACTO DEL TRABAJO EN EL INGRESO COMO ACADÉMICA DE NUESTRA COLABORADORA.
This work has as theme El Libro de Alexandre. In addition to a tour of the work and the cultural environment of the thirteenth century, we try to discover in it the probable relations of the poem with the Studium Generalede Palencia. We also reflects on its possible author, reaching argued conclusions that this could have been a Palentinian of Naveros de Pisuerga. KEYWORDS: El Libro de Alexandre, University of Palencia.
EL LIBRO DE ALEXANDRE AND THE UNIVERSITY OF PALENCIA ABSTRACT
Beatriz Quintana Jato | Doctora en Filología Hispánica
En el siglo XIII surge el llamado Mester de Clerecía, al que pertenece El Libro de Alexandre.
La palabra CLERECÍA aparece por primera vez al principio de esta obra:
“Mester traygo fermoso, non es de juglaría,
mester es sen pecado, ca es de clerecía.”
“Fablar curso rimado por la cuaderna via
a sílabas cuntadas, ca es grant maestría”.
Pesó al Criador que crió la natura,
ovo de Alexandre saña e gran rencura.
Dixo: “Este lunático non cata mesura,
Yo le tornaré el gozo todo en amargura”.
La atribución a Berceo pudo deberse a algún copista, que, conocedor de la fama y de las obras del escritor riojano, desease establecer una relación en el Alexandre y él.
La investigadora Isabel Uría sostiene que El Alexandre es un libro de colaboración realizado por un equipo de expertos bajo la dirección de un maestro, y este trabajo se realizó, según sus conclusiones, en el Studium palentino durante su período de apogeo, que se extiende de 1220 a 1225.
¿Cómo pudo realizarse una obra de tal envergadura en la Castilla del siglo XIII?
El primer paso sería el acopio de fuentes sobre Alejandro y la guerra de Troya. Luego se procedería a un esquema de composición y a la selección de las fuentes que se iban a utilizar. Más tarde se haría una redacción en prosa estructurada conforme al plan proyectado, y finalmente se procedería a versificar ese largo relato en la estrofa cuaderna vía. Este proceso era tan complejo que exigía la colaboración de varios expertos y la dirección de un maestro que lo habría planificado, siendo précticamente imposible que un poeta de la primera mitad del siglo XIII pudiese realizar solo este trabajo. Según Francisco Rico, es muy probable que la mayoría de los autores del Mester de Clerecía se formasen en Palencia, no descartando al propio Berceo. Y quizá también en las aulas palentinas hubo profesores franceses que extendieron fórmulas retóricas, recursos y sistemas de composición que estaban vigentes en Francia. Por otra parte, el espíritu abierto a todas las corrientes culturales de la época que observamos en el libro, apunta al ámbito de las incipientes Universidades o Estudios Generales más que al de una comunidad monástica. El único centro escolar en la zona y la época señaladas para poder llevarlo a cabo, era la Universidad de Palencia (fundada por Alfonso VIII entre 1208 y 1214, y patrocinada por el obispo de Palencia Tello Téllez de Meneses).
La obra francesa que sirve de base al Libro de Alexandre figuraba entre las obligatorias para los estudiantes palentinos antes de 1226, según Francisco Rico. Se trataba del Alexandreis, de Gautier de Châtillon, y es muy probable que la universidad palentina desease tener su propio libro sobre Alejandro Magno, una versión más actualizada y amplia que la de Gautier.
El profesor José Hernando Pérez ha investigado a fondo el libro, llegando a la conclusión de que su autor fue Hispano Diego García, un palentino nacido en Naveros de Pisuerga, y cuya pista ha rastreado concienzudamente. Según sus conclusiones, nuestro autor fue bautizado con el nombre de Diego pero él prefirió ser llamado con el patronímico de “Español” o “Hispano” antepuesto. Tenía sangre mozárabe por parte materna, razón por la cual prefirió, sin duda, ocultar su linaje y su nombre, o desviarlo entre varias denominaciones. Tradujo a Aristóteles, a Avicena, y a otros muchos escritores, astrónomos, filósofos, médicos y juristas. Entre las obras de Aristóteles que tradujo, figura la Carta de Aristóteles a Alejandro Magno, llamada también “Secretum secretorum”, y que consiste en una serie de sabios consejos para gobernar, que estarán presentes en el Alexandre. Fue nombrado deán de la Catedral de Toledo con el nombre de Hispano, y Canciller de Castilla con el nombre de Diego García. En aquellos años tuvo lugar un suceso lamentable para él: las traducciones de los árabes habían sido malinterpretadas, así como también algunas obras de Aristóteles, llegando a producirse importantes desviaciones en la Universidad de París, ante lo cual se prohibió la lectura en sus aulas de la Física y la Metafísica de Aristóteles, traducidos al latín en gran parte por Hispano. La prohibición alcanzó también a otras traducciones del palentino, entre ellas las de filósofos árabes.
Dado que su nombre aparecía junto al de Aristóteles y Avicena, y dado que en París se produjeron persecuciones y matanzas, puede comprenderse fácilmente la tragedia de aquel hombre cuyo único delito había sido contribuir a la cultura europea, y que expuso siempre doctrinas teológicamente correctas. También es fácilmente comprensible su afán por cambiar de nombre en los textos, camuflando todo aquello que pudiera delatarlo. Por eso, a pesar de los esfuerzos de los historiadores por descubrir su verdadera personalidad, ha resultado tarea muy difícil poder identificar al mozárabe Hispano con el obispo o traductor. Al sobrevenirle este duro golpe abandonó Segorbe y la Cancillería, y fue entonces cuando escribió una obra teológica en latín titulada “Planeta”, en 1218, con el nombre de Diego de Campos, y también Diego García, e Hispano García. Este libro es un alegato de su inocencia y ortodoxia, y las semejanzas de la obra y El Libro de Alexandre son innegables, y la base fundamental de la atribución del libro a Hispano.
Parece probable que Fernando III le encargase la educación de su primogénito Alfonso (el futuro Alfonso X), que iba a cumplir siete años. Hispano pasó sus últimos años en Toledo, siendo probablemente uno de aquellos ancianos venerables encargados de la educación del príncipe (se menciona a un “Juan de Sevilla, santo varón, no presbítero sino obispo, que había sido importante traductor”). Murió en Toledo hacia1235, y desde entonces la confusión y el desconocimiento han ocultado hasta nuestros días a una personalidad tan importante. Falta, efectivamente, el descubrimiento de su firma en algún documento, algún detalle concreto e irrefutable, para que su nombre pase a los libros de literatura y ocupe el lugar que merece. Quizá entonces, Berceo deberá cederle el puesto como “primer poeta español de nombre conocido” que todos hemos estudiado, y podrá demostrarse que El Libro de Alexandre, considerado como la mejor obra del Mester de Clerecía y una de las más perfectas y universales de toda la Edad Media, fue escrito en Palencia y que su autor fue un palentino de Naveros de Pisuerga.
Interesante bibliografía en VallejaNajerilla
El libro de Alexandre y la Universidad de Palencia, trabajo completo de la autora en pdf
Miguel Hernández, poeta del pueblo
El 28 de marzo de 1942 moría en el Reformatorio de Adultos de Alicante Miguel Hernández Gilabert, enfermo y destrozado su cuerpo, agotado de luchar contra la tristeza, la enfermedad y la derrota.
La idea que tenemos de él es la imagen tópica y sugestiva de un pastor de cabras que escribe versos intensos y sorprendentes, un poeta cuya imagen es la de un rudo y bondadoso hombre de pueblo; al ver por primera vez su foto, o el dibujo que le hizo Buero Vallejo en la cárcel (su retrato más difundido), dudamos de que haya sido él quien escribió las páginas más conmovedoras de la poesía de su siglo.
Ése creo yo que es su máximo valor: que no es en la primera ni en la segunda lectura de sus poemas cuando nos seduce, sino que esas primeras lecturas nos incitan una y otra vez a releerlo, y es entonces cuando se produce una asimilación casi mágica de sus palabras, una admiración y a la vez una emoción profunda, al palpar verso tras verso la humanidad colosal del poeta, y su poesía intensa y expresiva, cuya fuerza es capaz de contagiarnos su angustia y su amor sin dificultad, impidiendo también que desaparezca su recuerdo. Éste se ha mantenido vivo también, mientras ella vivió, en casa de Josefina, su esposa; hasta tal punto, que después de hacerle una entrevista, alguien afirmó estar seguro de que no había estado sólo con ella, sino también con su marido. Miguel Hernández, el poeta que aspiraba a que su poesía lo trascendiese (“que mi voz suba a los montes y baje a la tierra y truene”), nació el 30 de octubre de 1910 en Orihuela. Desde niño conducía el pequeño rebaño de su padre, y será precisamente ese contacto con la naturaleza el que le revelará los grandes misterios de la vida, quedando marcado para siempre en su memoria. La naturaleza está presente en su obra de modo constante, pero no se trata de la naturaleza estilizada o irreal, tan de moda en aquellos años, sino de una naturaleza real y viva. Incluso las imágenes que utiliza, son tomadas también muchas veces del mundo natural: sus heridas son cuchillos, puñales, arados que se le van clavando en las entrañas; el barro aparece identificado con su triste destino, el buey y el toro (con el que se identifica en inolvidables sonetos) contrapuestos simbólicamente, la pena que es cardo, zarza, la sangre como potencia vital y como destino fatídico que lo arrastra hacia la muerte. También trata un tema que hasta él nadie se había atrevido a introducir en la poesía: El vientre de la esposa, que adquiere para el poeta dimensiones casi míticas, como punto en que se funden dos seres en uno
Menos tu vientre
todo es confuso.
Menos tu vientre
todo es oscuro,
menos tu vientre
claro y profundo.
Así, al encarnarse las ideas y sentimientos en objetos de la vida campestre, se humanizan las metáforas y se hacen mucho más expresivas, consiguiendo salir del cerco gongorino en el que comenzó su andadura. Ni siquiera el surrealismo fue intenso en su obra, porque se le sobrepone siempre la realidad teñida de sangre, de lluvia, de sudor, de tierra... Su primer viaje a la capital, con ahorros conseguidos con dificultad, le pone en contacto con la poesía “aséptica” y gongorina que componían los miembros del Grupo Poético del 27. El contacto con Góngora le supone un gran esfuerzo por superar su rudeza y perfeccionar su técnica. De aquí brota su primera obra “Perito en lunas”, muy influida por la moda del momento, pero con una rica inspiración basada en la vida de pastor del autor. Por entonces su sentimiento religioso va a entrar en crisis, por influjo sobre todo de su amigo Pablo Neruda, llegando a decir con cierta tristeza que “se le había olvidado Dios”, ya que identificaba a la Iglesia con el capital y la explotación. Sin embargo él vivió en un medio religioso, habiendo recibido una educación cristiana en los jesuitas, y sus amigos eran buenos católicos, en especial Ramón Sijé. Sin embargo, al llegar al tema de la muerte, no busca solución en un mundo trascendente, sino que el poeta parece superar a la muerte con el amor, que alcanza proyecciones cósmicas en el hijo, quien perpetuará a los padres hasta la eternidad.
Busto de Miguel Hernández, en el Paseo de los Poetas, El Rosedal, de Buenos Aires |
En 1934 surge una persona en su vida que lo acompañará más allá de la muerte, Josefina Manresa, que será su esposa, su compañera, y la inspiración desbordante de su mejor poesía. Hubo un período de distanciamiento, cuando Miguel se siente deslumbrado por la cultura y la madurez de la pintora Maruja Mallo cuando está en Madrid, pero pronto reanudó su relación con Josefina hasta el final.
Estalla la guerra civil, y Miguel se pone de parte del bando republicano sin dudarlo.
En el mismo año 1936 aparece su libro principal, “El rayo que no cesa”, en el que vemos una problemática existencial que no le abandonará nunca. Su vida, a la que se agarraba con desesperación, aparece trágicamente amenazada, a veces por un “carnívoro cuchillo”, otras por un “rayo incesante”; se trata de una amenaza indefinida que pende sobre su persona constantemente. Al año siguiente publica “Vientos del pueblo”, obra capital en la que su voz resuena enérgica, firme y apasionada defendiendo los ideales por los que lucha. Le seguirá “El hombre acecha”, obra en la que sólo hay ya lamento y dolor. Se ha extinguido todo vestigio de retoricismo, y se intuye el desenlace negativo de la guerra. El poeta se siente cansado, y siente que el odio es, en el fondo, el que se ha adueñado de todo. La misma guerra, que antes era vista con entusiasmo y canciones, se ha vuelto tragedia: heridas, hospitales, hambre, odio, cárceles... Son tristes años para el matrimonio: en diciembre nace su primer hijo, y en octubre del 38 muere; el trágico suceso desgarrará al poeta, lo mismo que antes lo había llenado de felicidad. Un nuevo hijo, nacido en enero del 39, le hará recuperar la alegría. Al acabar la guerra es detenido en la frontera portuguesa por ir sin documentación; y cuando lo ponen en libertad comete el error de no salir de España, sino que vuelve a Orihuela a ver a su familia, y es detenido y condenado a muerte; conmutada la pena por treinta años de prisión, comienza un doloroso peregrinar por varias cárceles (Madrid, Palencia, Ocaña, Alicante), que él humorísticamente llamaba “hacer turismo” en una carta a Josefina. En septiembre del 39 escribe a su esposa: “El olor de la cebolla que comes me llega hasta aquí, y mi niño se sentirá indignado de mamar y sacar zumo de cebolla en vez de leche. Para que lo consuele te mando estas coplillas que le he hecho, ya que para mí, no hay otro quehacer que escribiros a vosotros, o desesperarme” (Se refiere a la trágica canción de cuna titulada “Las Nanas de la cebolla”, y al “Cancionero y Romancero de ausencias”). Las cartas que escribe desde la cárcel, en papel higiénico o metidas en el recipiente de la leche, piden desesperadamente alimentos, inyecciones, leche o algodón, porque le curaban las heridas con trapos sucios.
“¿Qué hice –se pregunta-, para que pusieran en mi vida tanta cárcel?” Pero se siente libre interiormente, indomable:
“Cierra las puertas, carcelero, echa la aldaba.
Ata duro a ese hombre, no le atarás el alma”.
En 1941, muy enfermo ya de tuberculosis, se le opera sin resultados. En una de las últimas visitas, Josefina acude sin el niño y él, con lágrimas en los ojos, se lo recrimina. Pocos días después fallecía: el 28 de marzo, cuando su mujer lo fue a visitar y le llevaba algo de comer, le dicen que su marido había fallecido; ella no preguntó nada, se dio la vuelta en silencio porque lo iba presintiendo...
Imágenes: De Gabriel Sozzi - commons - Agencias
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Josefina Manresa
Actualización febrero2026 | 💥+2166 |👀
Autores de Nuestra Historia
Gustavo Adolfo Bécquer
Bécquer es, sin duda, el punto de partida de la Poesía Española del siglo XX, siendo patente su huella en tres grandes poetas del siglo XX: Machado, Unamuno y Juan Ramón Jiménez.
Las Rimas siguen teniendo numerosos lectores que, más que como obra clásica, las leen como obra viva que les sugiere nuevas emociones, siendo además su autor uno de los pocos poetas españoles que consigue por igual el aplauso de mayorías y de minorías. Algunos se preguntan, incluso, si Bécquer es realmente un poeta del siglo XIX, pues, en cierto sentido, estamos ante una de las plumas más atemporales de nuestra historia literaria: siendo profundamente romántico, es sin embargo el único que, junto con Rosalía de Castro, se aleja tanto de la grandilocuencia típica del Romanticismo, como del prosaísmo de la poesía realista que triunfaba entonces.
Hasta él, la poesía era declamada, era un espectáculo de oratoria en que jugaban un papel importante los gestos y las modulaciones de voz. Desde Bécquer, la poesía se escribe para ser interiorizada, teniendo la impresión al leerla, incluso, de que su verdadera poesía empieza donde acaban sus versos... Es ésta una característica tan importante, que podría decirse que a partir de él se instaura un nuevo concepto de poesía, que durará hasta hoy.
Gustavo Adolfo Bécquer nació en Sevilla el 17 de febrero de 1836, siendo el apellido Bécquer de unos antepasados que a finales del siglo XVI habían venido de Flandes.
Cuando tenía cinco años murió su padre, y poco después su madre. El niño fue recogido por unos tíos, pasando a vivir más tarde en casa de su madrina, mujer acomodada que poseía una completa biblioteca donde su ahijado pasaba muchas horas leyendo a autores como Chateaubriand, Byron, Víctor Hugo, Hoffman o Espronceda.
A los dieciocho años el joven se fue a Madrid, donde pasó una dura etapa de trabajo agotador y grandes estrecheces económicas, fracasando en varias tentativas periodísticas, y teniendo que vivir en ocasiones de la ayuda de algunos amigos.
Probablemente como consecuencia de tantas privaciones y del inmenso trabajo realizado, contrajo la grave enfermedad que habría de llevarlo a la tumba años después: la hemoptisis.
Durante la convalecencia conoció a Julia Espín, hija de un profesor del Conservatorio y muy probablemente la inspiradora de gran parte de las Rimas. Su rango social, demasiado elevado para el poeta, hizo que Bécquer no se atreviera a declararle sus sentimientos. En 1860 entabló relaciones con Casta Esteban, hija de su médico. Los biógrafos suponen que poco antes de conocerla había tenido Bécquer relaciones amorosas con otra mujer, que según el testimonio de sus amigos era de clase alta, bella y sensual pero desconocía la profundidad de sentimiento y el idealismo pasional que él necesitaba; el poeta sabía que era ignorante, prosaica... pero su belleza lo fascinaba. Según algunos, se trataba de Elisa Guillén, y el final amargo de estas relaciones coincide cronológicamente con algunas de sus Rimas más sombrías.
También se la supone destinataria de las “Cartas literarias a una mujer”. Sin embargo, la falta de testimonios directos hace dudar sobre la intensidad de la relación que Bécquer mantuvo con ella, lo mismo que ocurre con Julia Espín.
Para algunos apenas las conoció; para otros, fueron las musas que inspiraron lo mejor de su obra.
Lo que sí queda patente a lo largo de todos sus escritos, es que Bécquer fue muy desgraciado en amores, experimentando un deseo desesperado de algo que nunca logró poseer, y también vemos a lo largo de muchas Rimas y de algunas Leyendas, el arquetipo repetido de mujer hermosa, fría y cruel, que con sus caprichos destruye al hombre que la ama (fuga autobiográfica, sin duda, del que escribe).
En 1861 se casa con Casta; parece que fue una unión apresurada, tal vez hecha por despecho, que no trajo al poeta la felicidad buscada: parece que ella distaba mucho de la esposa ideal para un hombre como él.
A los siete años de casados se produjo la separación, a pesar de que ya tenían tres hijos. No parece que Casta le inspirase ninguna de las Rimas. Ella mantenía una relación con otro hombre, y tuvo un niño con él, que Bécquer reconoció como suyo. Por estos años comenzó su actividad periodística, (aunque probablemente para los lectores de su tiempo Bécquer era simplemente un periodista no demasiado importante).
En 1864, gracias a la intervención de González Bravo, fue nombrado censor de novelas; este cargo y su amistad con el ministro conservador han sido objeto de numerosos estudios y diversas opiniones, pues si bien Bécquer lo ejerció con una liberalidad que no le perdonaron los más estrictos, su ideología queda, sin embargo, bastante indefinida. Se podría hablar de un “tradicionalismo estético”.
Su gran preocupación, en este aspecto, fue siempre el intento de armonizar los avances de la Humanidad con las tradiciones españolas: Veía con optimismo el avance de los nuevos tiempos, pero el gran amor al pasado histórico de su país le hacía contemplar apenado cómo era olvidado y suplantado en ocasiones...
Sin embargo, los acontecimientos políticos no dejaron de afectarle, pues al ser sustituido el gobierno en que estaba su protector, Bécquer dimitió; y a los tres meses, al recobrar el poder González Bravo, fue restituido en su puesto hasta la revolución del 68 (fue entonces, al caer Isabel II, cuando el palacio del ministro fue saqueado y desapareció el manuscrito de las Rimas, que Bécquer le había entregado para su publicación).
Siguió una época de abatimiento, en que se instala con su hermano Valeriano y con los hijos de ambos, en Toledo. Reconstruye de memoria Las Rimas con el título de “El Libro de los gorriones” (manuscrito que hoy se conserva), y se dedica de nuevo al periodismo.
El invierno de 1870 fue muy duro, y Bécquer sufrió un enfriamiento que agravó su enfermedad. El 22 de diciembre murió a los treinta y cuatro años de edad; sus últimas palabras fueron: “todo mortal...”
Antes había quemado su correspondencia amorosa. Al día siguiente del entierro, varios amigos se reunieron en el estudio del pintor Casado del Alisal y decidieron publicar su obra, abriendo una suscripción pública que permitió hacer la primera edición en 1871.
Contrasta su vida con la de otros poetas de su tiempo como Zorrilla, Núñez de Arce o Campoamor, que disfrutaron del éxito en vida, teniendo vidas largas y llenas de bullicio, frente a la vida breve, infeliz y casi anónima de Bécquer.
En cuanto a su obra literaria, no muy extensa, toda ella se desarrolla prácticamente en el mundo mágico de los sueños, quedando la realidad velada casi siempre por una niebla que nos recuerda su indudable influjo nórdico. Él mismo reconocía la confusión existente con frecuencia en su mente entre lo real y lo soñado. “Las Leyendas” representan el triunfo del relato en prosa, un género hasta entonces mediocre y lleno de tópicos. “El Monte de las Ánimas” recoge una antigua tradición de los alrededores de Soria sobre los templarios, que habían luchado con los hidalgos de la ciudad por la posesión de los cotos de caza existentes en ese monte, y que en la Noche de Difuntos corren por él... El amor del protagonista y la frivolidad de su acompañante femenina hacen que don Alonso aparezca muerto en dicho monte, al día siguiente de volver a él para recoger una banda que ella había extraviado.
El tema de la mujer que atrae con su belleza la destrucción del hombre que la ama, aparece de nuevo en “Los ojos verdes”, así como la descripción de la mujer ideal, aquélla por cuya mirada se siente dispuesto el protagonista a dar la vida, y en quien encarna el autor su propio sueño. “El rayo de luna” es quizá la leyenda más típica de su autor, y en ella el protagonista se enamora de una figura de mujer que él mismo ha forjado, y que resulta ser un rayo de luna... En “El beso” la estatua femenina de una iglesia enamora a un oficial francés, porque posee el encanto ideal que nunca ha conseguido encontrar en las mujeres reales; al final, cuando uno de los que la contemplan extasiados manifiesta su deseo de que fuese de carne y hueso, le contesta el protagonista “¡Carne y hueso!....Miseria, podredumbre...”
Lo más destacable de Las Leyendas, es la capacidad del autor para captar y describir lo maravilloso, lo que está más allá de la realidad y trasciende a la razón. En este sentido, vemos claras afinidades con lo que posteriormente será el Surrealismo: por muy distintos caminos, Bécquer y Breton defienden la libertad de la mente para ascender a mundos superiores a los que no puede acceder en la vida cotidiana.
Durante su estancia en el monasterio de Veruela reponiéndose de su enfermedad, escribió “Cartas desde mi celda”, en las que destacan profundas reflexiones como ésta, provocada al contemplar un pequeño cementerio de aldea: He aquí, hoy por hoy, todo lo que ambiciono: ser un comparsa en la inmensa comedia de la humanidad, y concluido mi papel, meterme entre bastidores sin que me silben ni aplaudan, sin que nadie se aperciba siquiera de mi salida.
“Las Cartas literarias a una mujer” fueron publicadas anónimamente en “El Contemporáneo”. En la tercera aparece una descripción del amor que ilustra como pocas la concepción del poeta: “El amor -según Bécquer- es la suprema ley del Universo, ley misteriosa por la que todo se gobierna y rige”.
En la carta primera identifica la Poesía con la Mujer, lo mismo que hará en una de sus Rimas más conocidas: “La poesía eres tú, porque la poesía es el sentimiento y el sentimiento es la mujer”.
También aparece con fuerza en ellas un tema que preocupaba a Bécquer: la incapacidad de expresar adecuadamente todo lo que se le agolpaba dentro: “Si tú supieras cómo las ideas más grandes se empequeñecen al encerrarse en el círculo de hierro de la palabra; si tú supieras qué impalpables son las gasas de oro que flotan en la imaginación...”
En realidad, a Bécquer le obsesionaba puntualizar la gran distancia existente entre lo mucho que sentía y lo poco que creía decir. Por otro lado, insiste en la capacidad de evocar el pasado, como el mérito principal de los poetas: “Todo el mundo siente. Sólo a algunos seres les es dado el guardar, como un tesoro, la memoria viva de lo que han sentido. Yo creo que éstos son los poetas. Es más, creo que únicamente por esto lo son”. “Las Rimas” fueron escritas entre 1859 y 1868. Se trata de 76 poemas cortos, asonantados en su mayoría, de inspiración delicada y tono melancólico, en que el autor parece acariciar un amor soñado, y cuya métrica ondulante parece responder a su música interior.
En la Rima I leemos:
“Yo sé un himno gigante y extraño,
que anuncia en la noche del alma una aurora,
y estas páginas son de ese himno
cadencias que el aire dilata en las sombras...”
La mayor parte de las Rimas hablan de un amor desgraciado; otras son expansiones líricas en que Bécquer expresa sus ideas sobre la vida y la poesía, y a lo largo de todas ellas puede apreciarse el choque entre el ideal soñado y el mundo real, choque que deja al poeta desgarrado.
Como colofón, es necesario recordar que cuando Bécquer escribe, el Romanticismo era ya algo superado; era el momento de la burguesía, de la sociedad que consolidaría la Restauración Monárquica de 1875, y que necesitaba un tipo de poesía que fuese como un objeto de consumo útil. Se ponen de moda versos que los poetas escriben en los abanicos de las damas, como ocasión de lucimiento más que como expresión de sentimientos, con frecuencia ripios de un prosaísmo tedioso.
Pero los rescoldos románticos no se habían apagado del todo, y en medio de ese ambiente adverso, dos seres desgraciados y profundamente sensibles se abren paso y nos dejan una poesía íntima, espiritual y delicada, tan lejos de Campoamor y Núñez de Arce como de Espronceda o Zorrilla (hablo, naturalmente, de Bécquer y de Rosalía de Castro).
En su tiempo se calificó su poesía de “poco cuidada”, por el contraste que ofrecía con la moda que triunfaba entonces. Hoy, sin embargo, lo más admirable de ella es precisamente su sencillez, la bruma y el ensueño que la envuelve, y sobre todo, su total ausencia de retórica.
Núñez de Arce la calificó despectivamente de “suspirillos germánicos”, y es que el contraste de su lírica con la de su época es total. Hoy apenas es conocida la poesía de Núñez de Arce, y sin embargo seguimos emocionándonos al leer a Bécquer...
José Zorrilla
El 23 de enero de 1893 moría en Madrid José Zorrilla, el gran poeta que sobrevivía a su época
Miguel de Unamuno
El 31 de diciembre de 1936, con 72 años, moría Unamuno en Salamanca, en su casa, sentado frente a la camilla familiar
Recuerdos de Castelao
Castelao ha permanecido en un largo silencio
Miguel Mihura
Miguel Mihura, figura clave en la evolución de nuestro teatro contemporáneo
Juana Inés de la Cruz
Juana Inés de Asbaje y Ramírez de Santillana, cuyo seudónimo literario fue “Julia”, nació el 12 de noviembre de 1651 en la localidad mexicana de San Miguel Nepantla.
Hija ilegítima de madre criolla y padre español (Pedro de Asbaje), este hecho no parece haberle provocado un gran trauma (siempre dijo que era “hija legítima de sus padres”) y creció bajo la influencia de una madre soltera, decidida y culta.
La imagen que siempre tuvo de su padre fue una mezcla de nostalgia, resentimiento y tal vez una secreta admiración, apareciendo de forma velada en muchos de sus poemas.
Resultó ser una niña precoz en sus estudios: “teniendo como 6 ó 7 años, y sabiendo ya leer y escribir, oí decir que había Universidad y escuelas en que se estudiaban las ciencias, en México; y y apenas lo oí, cuando empecé a matar a mi madre con incesantes ruegos para que me mandase a México, en casa de unos deudos que tenía, para estudiar en la Universidad; ella no lo quiso hacer...”
Sin embargo, cuando cumplió los 8 años, edad a la que ya componía versos, se trasladó a Méjico con su familia, y comenzó a aprender la gramática del latín.
Con sólo 14 años pasó a formar parte de la corte de la virreina como dama de honor. Según los retratos aparecidos en las primeras ediciones de sus libros, Juana fue una bella mujer, muy admirada entre los cortesanos aunque dicen que el hombre que fue su gran amor murió muy joven.
En 1667 ingresa en un convento carmelita: “Entréme religiosa porque aunque conocía que tenía el estado cosas repugnantes a mi genio, con todo, para la total negación que tenía al matrimonio era lo menos desproporcionado y lo más decente que podía elegir en materia de la seguridad que deseaba de mi salvación”. Allí se sumerge aún más en el estudio y rechaza dos ocasiones de ser nombrada abadesa. Su vida transcurría entre los libros de la biblioteca y los que llenaban su celda, además de varios instrumentos científicos y musicales (un telescopio, un reloj solar, un astrolabio, una lira...) Fue una intelectual adelantada a su época, moderna en un sentido estricto, algo que la sociedad de su país no le pudo perdonar, y menos considerando que su mayor pecado consistió en ser mujer. Este hecho se agravó porque, además, su inquietud intelectual coincide con un momento de inmovilidad de la Iglesia, y de postración y declive de la cultura hispánica.
Se le había prometido al profesar que podría pensar y escribir pero no fue así. En uno de los interrogatorios a los que fue sometida, se la acusó de poseer una “diabólica invectiva”, dirigiéndole además estas duras palabras: “no escarmentaréis nunca, no dejaréis de garabatear papeles...Dios no creó a la mujer para filosofar...”, a lo que ella contestó: “dónde está escrito eso?”. El saber al que aspiraba no era el que podía darle la religión, pues lo que ella deseaba era la contemplación de la prodigiosa máquina del universo, en su armonía y movimiento, y también deseaba conocer los secretos de cada ciencia particular y lo que las une entre sí, y ello fue la causa principal de que los prelados vieran en esta actitud el pecado de soberbia y de rebeldía, pues ninguno de estos conocimientos tenía cabida en un convento de religiosas...
Esto último era negarse como persona y como mujer, silenciar su búsqueda, y pese a las prohibiciones y acosos, su obra es una respuesta de reafirmación. Fue la suya una voz antidogmática, libre, razonadora, que no separó nunca su inteligencia y su feminidad. Solía decir que la inteligencia, el estudio o la curiosidad no eran privilegio masculino (“deben callar sólo los que no tengan nada que decir, hombres y mujeres...”). Su actitud es de absoluta modernidad- y por eso insisto en ello-, de defensa del derecho de la mujer a ser ella misma, y la sobrevive ese gesto altivo con que siente y demuestra la dignidad de ser mujer. Dos años antes de morir intentó volcarse en la vida piadosa, quizá por las críticas de los que opinaban que una monja no debe escribir sobre temas profanos, ni saber demasiado. Vendió todos sus instrumentos científicos y sus libros, más de 4.000, y entregó el dinero a los pobres. Con 43 años se dedicó a cuidar a sus hermanas del convento y acabó contagiándose de peste y muriendo en 1695. Su obra es muy variada y abarca desde la poesía profana (son muy conocidas sus redondillas “Contra las injusticias de los hombres”), y obras en prosa de contenido filosófico o científico. La mayor parte de ellas circulaban manuscritas, y fueron recopiladas y publicadas por su gran protectora y amiga la condesa de Paredes, virreina de Méjico.
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Resultó ser una niña precoz en sus estudios: “teniendo como 6 ó 7 años, y sabiendo ya leer y escribir, oí decir que había Universidad y escuelas en que se estudiaban las ciencias, en México; y y apenas lo oí, cuando empecé a matar a mi madre con incesantes ruegos para que me mandase a México, en casa de unos deudos que tenía, para estudiar en la Universidad; ella no lo quiso hacer...”
Sin embargo, cuando cumplió los 8 años, edad a la que ya componía versos, se trasladó a Méjico con su familia, y comenzó a aprender la gramática del latín.
Con sólo 14 años pasó a formar parte de la corte de la virreina como dama de honor. Según los retratos aparecidos en las primeras ediciones de sus libros, Juana fue una bella mujer, muy admirada entre los cortesanos aunque dicen que el hombre que fue su gran amor murió muy joven.
En 1667 ingresa en un convento carmelita: “Entréme religiosa porque aunque conocía que tenía el estado cosas repugnantes a mi genio, con todo, para la total negación que tenía al matrimonio era lo menos desproporcionado y lo más decente que podía elegir en materia de la seguridad que deseaba de mi salvación”. Allí se sumerge aún más en el estudio y rechaza dos ocasiones de ser nombrada abadesa. Su vida transcurría entre los libros de la biblioteca y los que llenaban su celda, además de varios instrumentos científicos y musicales (un telescopio, un reloj solar, un astrolabio, una lira...) Fue una intelectual adelantada a su época, moderna en un sentido estricto, algo que la sociedad de su país no le pudo perdonar, y menos considerando que su mayor pecado consistió en ser mujer. Este hecho se agravó porque, además, su inquietud intelectual coincide con un momento de inmovilidad de la Iglesia, y de postración y declive de la cultura hispánica.
“Sin mis libros no existo”...llegó a decir.
Se le había prometido al profesar que podría pensar y escribir pero no fue así. En uno de los interrogatorios a los que fue sometida, se la acusó de poseer una “diabólica invectiva”, dirigiéndole además estas duras palabras: “no escarmentaréis nunca, no dejaréis de garabatear papeles...Dios no creó a la mujer para filosofar...”, a lo que ella contestó: “dónde está escrito eso?”. El saber al que aspiraba no era el que podía darle la religión, pues lo que ella deseaba era la contemplación de la prodigiosa máquina del universo, en su armonía y movimiento, y también deseaba conocer los secretos de cada ciencia particular y lo que las une entre sí, y ello fue la causa principal de que los prelados vieran en esta actitud el pecado de soberbia y de rebeldía, pues ninguno de estos conocimientos tenía cabida en un convento de religiosas...
El dilema era ser fiel a sí misma, o callar.
Esto último era negarse como persona y como mujer, silenciar su búsqueda, y pese a las prohibiciones y acosos, su obra es una respuesta de reafirmación. Fue la suya una voz antidogmática, libre, razonadora, que no separó nunca su inteligencia y su feminidad. Solía decir que la inteligencia, el estudio o la curiosidad no eran privilegio masculino (“deben callar sólo los que no tengan nada que decir, hombres y mujeres...”). Su actitud es de absoluta modernidad- y por eso insisto en ello-, de defensa del derecho de la mujer a ser ella misma, y la sobrevive ese gesto altivo con que siente y demuestra la dignidad de ser mujer. Dos años antes de morir intentó volcarse en la vida piadosa, quizá por las críticas de los que opinaban que una monja no debe escribir sobre temas profanos, ni saber demasiado. Vendió todos sus instrumentos científicos y sus libros, más de 4.000, y entregó el dinero a los pobres. Con 43 años se dedicó a cuidar a sus hermanas del convento y acabó contagiándose de peste y muriendo en 1695. Su obra es muy variada y abarca desde la poesía profana (son muy conocidas sus redondillas “Contra las injusticias de los hombres”), y obras en prosa de contenido filosófico o científico. La mayor parte de ellas circulaban manuscritas, y fueron recopiladas y publicadas por su gran protectora y amiga la condesa de Paredes, virreina de Méjico.
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- Nota de Wikipedia:
- Primer volumen de las Obras completas de Sor Juana Inés de la Cruz, 1714
Miguel de Molinos
El 21 de diciembre de 1696 moría en las cárceles de la Inquisición Miguel de Molinos, injustamente tratado por sus contemporáneos y por la crítica posterior, y que sin embargo fue uno de los místicos españoles más importantes.
Recuerdos de la viuda de Miguel Hernández
El 18 de febrero de 1987 fallecía Josefina Manresa víctima de un cáncer y casi ciega, y su muerte pasó tan inadvertida como había ocurrido con su vida.
Ella, inspiradora de los poemas más apasionados y contundentes de la literatura española del siglo XX, supo sobrellevar la soledad y el luto con entereza, discreción y elegancia. Situada trágicamente entre dos fuegos y dividida entre un padre guardia civil y un marido republicano de izquierdas, sufrió primero el dolor de que los mismos compañeros de su esposo asesinasen a su padre, y después de la guerra tuvo que cargar con el estigma de ser la viuda de un poeta “rojo” que había muerto tuberculoso en la cárcel... Josefina era una joven modista que pasó necesidades y tuvo que trabajar desde pequeña. Fuerte y sensible, amorosa y comprensiva, es probablemente el ejemplo de esposa más edificante que conozco. Trabajaba en un taller de Orihuela por el que el poeta merodeaba con frecuencia, pero era tímida y no pensó que fuese para verla a ella aunque así era. Y a uno le queda la imagen de dos seres que se han querido con todas sus fuerzas llegando al máximo de amor posible
En ti me precipito como en la inmensidad
de un día claro de sangre submarina....
Hundo en tu boca mi vida...
Ella fue la esposa, la mujer amada hasta la desesperación, en la salud y en la enfermedad, y dedicó el resto de su vida a recordarlo. Un periodista que la entrevistó en 1980 dijo haber tenido la impresión de estar con los dos, porque Josefina y Miguel seguían juntos... En 1937 se casaron civilmente y en 1938 murió su primer hijo, dejándolos sumidos en un terrible dolor, aunque un nuevo nacimiento les devolvía la esperanza.
Para el hijo será la paz que estoy forjando
Para siempre fundidos en el hijo quedamos..
Al acabar la guerra, Miguel escapó a Portugal pero cometió el error de ir a Orihuela a verlos, siendo detenido y condenado a muerte y más tarde a cadena perpetua. Enfermo y debilitado, poco a poco aquel torrente de fuerza fue apagándose, y desde la cárcel le hacía llegar poemas escritos en papel higiénico metidos en el cántaro de leche que ella casi no lograba leer, hasta que un día cuando fue a visitarlo, le rechazaron la bolsa de alimentos mirándola fijamente. Ella comprendió y se alejó en silencio...
Imagen: Josefina Manresa, Diputación de Jaén
Blas de Otero
Con Blas de Otero irrumpe la poesía social en el panorama literario de posguerra
Victoriano Crémer, poeta
En 2007 cumplía cien años Victoriano Crémer
Marqués de Santillana
Vigencia del Marqués de Santillana, en el sexto centenario de su nacimiento.
El año del 98, estuvo cargado de conmemoraciones, y se cumplieron seiscientos años del nacimiento de un palentino insigne: Don Íñigo López de Mendoza, Marqués de Santillana, Conde del Real de Manzanares, y Señor de Hita y Buitrago.
Vivió en un siglo oscuro, lleno de violencia y de intrigas, con unos reyes pequeños que dejaban el poder de los “privados”, y una nobleza (a la que él pertenecía), que luchaba ferozmente por no perder sus privilegios y su poder (“El Rey pone su nombre; los Mendoza, ponen todo lo demás”...”si el Rey está más arriba que yo, es por que yo lo puse...”, palabras dichas por el propio Santillana, que ilustran suficientemente su orgullo nobiliario.
Desde muy pequeño, cuando su padre y su hermano mayor murieron, tuvo que defender varias de sus más queridas y emblemáticas posesiones (su propio castillo de Guadalajara, los valles de Santillana, y el Real de Manzanares) contra parientes cercanos que quisieron arrebatárselos, aunque contó con la decisiva ayuda de su madre Doña Leonor de la Vega.
Como debo ceñirme al espacio de que dispongo, me limitaré a analizar sólo aquellos aspectos de la figura del Marqués que han sido de mayor trascendencia para la posteridad. En primer lugar, la importancia del contacto con Carrión de los Condes, lugar donde había nacido el 19 de agosto de 1398, en sus años infantiles y adolescentes, y la educación y primeras lecturas que su abuela Doña Mencía le proporcionó. La imagen de político hábil entregado a las letras es la que ha pasado a la posteridad, así como también el retrato que de él hizo Hernando del Pulgar : “ Fue omne agudo e discreto, e de grand coraçon, que ni las grandes cosas le alteravan, ni en las pequeñas le plazía entender... Fablaba muy bien e nunca le oían dezir palabra que non fuese de notar... Era cortés e honrrador de todos los que a él venían, especialmente de los onmnes de sciencia... “
Por otro lado, a pesar de su intensa participación en los sucesos e intrigas más importantes de la vida política de su tiempo ( luchó a favor y en contra del rey de Castilla, y también a favor y en contra de los Infantes de Aragón, con los que simpatizaba más), y aunque dio siempre muestras de gran valentía, sin embargo don Íñigo se atrevió a decir que la ciencia y el saber no son patrimonio de débiles, sino de personas de bien; y esto, cuando muy pocos se atrevían a hacerlo así. Fue el primero que defendió la convivencia pacífica entre la espada y la pluma (“la sciencia no embota el fierro de la lanza, nin faze floxa la espada en la mano del caballero”). No sólo no despreció el estudio, sino que profundizó más y más en él, hasta adquirir una cultura poco corriente en su tiempo, y convertirse en ejemplo de lo que sería el ideal del cortesano renacentista. Defendió durante toda su vida la importancia de la cultura, incluso dejó escrita en su testamento la voluntad de que “sus descendientes se den al estudio commo yo lo fize, con la firme creencia de que ello acrescentará sus personas y alzará sobre las otras su casa”. Amaba tanto los libros y la lectura, que llegó a tener una espléndida Biblioteca en su castillo de Guadalajara, al que mandaba traer los ejemplares más nuevos desde Italia, para la que compraba todos los manuscritos y códices que caían en sus manos. En su testamento manifestó que el mayor tesoro que dejaba, era precisamente su biblioteca.
Convirtió su casa en una verdadera corte literaria; era un mecenas que se escribía con humanistas italianos, y era el prototipo de “eruditus” , ese nuevo tipo de intelectuales que apuntaba entonces tímidamente en el panorama cultural, con un amplio repertorio de lecturas de la Antigüedad clásica y cuya más preciada virtud era la de discutir y criticar con argumentos (este aspecto es de gran importancia, si tenemos en cuenta que todavía no habían salido del medievo, donde todo se decidía con las armas); también trabajaban en equipo, comunicándose los logros de sus investigaciones, y defendiéndose de los que los atacaban. Hoy equivaldría al concepto de Generación Literaria, y el Marqués de Santillana el primero que constituyó, por tanto, una generación literaria en la península: la primera generación de humanistas españoles. Aunque inmerso en el ambiente cortesano, frívolo y pedante de su siglo, él supo destacar con unas obras alegóricas y doctrinales en que siempre se anteponen las ideas a la mera forma ; destaquemos “La Comedieta de Ponza”, “El Infierno de los Enamorados”, “El Diálogo de Bías contra Fortuna” (coloquio entre el filósofo Bías -que representa la razón-, y la Fortuna, -símbolo de la sinrazón-, en que él sostiene la importancia de la firmeza de ánimo frente al torbellino de los acontecimientos y la seguridad de la virtud frente a las mutaciones de la Fortuna). “Los Proverbios” (que son una serie de consejos para la educación del futuro Enrique IV, en que diseña el modelo de príncipe, amador de sus vasallos y accesible a ellos, a cuyas virtudes cristianas se suman las virtudes caballerescas y la serenidad y el saber procedente de la cultura clásica), o “Doctrinal de Privados”; también se atrevió a componer 42 Sonetos, siendo el primero que lo intentó en castellano y abrió camino al hacerlo, a otros sonetos, más perfectos que los suyos, que setenta años más tarde compondría Garcilaso de la Vega.
También escribió poesía popular, de un refinamiento exquisito y un sentido musical y rítmico inigualable (“Las Serranillas”), gracias a las cuales, sobre todo, pervive hoy en la Literatura Española como uno de sus máximos poetas.
En conclusión, creo que de lo dicho puede deducirse sin dificultad la inmensa importancia y la vigencia indiscutible de este hombre que supo valorar el tiempo en que vivió, y que vislumbró también las nuevas luces del Renacimiento, aunque ya no las pudo disfrutar.
Imagen: Infierno de los enamorados, manuscrito del siglo XV - Dominio público, commons Wikimedia
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